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La crónica de un fracaso

La inevitable convocatoria de elecciones para el 10 de noviembre pone punto y final a la crónica de un fracaso político e institucional. Una «función» que ha durado 146 días y del que todos los partidos ya se están culpando mutuamente

Nadie presagiaba la noche del 28 de abril que Pedro Sánchez no sería investido presidente, después de haber ganado con holgura las elecciones generales, con los mismos escaños que el segundo y tercer partido juntos (PP y Cs), aunque con un número de diputados (123) lejos de la mayoría absoluta.

Aquella noche Sánchez aseguraba que hablaría con todos y prometía que no pactaría con Cs (se lo pidieron a gritos los simpatizantes de Ferraz coreando el ya famoso «con Rivera no»).

Los cálculos postelectorales mostraban que a Sánchez le daba la suma de la moción de censura, y todas las apuestas apuntaban a un pacto con Podemos.

Aunque si hubo alguna esperanza de que la cosa se iba a resolver pronto, duró muy poco, porque ya en la resaca electoral el PSOE advirtió de que quería gobernar en solitario. Un empeño que ha mantenido hasta el final a excepción del paréntesis en el que accedió a conformar la coalición que finalmente Podemos rechazó.

Empeño también el de Pablo Iglesias, que desde el primer momento puso la coalición encima de la mesa. O había coalición o no había acuerdo.

La campaña de las municipales, autonómicas y europeas llegó justo después y los partidos aparcaron la negociación. Porque esos comicios y las negociaciones para los pactos en ayuntamientos y comunidades ralentizaron aún más un diálogo que nunca parecía arrancar, pese a las buenas intenciones de unos y otros.

«Si en algo nos hemos puesto de acuerdo es que vamos a trabajar para ponernos de acuerdo», decía a principios de mayo Pablo Iglesias poniendo el énfasis en las ganas que, aseguraba, tenían tanto ellos como los socialistas de llegar a un pacto. Cualquiera lo diría.

Es innegable que los resultados del 26 de mayo cambiaron todo, porque el PSOE, que ganaba en los tres comicios y acrecentaba su ventaja sobre el PP, se vio a partir de ese momento más legitimado que nunca para defender gobernar en solitario con un acuerdo programático.

Pero Podemos no pensaba ceder e insistía en la coalición, mientras criticaba el doble juego de Sánchez reclamando al mismo tiempo la abstención a PP y Ciudadanos.

Y es que el defensor del «no es no», el mismo líder que dimitió por negarse a abstenerse en la investidura de Rajoy, pedía ahora al PP y a Ciudadanos que le permitiesen a él gobernar.

Una posibilidad que Pablo Casado no ha contemplado en ningún momento, y sí lo ha hecho Albert Rivera en una sola ocasión, al final este proceso, casi en el último instante.

Nueve meses después de ser elegido líder del PP, Casado cosechaba el 28A el peor resultado de la historia del partido.

Por eso era previsible que en este momento de debilidad, y cuando Ciudadanos se le había acercado tanto y pretendía arrebatarle el liderazgo de la oposición, mantuviese su «no» a la investidura.

Los comicios de mayo, los pactos de la derecha en varias regiones y ciudades y la recuperación de plazas como la Alcaldía de Madrid le dieron aire y le permitieron ratificarse en su posición.

Distinta ha sido la trayectoria de Ciudadanos. Ha insistido en todo momento en el no a la investidura, en negar cualquier acuerdo con «la banda» de Sánchez, en alejarse lo más posible de los socialistas. Hasta este lunes.

Rivera sorprendía con la propuesta de abstenerse -y le pedía al PP que le acompañara en el sacrificio- a cambio de que los socialistas renunciaran al Gobierno de Navarra, garantizarán que no indultarán a los presos del procés y no incrementaran la presión fiscal sobre trabajadores y autónomos.

Un intento que sus rivales han visto de desesperación, porque las encuestas dan a Ciudadanos una importante caída en beneficio del PP y del PSOE.

Pero volvamos a los dos actores del no pacto.

Con Sánchez ya designado candidato por el Rey, PSOE y Podemos intentaban en pocas horas un acuerdo que fue imposible.

Cada uno insistía en defender su fórmula de Gobierno -cooperación los socialistas, coalición Podemos- y no había avances.

Hasta que Sánchez le puso a Iglesias en bandeja el órdago, cuando dijo que el principal escollo para la coalición era el líder de Podemos y éste le respondió renunciando a entrar en el Ejecutivo.

La negociación para la coalición se precipitó, y hasta tres ministerios y una vicepresidencia para Irene Montero ofreció el PSOE a Podemos. Pero los de Iglesias consideraron insuficiente la propuesta y calificaron de «floreros» las carteras ofrecidas.

Si hubo entonces algún resquicio para el acuerdo, voló por los aires en el debate de la investidura fallida.

Desde entonces, todo han sido palabras y apenas ha habido hueco para una nueva negociación.

Parón en agosto, reuniones de Sánchez con la sociedad civil para ofrecer un nuevo acuerdo programático -nunca más una coalición- a Podemos y un nuevo intento con dos reuniones entre los equipos negociadores que no llevaron a nada.

Y si había alguna duda, el pleno de la semana pasada dejaba ver la extrema desconfianza y lejanía entre los dos líderes.

Todo en una batalla por el relato que en los últimos días ha tenido a Sánchez como objetivo de todos los demás.

Ni Podemos, su hasta ahora socio preferente, ni Ciudadanos, con su oferta de último minuto, ni el PP, firme en su «no», creen que Sánchez quisiera en algún momento conformar gobierno. Para todos ellos el presidente solo tenía una meta, nuevas elecciones.

Versión negada por activa y por pasiva por Sánchez, que ha confesado que ha intentado formar una mayoría por todos los medios, pero se lo han hecho «imposible».

Lo quisiera o no, las elecciones ahí están. Así que empieza una nueva función. Todos en campaña. EFE

Patricia de Arce

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