
“La nación en cuyo nombre nos batimos y por cuya regeneración moral y espiritual yo estoy abogando; la nación no se constituye en torno de una unidad dogmática, sea religiosa o política, social o económica para expulsar de la convivencia nacional a todos los que no han perecido en la contienda contra ese dogma.” En el primer aniversario del alzamiento armado contra la República, Manuel Azaña pronunciaba un discurso en la Universidad de Valencia definiendo los motivos por los que combatían quienes apoyaban al régimen.
Constituido ya el partido único, señalada la Jefatura del Estado y de los ejércitos en el campo insurrecto, el presidente de la República negaba la distinción entre la España y la Antiespaña con la que los rebeldes habían justificado su sublevación y les refregaba con la profunda españolidad de quienes permanecían leales al orden republicano. La fuerza de las cosas, el impulso terrible del destino, hacía que la desnacionalización mutua de los combatientes se manifestara también en el tono apasionado de las palabras de Azaña. Solo unos habían de representar la verdadera España. La extrema violencia utilizada contra los enemigos nacía de la convicción compartida de que, en la trinchera opuesta, imperaba la más monstruosa negación de la patria. La percepción de esa fractura es la que lleva a una meditación tan dolorosa. Y la que dejó a honestos y abnegados españoles en una profunda y silenciosa soledad, sepultada bajo el fragor de las consignas y el estruendo de las simplificaciones.
Quizás la España auténtica no se hallara en uno u otro bando, y ni siquiera en quienes decidieron abandonar el país y se negaron a tomar las armas. Aquel “pulso que golpea las tinieblas”, evocado por Gabriel Celaya tantos años más tarde, empujaba la sangre desde el corazón de los mejores combatientes de uno y otro lado. La tercera España no fue la de una neutralidad asqueada ni la de un alma depuesta ante la barbarie. Fue la de aquellos hombres y mujeres que blandieron el sabor de la noche, que se echaron de bruces sobre el suelo duro y amargo de la patria. Fue la de quienes creyeron que España moría, y quisieron dar fe de su voluntad de permanencia. Fue la de todos los que tomaron la decisión de salvar una historia de siglos y una conciencia impugnada, bajo una u otra bandera, bajo uno u otro símbolo de la nación en una hora decisiva. La mayor tragedia de aquellos tiempos fue que esa defensa apasionada de España se hiciera a costa de quienes, con no menos emoción y con razones de igual pureza, estaban dispuestos a sacrificarlo todo por lo que España representaba. La mayor dureza de aquellos días es no haber puesto todo el trigo en el mismo montón de sanas intenciones, y haber arrojado al fuego toda la paja de maliciosa deslealtad a esta nación. Y el trigo y la paja estuvieron en ambos bandos, en ambas juventudes, en ambas inmensas esperanzas, en ambas malversaciones de tan inaudita e interminable generosidad.
Bien sabía Azaña que bajo la defensa de la República había alentado el hedor de la delincuencia, el terror de la persecución y la impunidad del crimen. Pero también emergía en aquella lucha la lucidez amarga ante el destino de España y el conmovedor esfuerzo por dignificarlo. Con el alma desgarrada por la catástrofe denunciaba el presidente republicano a quienes luchaban por sus exclusivos intereses de partido o de ideología, pretendiendo imponerse a sus propios compañeros de trinchera. Y lamentaba que algunos tomaran aquella guerra como el combate al servicio de un proyecto sectario. “Cuando yo hablo de nuestra patria, que es España, cuyas seis letras sonoras restallan hoy en nuestra alma como un grito de guerra y mañana con una exclamación de júbilo y de paz, estoy pensando en todo su ser, en lo físico y en lo moral.” Los hombres, las regiones, la cultura, la voluntad de vivir juntos, la conciencia de una existencia común. “En todo eso pienso, pero todo eso junto, unido por la misma ilustre historia; todo eso junto constituye un ser moral vivo que se llama España.” Ese Azaña alzando la voz tras un año de guerra, advirtiendo a sus correligionarios, denunciando a sus enemigos, invocando la causa de la España combatiente, aparece ante nosotros como el hombre desolado que tiene clara su idea de nación en su momento más doloroso.
El dirigente político, el líder de partido, la autoridad del Estado que ha de ponerse a la altura de unas circunstancias abrumadoras en las que la sangre de España escapaba por una enorme herida de fracaso histórico. Y, en aquella ocasión, cuando el tiempo de la historia se abrió paso hasta posarse en la conciencia de los hombres mejores, Azaña tuvo fuerzas para definir el motivo de aquella lucha. El motivo que debía haber alentado en todos, el que debía habernos unido por encima de aquella atrocidad: “De lo que se trata aquí es de poner tan alto el nombre de España, que cuando salgamos al mundo el apellido de español sea un honor difícil de alcanzar; porque entonces el español podrá salir de su tierra, y sin cólera, pero con altivez, arrojarle a la cara a los demás su papeleta: “ahí tenéis la libertad y la justicia que nosotros hemos conquistado para todos.” Esa es la España que algunos miserables consideran hoy desdeñable ficción, mínimo accidente geográfico, insignificante peripecia de la historia, mera circunstancia legal.
Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC)

