

Georges Braque, el gran amigo de Picasso, fue uno de los padres del cubismo y uno de los grandes creadores del siglo XX, aunque en ocasiones su valía artística se ha subestimado. Para reivindicar el importante papel que desempeñó en la historia del arte, el Museo Guggenheim Bilbao inaugura una retrospectiva del pintor francés, fallecido hace cincuenta años.
Esta retrospectiva está patrocinada por la Fundación BBVA y recorre cronológicamente todas las etapas de la trayectoria artística del artista galo. Constituye una ruta segura y privilegiada para disfrutar del arte de Georges Braque”, según Francisco González, presidente de la Fundación BBVA. Uno de los puntos fuertes de la exposición es su relación con Picasso, al que conoció en 1907 en el barrio de Montmartre de París, donde el pintor malagueño tenía su estudio.
Una de las máximas de Georges Braque (Argenteuil-sur-Seine, 1882- París, 1963), extraída de sus cuadernos “El Día y la Noche”, fue: “No hay que imitar aquello que se desea crear”, una convicción que presidió la vida de este excepcional artista, de quien el Museo Guggenheim Bilbao reúne 250 piezas en una exposición abierta al público hasta el 21 de septiembre.
Un repaso a sus inicios en el fauvismo, pasando por su incursión en el cubismo y el período entre guerras, hasta sus últimas series dedicadas a los billares, los talleres, los pájaros –“me han inspirado siempre”, dijo el artista- y los paisajes que realizó al final de su vida, cuando se movía entre París y Varengeville.
Inventor de la técnica de collage de los “papiers collés” (papeles pegados), la importancia de este pintor francés fue subestimada en ocasiones como apunta Brigitte Leal, comisaria de la muestra: “Su estatuto de artista oficial de la Francia gaullista le ensombreció indudablemente a los ojos de la generación contestataria que le siguió”.
Es por eso que esta retrospectiva “constituye una ruta segura y privilegiada para disfrutar del arte de Georges Braque”, según Francisco González, “de un trabajo imbuido de serenidad y sabiduría en el que representa la armonía que subyace en todas las cosas”.
Para González, la obra de Braque “está vinculada con la de otros creadores de distintos
ámbitos que también han influido poderosamente en nuestro modo de percibir la realidad, como Apollinaire, René Char, Erik Satie o el propio Picasso”.
SU RELACIÓN CON PICASSO.
Precisamente, uno de los puntos fuertes de la exposición es su relación con Pablo Picasso, al que conoció en 1907 en el barrio de Montmartre de París, donde el pintor malagueño tenía su estudio. Allí, Braque descubre la última composición en la que Picasso estaba trabajando; “Las señoritas de Aviñón”, y se queda fascinado por aquel lienzo salvaje, compuesto por un conjunto de planos angulares sin fondo ni perspectiva espacial.
Aquel encuentro supuso un cambio radical en la vida y obra de Braque, embarcándose en una nueva etapa pictórica donde los planos sustituyen a los volúmenes, el espacio cobra su máxima importancia y prevalecen los tonos ocres y grises como demuestra en su obra “Gran desnudo” (1908).
Años después, Braque y Picasso dirigen una auténtica revolución estética, experimentando con la imitación de ciertas texturas y sombras, e incluyendo tipografía moderna en sus obras mediante la técnica del estarcido. “En esa época, estaba muy unido a Picasso. A pesar de tener temperamentos muy distintos, estábamos guiados por una idea común”, comentó el propio Braque de aquel período.
“Vivíamos en Montmartre, nos veíamos todos los días, hablábamos… Durante aquellos años, Picasso y yo nos dijimos cosas que ya nadie se dirá nunca más, cosas que ya nadie sabría cómo decirse, que nadie sabría comprender…”.
La exposición ocupa ocho salas del Guggenheim, una oportunidad de contemplar a “un autor que busca `perturbar´ a través del arte, entendido como `una herida que se hace luz´”, en palabras de González.
JUAN A. MEDINA.

