
Después de La bola negra
Me recliné, apoyando las manos en el asiento de la fila de adelante. Empecé a contar: uno, dos, tres… Hacía tiempo que no veía una sala de cine tan abarrotada. De todas las cosas que puedo agradecerle a La bola negra, quizá acercarme a la obra de Alberto Conejero sea una de las más importantes.
No sé qué es mejor: ver primero la película y después leer la obra, o hacerlo al revés. Lo que sí sé es que ambas se entrelazan como raíces de árboles que se enredan pese a la distancia.
Salí removido de la pantalla y entendí mejor algunas cosas al leerla. El dolor rompe el silencio. En La piedra oscura, el diálogo entre Rafael y Sebastián, los monólogos, las interrupciones, parecen detener por un instante la muerte. Como cuando uno quiere evitar que llegue el mañana y se queda hablando de madrugada en el portal de casa. Como cuando Tarque quiere que pasen treinta años antes de mañana.
Y puede ser que uno solo quiera evitar el silencio.
Entonces recuerdas la película. Y descubres que ya solo quieres que llegue un nuevo día, con sus posibilidades.
Alex Tiraplegui Garjón
