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Lateral izquierda Castillo de Javier

No preguntes a quién queman. Te queman a tí.

Cuidado con los hombres de paja. Son un recurso dialéctico y una costumbre mágica muy antigua.

El demagogo de turno propone al pueblo un enemigo de pega, de trapo, de paja, y le acusa de todos los males. Es el culpable de que no llueva (o de que llueva demasiado). Es el culpable de que no tengas trabajo. Es el que hace que no encuentres un piso que puedas pagar. Es la razón de que el profe te suspenda. Es el culpable de que tu idioma no se hable ni en tu casa. Es el del pueblo vecino que te odia, te quita el agua, y en fiestas te quita a las chicas. Es el jefe opresor que te explota. Es el espíritu maligno, y librarte de él te hará feliz.

Y luego se le pega fuego al muñeco. Porque es la encarnación del mal y todo está justificado. Y la gente aclama al demagogo, y sus rivales se callan por temor a la turba.

Aquí lo de quemar en efigie lo tenemos mayormente superado, salvo versiones estilizadas como las Fallas, o atavismos de neandertal en los Ospa Eguna. Pero la costumbre del hombre de paja está en plena forma.

Los populistas y los nacionalistas lo usan a diario. Todo el que no les guste es “fascista”, ese nuevo nombre del diablo. Si alguien se atreve a dar un mítin contra los terroristas en Miravalles, o en Alsasua, es “fascista”. Si alguien critica al separatismo catalán es “fascista”. Si te opones a la colonización nacionalista de las administraciones públicas (y sus satélites), eres “fascista”. Si te molesta que los feminismos oficiales sólo se movilicen cuando el atacante no les gusta, eres “fascista”. Si te parece que la propiedad privada (o pública) está por encima del deseo de un “kolectivo okupa” de hacerse con un local gratis, eres un “fascista”. Si crees que el dinero de todos está para dar servicios a todos y no para garantizar trabajo a los funcionarios, eres “fascista”. Si te parece que una cosa es acoger refugiados y otra dar derechos a cualquier inmigrante ilegal que no tienen ni los que han cotizado, eres “fascista”. Si no crees que la solución sea siempre subir impuestos, eres “fascista”. Y como no quieras que podemitas y batasunos decidan por tí qué modelo de género deben vivir tus hijos, eres un “fascista” doble.

Luego ya empiezan a señalar y echar a la hoguera a todo el que les lleva la contraria en general, sea una embarazada centrista que se presenta a alcaldesa de Madrid o a quien se atreve a poner una bandera española en una plaza de Pamplona.

En general, para estos partidos es “fascista” todo el que piense que las personas deben ser siempre iguales ante la ley, con independencia de su sexo, orientación política o idioma materno.

Porque estos partidos construyen sus tribus en torno a esas diferencias, y buscan excluir del poder y del debate público a los que no pertenecen a ellas. Así de sencillo.

Y el PSOE (o el PSN o el PSx), contentísimo de ver que arrastran a la hoguera a sus rivales sin darse cuenta de que, para esquivar el fuego, está adoptando ideas que no se diferencian en la práctica de las de los incendiarios.

No es tan extraño si pensamos en cómo Pedro Sánchez fue devuelto al poder del PSOE gracias a la movilización de los más radicales y hasta de notorios militantes de Podemos, manifestándose delante de Ferraz. El populismo (la demagogia) es una herramienta que se sube a la cabeza. Y Pedro Sánchez es un demagogo que cree controlar a la turba que ha cultivado.

Por eso sonríe y habla con suavidad, mientras señala al hombre de paja de “la derecha” como ese ente maligno, difuso, “en blanco y negro”, que camina “hacia atrás” y mete a los gays en el armario. Ese demonio con gorra militar y olor a tumba que amenaza por entrar por la ventana y llevarse a los niños pequeños. Qué horror, la derecha. Cómo puede nadie votar a la derecha. Votadme a mí que soy moderado y mantendré el horror a raya.

Y mientras él construye un muñeco de paja y le pinta la cara de sus rivales políticos, los populistas y nacionalistas hacen su papel y lo demonizan. No es simplemente “la derecha”, son “fascistas”. No está simplemente equivocada, hay que echarla de nuestros barrios. No es que no queramos oír lo que dice, es que cuando habla provoca y hay que hacerle callar con campanas o sirenas o insultos, y desinfectar después. Porque no es humano. No es el vecino. Es un hombre de paja, es la suma de lo que tememos y odiamos.

Si encima torpes como Casado se empeñan en colaborar, insistiendo en que “la derecha” existe y es todo lo que no es nacionalismo ni populismo, pues vamos aviados.

Y así Sánchez parece moderado mientras los populismos y nacionalismos dicen barbaridades de sus rivales, y los electores, atrapados entre el horrible hombre de paja y los radicales que lo queman, eligen al demagogo, que es lo único que queda.

El truco más viejo del mundo. Pero aún funciona. Hasta que el demagogo pierde el control de la turba.

Así que cuando veas quemar hombres de paja, párate a pensar. Porque en España no hay millones de fascistas (apenas quedan grupúsculos), ni hay enemigos mágicos a los que culpar por años de mala gestión, sectarismo, corrupción y capitalismo de amiguetes. Nadie va a meter a los gays en un armario ni a las mujeres en la cocina. Los hombres de paja son excusas para no afrontar los problemas y para deshumanizar a los rivales. A los que no pertenecen a su tribu, a los que no comulgan con sus ideas, a los que no les siguen a pies juntillas.

Cuando escuches que llaman fascista a alguien, no preguntes a quién queman. Te queman a tí.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista, miembro de la junta de Ciudadanos Pamplona y candidato a concejal de Beriáin por Navarra Suma.

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