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OPINIÓN: Divagaciones, el amor y la práctica.

OPINIÓN: Divagaciones, el amor y la práctica.

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FABRICIO.- He aquí un buen problema, amigo Sulpicio, pero afortunadamente de solución no muy complicada. Mises dice dos cosas que no veo por ninguna parte: que el ahorro es un sacrificio voluntario y que gracias al sacrificio de generaciones pasadas pueden vivir mejor las siguientes, debido a que ese ahorro se canaliza a la inversión de bienes de capital. Ahora, piensa un poco: tú ahorras de tus ganancias una cantidad y la metes en el banco. Pero en realidad no sacrificas nada. Ahorras lo que te parece superfluo, no les quitas el pan a tus hijos para ahorrar. Claro que ese ahorro significa una posibilidad de consumo de bienes que ya existen en el mercado y que tú no compras, pues si no existieran esos bienes del llamado consumo, ¿qué mérito tendría el ahorrar su compra? ¿Qué pasa con esos bienes? Pues que se echan a perder, en su mayoría. Y al año siguiente igual, etc., y nuevos bienes perdidos.

MAURICIO.- O sea, gran hombre, que el ahorro perjudica la economía.

FABRICIO.- La perjudicaría, magnífico Mauricio, si todo el mundo ahorrase. Pero es preciso que esos bienes se consuman, es decir, que se paguen, para que no haya quiebras en cadena. Y ya te expliqué cómo ocurre en realidad: lo que los ahorradores dejan de consumir, otros desahorradores lo consumen a crédito. Porque es una falacia que el dinero ahorrado se transforme exclusivamente en los llamados bienes de inversión. Muchas empresas no recurren al crédito, o solo parcialmente, sino que reinvierten sus beneficios. Y una parte importante del crédito se va a bienes de los llamados de consumo. Una casa ¿qué es? ¿Inversión o consumo? ¿Y un coche? ¿Y el que pide un crédito para llegar a fin de mes? ¡Hasta el que roba aumenta el consumo, porque obliga a otros a consumir más de lo que tenían previsto!

MAURICIO.- Pe…pe…pero, ¡qué burradas hay que oír!

FABRICIO.- Venga, Mauri, que es lo de Robinsón elevado a nivel social: Robinsón dedica tiempo a cazar pajaritos a pedradas, pero le queda tiempo de sobra para construir también un arco y cazar con más eficacia. En la sociedad, unos cazan los pajaritos, por así decir, y otros hacen los arcos, y dedican el tiempo libre a distraerse. Y, por cierto, todos comen. Por eso te digo que el análisis basado en el ahorro, el consumo y la inversión juega con conceptos equivocados y no puede tener buen resultado. Ni hay sacrificio en el ahorro ni una generación vive del sacrificio de la precedente. Por cierto, eso de sacrificar a una generación era lo que decía Stalin. Recuerda cómo empezó la discusión: muy pocos economistas la vieron venir, y casi ninguno en toda su amplitud, por tanto hay que plantearse si el análisis está bien fundado. Y recuerda también que han dado el premio Nobel a economistas que sostenían una teoría y a otros que sostenían la contraria.

SULPICIO.- ¡Y tú vas a solucionar ese problema, pastor ensoberbecido y cojitranco!

PATRICIO.- Hola, camaradas, ¡salud pública! Está cayendo tal chaparrón que no habría venido si no estuviera seguro de encontraros aquí, pase lo que pase. Vengo oyéndoos desde la puerta y, si queréis que os diga la verdad, Salicio tiene una cabeza bien amueblada, siempre lo he dicho y aquí vuelvo a comprobarlo: mientras vosotros parloteáis, divagáis sobre abstrusos misterios, él se dedica a las cosas prácticas. ¡Tres veces ha vaciado el vaso en su gaznate mientras yo caminaba despacio desde la puerta, observándoos!

SULPICIO.- ¡Salud, Patricio, bravo zapatero remendón y poeta!..

FELICIO.- ¡Claro, Salicio está a lo suyo y por eso no dice esta boca es mía! El tío bebe para olvidar los desdenes de su Amartilis. Está enamorado, qué le vamos a hacer.

SULPICIO.- Y como es hombre práctico, aprovecha para comer a dos carrillos, ¡nos está dejando sin nada!

FABRICIO.- Es que es un filósofo y sabe muy bien que las penas con pan son menos.

