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Vote después de haber comido

El psicólogo Daniel Kahneman, ganador del Premio Nobel de Economía en 2002, habla en su libro «Pensar rápido, pensar despacio» de la curiosa, pero esperable, relación entre la comida y la capacidad de resolver problemas. Está demostrado experimentalmente, por ejemplo, que los niveles de glucosa en sangre influyen en la puntuación que se obtiene en los tests de inteligencia: en los propios experimentos de Kahneman, al pedir a dos grupos de voluntarios que resolvieran una serie de acertijos, sistemáticamente puntuaba mejor el grupo de voluntarios al que previamente se le había dado a beber una limonada azucarada.

Es algo que todos sabemos intuitivamente: todos sabemos que a la gente se la gana por el estómago; y todos sabemos que si las comidas de negocios son comidas de negocios, y no meras reuniones en un despacho, es porque las personas con el estómago lleno tendemos a resolver mejor los problemas, a ser más positivos y a alcanzar acuerdos más fácilmente que las personas con el estómago vacío. Todos tenemos en nuestro entorno familiar o de amistades a una u otra persona a la que el mal carácter se le dulcifica en cuanto se pone la comida en la mesa.

No se crean Vds. que hablamos solo de tests intrascendentes o de negocios que solo afectan a los que los hacen. Esa relación entre la comida y la capacidad de decidir y de resolver problemas puede tener consecuencias serias para la vida de muchas personas. En uno de los estudios que Kahneman relata, se observó durante meses el trabajo de un panel de nueve jueces de vigilancia penitenciaria encargados de estudiar las solicitudes de libertad condicional de los delincuentes condenados. Se trata de un trabajo de rutina, en el que ese panel de jueces analiza decenas de casos al día, dedicando una media de 6 minutos a resolver sobre cada solicitud. La jornada de ocho horas de esos jueces está dividida en cuatro bloques de dos horas, separados entre sí por la pausa del desayuno, la de la comida y la de la merienda.

Los resultados del estudio fueron demoledores. La media de concesiones de libertad condicional estaba en un 35%, pero el estudio mostró que justo después de cada pausa, el porcentaje de solicitudes aprobadas era del 65%, para después ir cayendo gradualmente a medida que avanzaba el periodo de dos horas. Justo antes de la siguiente pausa, el porcentaje de solicitudes aprobadas era prácticamente cero.

Pónganse Vds. en la piel de alguien que ha solicitado la libertad condicional. Que el hecho de que te la concedan dependa fuertemente de si los jueces que van a revisarla acaban de comer o no, me parece terrible. Es todo lo contrario de una justicia imparcial. Puede que la diosa de la Justicia tenga los ojos vendados, pero parece que cuando el estómago le ruge de hambre, arremete a espadazos contra todo el que tenga alrededor. Y quien habla de jueces, habla de cualquier otro orden de cosas donde decisiones que afectan a la vida de la gente dependen de si el responsable correspondiente acaba de comer o no.

Viene esto a cuento de que el próximo 28 de abril los españoles estamos convocados a las urnas para determinar el nuevo gobierno. ¿A quién deberíamos votar? Pues evidentemente, a quien cada uno prefiera. Yo, personalmente, espero que Ciudadanos, el PP y Vox obtengan los escaños suficientes como para hacer imposible que Sánchez pueda acceder de nuevo a La Moncloa con los votos de todos los que odian a España y a los españoles.

¿Y a quién votar, de entre esos tres partidos? Pues vote Vd. a quien le plazca. Yo tengo mis preferencias, desde luego, y creo que son bastante transparentes, pero creo sinceramente que para cada una de las tres formaciones (Ciudadanos, Partido Popular y Vox) se pueden citar varias buenas razones por las cuales merecería la pena votarlos. Así que elija a quien quiera, o a quien menos le disguste, y vaya a votar.

Eso sí, permítanme un consejo: vayan a votar con el estómago lleno. Si va por la mañana, desayune antes de salir de casa. O vaya después de tomar el aperitivo con sus seres queridos. Y si va por la tarde, acuda después de comer o después de la merienda, nunca antes. Como Kahneman nos recuerda, los experimentos demuestran que la gente decide mejor y con más inteligencia si tiene el estómago lleno. Y puestos a decidir el futuro del país, ¿verdad que todos preferimos que quienes tienen que tomar la decisión (es decir, los electores) tengan una actitud positiva, en vez de negativa?

Pues lo dicho: vote después de haber comido.

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital

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