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Navidad y España: Pesebre y Calvario

Llegadas ya las fiestas de Navidad, lo apropiado es desear a todos unas muy felices y santas fiestas de Navidad, y que los Magos nos traigan a todos el incienso y, sobre todo la mirra y el oro que nosotros y nuestra Patria necesitamos.

Enseña Benedicto XVI que en Dios todo está unido y hay que saber adorar igual al Niño, cuyos brazos abiertos vamos a contemplar estos días en el Pesebre, que al Redentor que nos abre sus brazos en la Cruz. Belén y Pascua están unidos, por quien, siendo Alfa y Omega, principio y fin, es acto puro y suma de toda perfección. Para Dios, que, por ser eterno, tiene conocimiento de la eternidad, un conocimiento muy distinto del lineal o cronológico que podemos tener nosotros, todo está unido en un Todo que obedece a su plan.

Incienso, quizá, es lo que menos necesitamos los humanos cuando nos endiosamos y hacemos el centro de todo. Pero, dejados de la mano de Dios, mirra y oro, para restañar heridas, cuidarnos y adornarnos, y oro para vivir, se hace más necesario.

Como escribió Tomás de Aquino, para la solemnidad del Corpus Chisti: “Pie pellicane, Iesu Domine,me immundum munda tuo sanguine. Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere”. Considero que, por conocidos, estos versos no necesitan traducción.

Así como las nefastas consecuencias de la Ley de memoria histórica nos hace ver la necesidad de restañar heridas, ya cicatrizadas y hoy artificialmente abiertas, el recién conmemorado –no me atrevo a decir celebrado- cuadragésimo aniversario de la vigente Constitución, nos hace ver lo necesario del oro, porque se incumplen derechos presuntamente contitucionales como empleo justamente remunerado, salario justo, vivienda digna…

En su último mensaje de fin de año, Francisco  Franco nos deseaba a todos los españoles, a los que vivimos en nuestra Patria, a los que tuvieron que emigrar, y la los que son españoles porque viven aquí y contribuyen a la grandeza de la nación “todo lo que honestamente se puede desear”. En menos palabras, no cabe mayor ni mejor deseo.

El gran problema de nuestra gran Nación es el envidioso cainismo. Como parece que dijo Otto Von Bismarck: “Estoy firmemente convencido que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. Y, aunque parezca increíble, España con unos políticos tan ineptos como indignos todavía exista y permanezca en pie.

El Niño que veneramos en el pesebre y el Mesías crucificado, son el mismo Señor que nos guió en la Reconquista o en la evangelización del Nuevo Mundo, y nos dio fuerzas en la Cruzada. La única guerra del siglo XX en que el comunismo fue derrotado.

Roguemos al Niño que nos abre sus brazos en Belén, que ilumine también, como lo hizo con nuestro Caudillo y Generalísimo, al que ahora se quiere profanar gobierne también nuestra nave, sin que nos dejemos confundir con tan eufóricas como pasajeras voces de sirenas. Roguémosle que nos dé, no sólo mucho ánimo en las tribulaciones, sino otro timonel con brazo fuerte y pulso seguro.

Ya nos dio uno el 1 de octubre de 1936; y el nos dio la paz y el más largo periodo de progreso que hemos conocido en nuestra historia.

Hoy los enemigos de España y la civilización cristiana, tanto los traidores que simulan ir “de la Ley a la Ley por la Ley”, como los herederos de los matacuras, han traicionado el ejemplo y obra de nuestro Caudillo y Generalísimo, al que ahora se quiere profanar, como si con eso se consiguiera cambiar la Historia. Reflexionemos si desenterrando a Lenin, Maho, Stalin, Castro… se borraría la obra del comunismo bárbaro y ateo. Y la metafísica nos dará la respuesta con Parménides de Elea y su principio de no contradicción (no se puede a la vez ser y no ser) formulado en el siglo VI antes de Cristo. Lo que ha sido es y no puede dejar de ser. Por eso la Historia no puede cambiarse como el lugar de reposo de sus protagonistas.

Para mí, la traición a Franco y al Régimen del 18 de Julio, en estos 40 años de  constitucionalismo, estado social y democrático de derecho y su Monarquía parlamentaria, nos ha deparado que nuestro, tan cacareado estado de bienestar, con sus niveles de paro, de pobreza, su deuda externa… se resquebraje y haga aguas por doquiera -porque no hay bajel que no zozobre sin capitán y timonel- y los 40 años que los judíos anduvieron errantes por el desierto tras hacerse becerros de oro se puede establecer una analogía.

Los españoles que lucharon contra el moro unificaron la Paria; los que en frágiles bajeles se lanzaron a la evangelización de América hicieron que el español sea la lengua viva en que más fieles rezamos el Padre nuestro; los que se alzaron contra Napoleón en 1808 y  los que, igualmente y contra todo pronóstico lógico de éxito se alzaron en armas contra la república doblemente golpista de 1931, al final reconquistaron, con la ayuda de Dios, una España grande, libre y católica que, como undécima potencia, recuperó su sitio en el mundo, así como que ser español, volviera a ser algo serio y no folklórico. Igual que el pueblo elegido, tras vagar cuarenta años alcanzó la Tierra prometida.

Por eso, aunque los españoles, al menos muchísimos de ellos, nos merecemos una lección, España, reserva espiritual de Occidente, misionera de pueblos, luz de Trento y espada de Roma, debe seguir adelante, porque el mundo la necesita.

Ahora estamos pasando, como el Mesías, que, siendo Dios, llegó a sudar sangre, una época de destierro en el desierto, pasión y Calvario. Para que sepamos perseverar en lo Transcendente, que es lo único que importa, recordemos y reflexionemos sobre este villancico que tantas veces oiremos, con mayor o menor atención, durante estos días: “Dime Niño de quien eres / y si te llamas Jesús. / Soy amor en el pesebre / y sufrimiento en la Cruz”.

Vayan con esto, mis más sinceros y fervientes deseos de una feliz y santa Navidad, así como de que 2019 sea un año que nos permita presentir el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.

Pedro Sáez Martínez de Ubago,  investigador, historiador y articulista

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