SALICIO.- Con vuestras chorradas me limpio lo que yo sé.

PATRICIO.- ¿También te has vuelto zerolo, Salicio? ¡Por las musas, que me espanta modernidad tanta!

MAURICIO.- Qué suerte, tener aquí a nuestros dos poetas, Picio el tabernero y Patricio el remendón. Ya nos soltaréis algunas de vuestras inspiradas composiciones, vates… Pero explícanos, Fabricio, ¿qué está haciendo ahora Salicio? ¿Consume? ¿Invierte? ¿Ahorra? ¿O ninguna de esas cosas? Porque según tú son conceptos equivocados…Fabricio insiste en refutar a Mises.

FABRICIO.- Te diré, hombre nada excepcional, lo que hace Salicio: consume, como es obvio; al mismo tiempo invierte, porque aunque coma y beba sin necesidad, así se siente mejor, invierte, digamos, en su propia felicidad, que le permite o ayuda luego a producir, tal como el aceite y la gasolina permiten producir a una máquina. Decís que el consumo es un fin en sí mismo y la inversión no, pero no hay ningún fin en sí mismo, como acabamos de ver. Y también ahorra Salicio, si bien indirectamente, porque lo que él se zampa ya no se lo podrán zampar otros, ya dijo Sulpicio que nos está dejando sin nada que comer ni beber mientras nosotros charlamos amigablemente. Así que, considerada la situación en su conjunto, está ahorrando, consumiendo e invirtiendo, todo a un tiempo.

PICIO.- ¡Eh, eh, que más raciones serviros puedo, mis amigos queridos!

SULPICIO.- ¡Claro que puedes! Y nosotros a pagar.

PICIO.- El negocio hundirme no querréis, digo yo, ¿adónde ibais a reuniros entonces? Tabernas como esta no hay, vosotros mismos habeislo reconocido.

MAURICIO.- No puedes negar, Fabricio, que manuelp el del blog te está hundiendo en la miseria.

FABRICIO.- Lo cree él, porque no acaba de ver el problema. Mises y Keynes operan con los mismos conceptos, ahorro, inversión, consumo… aunque les dan valores y sentidos diferentes, y lo que yo digo es que esos conceptos son por lo menos confusos, y eso explica por qué, entre otras cosas, no se ponen de acuerdo sobre las crisis y sobre tantas otras cosas.

MAURICIO.- ¡Pero el keynesianismo ha fracasado!

FABRICIO.- ¿Ha fracasado? Durante años y años antes y después de la guerra mundial, todo el mundo se volvió keynesiano, la economía funcionaba, no se hundía y los economistas, bueno, la mayoría de ellos, decían que las crisis eran cosa del pasado, que ya podían dominarse gracias a las recetas de Keynes. Sí, podrás decir que a la larga han fracasado, pero ¿por qué no fracasaron mucho antes? Además, todo en la vida se desarrolla en el tiempo, y todos fracasamos cuando morimos, pero entre tanto… ¿eh? Eso es lo que importa, el tiempo: todo dura y todo se acaba. ¿Por qué la posguerra mundial, al menos desde principios de los 50, vio la mayor expansión económica de la historia? ¿Por el keynesianismo o a pesar de él? Es lo que os decía: una teoría de la crisis tiene que explicar también la prosperidad precedente. Si no, cojea.

SULPICIO.- ¿Entonces vale tanto lo del Keynes como lo del Mises? ¡Mauricio, saca la cayada y vamos a darle su merecido a este enreda jorobeta y tartaja, que yo le atizaré con el zurrón, que me lo he traído porque no pasé antes por casa! ¡A ver si le hacemos entrar en razones!

PATRICIO.- No te exaltes, Sulpicio, no te exaltes. Eres hombre de certezas y te molestan los problemas, te comprendo bien… Pero yo diría, caros amigos, que deberíamos imitar a Salicio consumiendo, invirtiendo y ahorrando todo a una, no vaya a ser que no nos quede ni una rodaja de chorizo ni una gota de vino, que este Picio es amistoso, pero pesetero como buen poeta.

MAURICIO.- ¡Ah, y otra cosa, Fabricio, no creas que olvido tu aserto, tan ridículo como los demás, de que los conflictos internacionales no los causa el nacionalismo, sino el Derecho. Que me lleve el diablo si he oído en mi vida majadería semejante.

Pío Moa, historiador y escritor.

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