El retrato fue un tema al que Picasso regresó una y otra vez en su dilatada trayectoria artística y en esas representaciones siempre tuvo un especial protagonismo el tratamiento de los ojos y la mirada, en la que el malagueño se mostraba a sí mismo, como revela una exposición en Málaga.
«Picasso siempre intentó mirar a su alrededor, y muchas veces ese mirar a sus musas y compañeras era un modo de mirarse a sí mismo», ha afirmado hoy José Lebrero, director artístico del Museo Picasso de Málaga, que ha reunido en su nueva exposición temporal, «Juego de ojos», 44 obras pertenecientes a su colección permanente.
El recorrido comienza con una pequeña pero emblemática pieza de esta colección, «Los ojos del artista», un autorretrato realizado en París en 1917.
Este tema clásico en la historia del arte, el del retrato, sirve al artista malagueño para «tratar de captar lo que tiene de vida un rostro humano» y es también una de las principales señas de identidad de la colección del Museo Picasso de Málaga.
Esos retratos de sus musas Fernande, Olga, Marie-Thérèse, Dora, Françoise o Jacqueline llegan «a convertirse en elementos de la propia vida» de Picasso, según Lebrero.
A veces, Picasso vacía los ojos de contenido, como en un retrato de Fernande de 1909, pero en otros se inclina por una representación más sutil y tierna, como cuando dibuja a Dora quince años después, y es habitual que estas obras den cuenta más del estado de ánimo del pintor que del de la modelo.
Cuando plasma a Françoise, lo hace con la voluntad de no crear rostros armónicos, con los ojos desiguales, porque Picasso cree que «el mundo no puede ser armónico ni feliz después de la Primera Guerra Mundial», ha apuntado Lebrero.
También se recogen en la exposición algunas obras con representaciones corales en las que se ven los juegos de miradas entre los protagonistas, o el tema del pintor y la modelo.
La exposición sirve además para resaltar la diversidad de soportes sobre los que trabajó Picasso, al reunir dibujos, grabados, cerámicas y esculturas, y para «subrayar la importancia de la experimentación con soportes tradicionales y con las artes vernaculares».
Un apartado propio es para la cerámica, que aprendió en Vallauris a partir de 1940, y que hasta entonces no estaba legitimada en el arte, aunque en manos de Picasso, que mezcló distintos procesos de forma poco ortodoxa para experimentar, alcanzó resultados sorprendentes.
Todo ello se complementa con más de medio centenar de imágenes realizadas por Roberto Otero, el fotógrafo argentino que retrató al malagueño en su intimidad en los años 60 y acompañado de visitantes ilustres como Joan Miró o Rafael Alberti.
El poder de la mirada en las obras de Picasso quedó resumido en unas palabras de David Gilmore recogidas en su ensayo sobre el artista malagueño.
«Cuando un andaluz se fija en una cosa con la mirada, se apodera de ella. Sus ojos son como dedos que agarran y tientan… La ‘mirada fuerte’ implica curiosidad, hostilidad y envidia. Pero el componente sexual también está presente… El brillo de los ojos es altamente erótico». EFE
Por José Luis Picón


