La Unión Europea vuelve a afrontar un gran reto, la inmigración, o lo que es lo mismo controlar y si es posible, reducir la llegada de miles de personas al viejo continente.
No puede seguir destinándose recursos y más recursos a la atención de un número indiscriminado, cada vez mayor, de personas que llegan a las fronteras de Europa. Ahora ya no son sólo refugiados.
No debería bastar sólo con atender a los que llegan, sino frenar a los que vayan a venir para que no vengan. Los efectos llamada tienen que desaparecer. El colapso está a punto de producirse.
Los políticos se equivocan cuando piensan que, por limitar la llegada de inmigrantes, van a ser juzgados por su población. Lo que puede ser objeto de burla es el acoger al que llega y, una vez, que se ha recuperado, dejarlo marchar.
La propuesta de crear centros de desembarco recuerda a aquella, que, en tiempos de la II guerra mundial, existía, o lo que es lo mismo, la que reunía a judíos en puntos determinados para después mandarlos a los campos. No es la cuestión crear centros de desembarco, sino crear centros de expulsión y retorno, ordenado y estructural, de ilegales a sus países respectivos: no basta sólo con acoger, sino evitar que lleguen de manera indiscriminada inmigrantes a las fronteras.


