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Los trastornos psicológicos dejan de ser tabú en el deporte de élite

Acababa de proclamarse campeona júnior de Roland Garros tras derrotar en la final a la rusa Anna Kalinskaya por un doble 6-3 y, a sus 17 años, la española Paula Badosa ya soñaba en grande. «Mi objetivo es ser la mejor del mundo y ganar títulos de Grand Slam», aseguraba en 2015

Pero las enormes expectativas que se había creado en torno a su carrera la acabaron engullendo como a tantos otros. «Pasé momentos de ansiedad y de depresión. Perdí la ilusión de jugar a tenis, no disfrutaba. Sentía una presión y unos miedos que hacían que no quisiera ni entrar en la pista», confiesa la catalana cuatro años después, en un vídeo que se ha hecho viral en las redes sociales.

Badosa hace pocos meses que ha reactivado su carrera de la mano de Xavi Budó, el técnico que llevó a Carla Suárez a convertirse en una de las diez mejores jugadoras del circuito profesional, y ahora vuelve a sentirse «feliz» dentro y fuera de la pista.

Álex Abrines también está de vuelta. Tras dos temporadas y media en la NBA defendiendo la camiseta del Oklahoma City Thunder, su cabeza dijo basta. Como la tenista de Begur, decidió grabar un vídeo para explicar su historia de desamor con el deporte que se lo había dado todo.

«Querido balón. Todo se rompió en mil pedazos. Empezaste a darme miedo, no te podía ni ver, incluso llegué a odiarte. Vernos era poco menos que una obligación. A la mínima oportunidad te esquivaba, solo quería huir de ti y de todo lo que te rodeaba», relata el escolta mallorquín en el suyo.

Hace unas semanas, Abrines anunciaba que se había vuelto a enamorar de la canasta y que dejaba definitivamente la mejor liga del mundo para volver a Barcelona y poner, a sus 25 años, el contador a cero.

«Necesitaba regresar al Barça para poder volver a disfrutar del baloncesto», afirmó en su presentación como nuevo jugador del conjunto azulgrana.

El trastorno mental como estigma. Un tema cada vez menos tabú entre los atletas de élite gracias a vídeos como el de Badosa o Abrines, que dan visibilidad a un problema que ya ha empezado a tratarse con la normalidad y naturalidad necesarias.

Ambos han visto la luz al final del túnel, pero no lo han logrado solos. «Lo primero que hay que hacer es pedir ayuda. Entender que uno solo no puede verse, que igual que necesitamos un espejo para vernos por fuera, también necesitamos a alguien que nos haga de espejo para poder vernos por dentro», explica a EFE el ‘coach’ deportivo Joseba del Carmen, que actualmente lleva la preparación mental, entre otros, del golfista Jon Rham.

Hubo un tiempo en que Roser Tarragó tampoco era capaz de reconocerse a sí misma. Con 19 años, ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y luego llegarían los históricos oros del Mundial de Barcelona 2013 y del Europeo de Budapest 2014.

Como los metales que se colgaba con la selección española de waterpolo, ‘Ru’ era oro puro cuando entraba en una piscina, pero tras quedarse fuera del podio en los Juegos de Río, se fue a estudiar a Estados Unidos y le llegó el bajón.

«No me gustaba jugar, me costaba tirarme al agua, no tenía motivación ni alicientes. Es algo que no pasa de golpe, pero sí que hay un día que dices basta», desveló en una entrevista al diario ‘As’.

Hace un año, Tarragó retomó el waterpolo profesional y ahora está peleando con España por una medalla en el Mundial de Gwangju, después de que Miki Oca la haya rescatado para la causa para convertirla de nuevo en una de sus ‘guerreras’.

«¿Habéis visto el vídeo de Abrines? Pues me identifico. Eso nos pasa a mucha gente», subraya la barcelonesa. Tarragó tiene razón. Los trastornos psicológicos no son nada extraño en el deporte de élite: estrés, ansiedad, depresión… El atleta entra en pánico porque no entiende qué le pasa y se da cuenta de que ya no tiene nada bajo control. El nivel de autoexigencia se vuelve aún mayor.

«Sucede cuando el deportista entra en un estado en el que no es capaz de soltar ni lo que ha sido en el pasado ni su expectativa de futuro, ese nivel de expectativas que cada uno pone en nosotros y aceptamos como propio. Para mí, es la desconexión con el presente, con nosotros mismos, con nuestra esencia. Y hay que hacer un proceso para entender que no somos ese personaje que nos hemos creado», afirma Del Carmen.

Esa desconexión le sucedió a Bojan Krkic, otro talento precoz que tuvo el Camp Nou a sus pies antes de cumplir la mayoría de edad: «A los 17 años, mi vida cambió completamente. Fui al mundial sub-17 en julio y no me conocía nadie. Cuando volví, no podía caminar por la calle. Unos días después, debuté contra Osasuna, a los tres o cuatro días debutaba en la ‘Champions’ y, en febrero de 2008, me llamó la selección española».

Mareos, ataques de pánico… Bojan tuvo que frenar. «No fui a la Eurocopa de 2008, porque tenía problemas de ansiedad. Me sentía todo el día enfermo, pero dijimos que era porque me iba de vacaciones», desveló hace un tiempo.

Otro futbolista que jugó en el Barça, el portugués André Gomes, reconoció en una entrevista a la revista ‘Panenka’ que no había sabido gestionar su bajo rendimiento con el conjunto azulgrana y que eso le había llevado al colapso mental.

«Pensar demasiado me ha hecho daño. En más de una ocasión me ha pasado no querer salir de casa. Eso de que la gente te pueda mirar, tener miedo de salir a la calle por vergüenza», declaró entonces.

Hasta el mismísimo Rafa Nadal descubrió lo que era sentir ansiedad en una pista de tenis en 2015, cuando volvió al circuito con la incertidumbre de no saber si iba a rendir de nuevo al máximo nivel tras superar una nueva serie de contratiempos físicos.

«No había sentido algo así en mi vida. No controlaba los tiempos ni del punto, ni de la pelota, ni de mi respiración. No tenía confianza en mí mismo, no sabía cómo atacar la bola, cómo moverme o qué hacer», admitió en su día.

Y es que la cultura del éxito, donde ser segundo se considera un fracaso y lo que cuenta es el resultado, tampoco ayuda al deportista de élite a librarse de las trampas del ego.

Joseba del Carmen insiste en que es precisamente el ego «el que nos hace querer controlarlo todo y donde nace el miedo al fracaso». Y que el verdadero éxito es «dar en cada momento la mejor versión de ti mismo, conectar con tu energía y tus emociones, sentir y disfrutar». EFE

Ginés Muñoz

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