
Muchos de los lectores recordarán, en sus años de la infancia, su asistencia a la escuela del pueblo. En ella, y en muy pocas aulas o incluso en una sola de ellas, se juntaban todos los niños del pueblo y, con ello, las diferentes edades que hubiera, y obviamente, también los diferentes niveles educativos.
Así tenía que ser. No había para más.
La escuela rural conformaba uno de los pilares de la sociedad de la época. Los maestros eran personas que servían para «un roto y un descosido». Por ello, solían ser junto con el alcalde y el cura, el poder y el control de un municipio.
Hoy, con tanta tecnocracia educativa, que no ve, ni sabe más allá de unos cuantos números y, por lo tanto, desconoce el «día a día» del medio rural, se empeña en quitar, por falta de número y por criterio económico, una de las actividades que aún provoca arraigo en el medio rural, cual es «la escuela del pueblo».
Al igual que en tantas y tantas reformas educativas que se llevan dando en este país, la sensibilidad, el conocimiento de la realidad educativa es obviado por unos cargos dirigentes, solo empeñados en conseguir un beneficio económico o, como mínimo, un cuadre de las cuentas; unos cargos dirigentes desconocedores de lo que es una aula escolar, en la que, por tanto, igual da obligar a un niño a trasladarse a otra localidad situada a unas decenas de kilómetros, como, igual da, tener a 35 alumnos sentados en un espacio de 50 metros cuadrados.
¿Para cuándo gestores acordes a la realidad educativa?.

