La “conversación” mantenida entre el presidente del PP, Mariano Rajoy y la entonces aún presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, limitada -por lo visto- a un par de mensajes escritos, incluido un lacónico “Te entiendo” por parte de Rajoy, no parece dejarles en buen lugar.
Al primero por no ser el pastor que debe cuidar y ayudar a sus ovejas, sino más bien un autómata, un tecnócrata que parece mirar a los demás como si estos fueran un simple un número, un simple peón en una partida, que si hay que sacrificar, se sacrifica.
A la segunda por tener esa especie de rigor acelerado que la hace abandonar el barco la primera, cuando debería ser la ultima. Todo ello, adornado de la consiguiente parafernalia mediática que le hacen ser, cual diva, la protagonista del evento, cuando debería ser todo lo contrario, “ya que me voy”, “me voy sin que me vea nadie”.
Los votantes del PP y los ciudadanos, en general, asisten estos días a una autentica catarsis en el partido más votado de este país. Tras años de poder, en los que todo parecía hacerse bien: ganar dinero, influencias y demás, llega la perspectiva de un futuro nada halagüeño, donde empieza a predominar la idea del “sálvese quien pueda”.
No obstante, no debería ser señalado con estigmas, solo el PP. La corrupción es algo que todos los partidos tienen en sus filas, de una manera o de otra. La tan manida y utilizada palabra “regeneración“ debería ser total en la política.
Eso sí, hasta la plena asunción de responsabilidades penales, si es que las hubiera, podría valorarse quién debería abandonar el barco antes de tiempo. Es muy fácil marcharse cuando las puertas permanecen abiertas y no hay posibilidad de sufrir ahogo.
Cuando la decisión es por «responsabilidad política» esta podría servir de ejemplo.

