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Las reglas del juego

Es como esas películas, o esos libros, en los que ves a los protagonistas tomar decisiones que claramente van a acabar mal. En los últimos tiempos se están viviendo en España cosas impropias de un país que lleva tantos años viviendo en paz y democracia bajo la ley y una constitución avanzada. Propias de democracias no desarrolladas. Y no han sucedido de golpe.

Las escenas de ayer en Sevilla con los activistas del PSOE y de Podemos rodeando un parlamento regional para protestar contra la investidura de un presidente de otro partido, coreando consignas que saben falsas. Las escenas de Pamplona hace unos días, con okupas intentando rodear otro parlamento regional (ellos dicen que no intentaban invadirlo, sólo se acercaban a las puertas hasta que les echaban), y con el alcalde de la ciudad de su parte. Las de Bilbao, con setenta mil personas pidiendo la impunidad para los que mataron a casi 900 por sus ideas, y los sindicatos UGT y CCOO marchando junto a los antisistema. Días antes hemos visto agresiones a los seguidores de Valls (y a los de Vox y a grupos de estudiantes constitucionalistas) en Barcelona, y una paliza en Bilbao a otro estudiante, mientras parte de la sociedad llama fascistas a los agredidos y no a los agresores.

Y no me quiero extender con las campanas de Alsasua, una “libre expresión” según todo un ministro de Interior, o un sabotaje a un acto democrático según cualquiera con sentido común. O con el caciquismo de los alcaldes de Burlada y de Pamplona, permitiendo reuniones y actos ilegales en la vía pública a los de su cuerda y prohibiendo actos legales a los de la oposición.

En todos ellos vemos comportamiento antisistema, que debería ser marginal y condenado por todos, siendo tolerado o incluso apoyado por grupos que se supone que representan a parte de la mayoría social moderada, o incluso por las autoridades.

Nadie que haya estudiado algo de Historia puede dar por sentada la paz social. El consenso y el respeto mutuo no son la norma sino la excepción, y si no se trabaja en mantenerlos, se rompen. En Francia, donde casi han legitimado la violencia política callejera, aún no han llegado a permitirse escraches a la investidura de un político o palizas a los que no les gustan. Aquí ya lo estamos viendo. Y a jueces también, como el caso de Llarena.

La convivencia y la democracia se basan en que la gran mayoría acepte y siga las reglas del juego. Y son muy sencillas: la ley es para todos, la justicia la imparten los jueces, las sentencias se respetan, todo el mundo tiene derecho a opinar (y a un par de cosas más), y quien pierde las elecciones se baja del sillón. El contrario es el contrario pero no es el enemigo, no todo vale. Si estos puntos básicos no se respetan, la gente se radicaliza, la baraja se rompe y la convivencia se resquebraja.

Quien entra en política en un país democrático tiene que aceptar esos límites. Porque del mismo modo que le impiden hacer todo lo que quiere, impiden que lo hagan sus contrarios. Mantienen un grado de respeto y civilización que hace posible la alternancia sin amargura ni venganzas.

Lo alarmante hoy no es que grupos antisistema demuestren que no respetan las reglas del juego. Lo grave es que los grupos y entidades que deberían trabajar por mantenerlas estén doblándolas para favorecer sus intereses a corto plazo. Que las filiales del PSOE y sus organizaciones afines estén en la calle, y sus responsables lanzando mensajes incompatibles con las reglas del juego, con el constitucionalismo que se supone que defienden. Dando el ejemplo contrario.

Si esos grupos se han movido, separándose del consenso social en el que se basa la convivencia, como sociedad nos toca dejar atrás a esos grupos y reconstruirla. Mandarles una señal clara de que por ahí no se va. Hay que ser consciente de lo que nos jugamos si seguimos dejando en manos de esos partidos y esas personas nuestra libertad y nuestra seguridad.

Una vez más, nos toca defender la tolerancia. Con la voz a diario, y con el voto en unos pocos meses.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista y miembro de la junta directiva de Ciudadanos Pamplona.

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