Con una simple carta, el terrorismo de ETA ha anunciado su «relativo» fin. Una carta en la que no hay visos de ningún tipo de arrepentimiento, una carta que pudiera haberla escrito uno de los miembros de ETA apodado «el carnicero», aquel que declaraba, que no sentía ningún tipo de arrepentimiento porque él lo único que hacía era ejecutar a los enemigos de la patria vasca.
Y por lo visto, el Gobierno, y, como no, su presidente, tan contentos. El hecho pasa de perfil ante un Gobierno, ante un presidente, que línea tras línea, punto tras punto, ha seguido los dictados de la estrategia que el señor Zapatero, su antecesor, trazó con el terrorismo etarra.
Las víctimas, mientras tanto, «capeando el temporal», como pueden. Lamentando, eso sí, que han sido y son la parte olvidada del proceso. Ayer las palabras de la señora Ordoñez, presienta de la Fundación Ordóñez, creada en recuerdo de su hermano asesinado de un tiro en la nuca mientras tomaba un café en un bar del Casco Viejo de San Sebastián, eran clarificadoras. “Éste no es el final de ETA que queríamos ni la sociedad, ni las víctimas, ni el que nos merecíamos”. “El Gobierno nos ha hurtado la foto de la derrota de la organización terrorista», decía ayer.
Al terrorismo etarra ya no le hace falta subsistir como tal, solo tiene que adaptarse a los tiempos que corren. Solamente debe transformarse. Sabe que la desidia de unos y de otros, está haciendo que sus objetivos se cumplan. ¿Qué objetivos? Una nación vasca con Navarra dentro de ella. Falta poco, ¿Para qué entonces va a tener que matar?
La clase política se pondrá medallas, el Gobierno también. En su fuero interno, no obstante, sabrán que quien les ha marcado los tiempos, desde hace ya años, ha sido ETA.


