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Peter Weir, el todoterreno del cine

Al oír el nombre de Peter Weir, solo los más cinéfilos lo reconocen. Pero cuando se añade que es el director de joyas como «El año que vivimos peligrosamente», «El show de Truman» o «Único testigo», muchos se sorprenden de que una única persona esté detrás de títulos tan diferentes

Porque si hay algo que caracterice a este cineasta australiano es que en sus 75 años de vida -que cumple mañana- ha hecho todo tipo de cine y siempre con la calidad por bandera.

Desde historias políticas a thrillers pasando por cine romántico, de guerra o de aventuras, Weir (Nueva Gales del Sur, 1944) es uno de los realizadores más completos y con un estilo que ha sabido adaptar de manera brillante a cualquier género.

Pese a ello, no ha conseguido traducir en premio las seis nominaciones recibidas a lo largo de su carrera, uno como guionista -«Matrimonio de conveniencia» -, cuatro como mejor director -«Único testigo», «El club de los poetas muertos», «El show de Truman» y «Master and Commander»-, y una como productor de esta última.

Pero si hay algo que destaque en la trayectoria de este australiano es su capacidad para ver la calidad interpretativa en los actores.

No solo ha dado algunos de sus mejores papeles a intérpretes a veces encasillados como Harrison Ford, Mel Gibson o Jim Carrey, sino que ha ofrecido oportunidades en apariencia descabelladas pero tremendamente acertadas como dar a Linda Hunt el papel de su vida, solo que era el de un hombre.

Tras realizar varios documentales televisivos, Weir debutó en el cine con «Homesdale» (1971), una mezcla de comedia y drama, a la que siguió una historia de ciencia ficción, «Los coches que devoraron París» (1974), pero fue la historia de época «Picnic en Hanging Rock» (1975) la que hizo sonar su nombre fuera de Australia.

Un drama victoriano que el año pasado tuvo su adaptación a serie televisiva, protagonizada por Natalie Dormer.

El thriller sobrenatural «La última ola», con Richard Chamberlain a la cabeza, demostró la habilidad de Weir para cambiar de género sin perder fuerza, y fue su primer éxito internacional.

Aunque sería su siguiente trabajo, un drama sobre la batalla de los Dardanelos de la Primera Guerra Mundial, en la península turca de Gallipoli, que dio el título al filme, el que le situaría definitivamente entre los directores más destacados de aquel 1982.

Fue nominado al Globo de Oro a la mejor película extranjera y supuso además la confirmación de Mel Gibson como estrella emergente tras el primer «Mad Max».

Gibson repetiría en el siguiente proyecto de Weir, «El año que vivimos peligrosamente», un drama político romántico con el periodismo como hilo conductor ambientado en el momento de la caída de Sukarno en Indonesia, en 1970. Una historia violenta y sensible al mismo tiempo, con un reparto en el que también estaba Sigourney Weaver y una Linda Hunt que sorprendió a todo el mundo con un papel masculino con el se llevó el Óscar a mejor secundaria de aquel año.

La preciosa música de Maurice Jarre, la fotografía de Russell Boyd y la química entre Gibson y Weaver hicieron de este título una película de culto.

A continuación llegó su salto a Hollywood y lo hizo con un thriller que confirmó la calidad interpretativa de Harrison Ford -más allá de «Star Wars» o «Indiana Jones»y el buen pulso para contar historias de Weir.

«Único testigo» (1985) consiguió ocho nominaciones a los Óscar -entre ellas las de mejor actor para Ford, mejor director o mejor música, para Maurice Jarre-, pero solo ganó dos, las de mejor montaje y guion. Fue el año de «Memorias de África».

Poco para una película que ha resistido como pocas el paso de los años y que descubrió al mundo la vida de comunidades religiosas minoritarias como los amish y el talento del joven Lukas Haas.

Su siguiente trabajo, «La costa de los mosquitos» (1986), fue un fracaso de público y crítica probablemente porque se adelantó a su tiempo. Ford, Helen Mirren y River Phoenix encabezaban una película sobre un obsesionado anticapitalista.

«El club de los poetas muertos» (1989), su película más sensiblera fue uno de sus mayores éxitos y la relación entre el profesor que interpretaba Robin Williams y alumnos como Ethan Hawke, Robert Sean Leonard o Josh Charles, marcó a toda una generación.

Weir también ha sabido hacer buenas comedias románticas, como «Matrimonio de conveniencia» (1990) con una extraña pareja formada por Gerard Depardieu y Andie MacDowell, y buen cine de aventuras, como demostró con «Master and Commander», con Russel Crowe.

Su último trabajo hasta la fecha ha sido «Camino a la libertad» (2010), su película más floja junto a «Sin miedo a la vida» (1993), ejemplos de que hasta el mejor maestro hace un borrón. EFE

Alicia García de Francisco

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