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En busca de una idea de España

Contra lo que se afirma con tanta frecuencia como desconocimiento, la cultura española estaba lejos de ser una extravagancia, un pintoresco anacronismo sobreviviendo en el aire inmóvil de una nación aislada e incompetente. El año 1930, que habremos de ver en su profunda gravedad política como circunstancia española de una gran transformación continental, expresa también un giro en la actitud de los escritores. Un fantasma generacional recorre Europa: el de un nuevo realismo, menos referido al estilo literario que a una actitud moral. Los creadores desean abandonar cualquier tentación de refugio en el arte por el arte, cualquier indiferencia ética, cualquier desprecio de la virtud cívica. La cultura se revuelve contra todo atisbo de despreocupación social que el modernismo había hecho posible, alejando la experiencia literaria de la condición humana y, por tanto, la circunstancia histórica de su creador.

Los años veinte no han sido, y lo hemos visto ya, tan banales como puedan reflejar las consideraciones alarmistas hechas por todo movimiento que quiera calificarse de rompedor e incluso de revolucionario. Una década que asiste a la publicación de novelas como La montaña mágica o El gran Gatsby, al estreno de películas como Berlín, sinfonía de una ciudad o Metrópolis, a la edición de libros de poemas como Tierra baldía o Elegías de Duino, no puede considerarse precisamente como la época de la indiferencia ante la suerte del hombre. Por el contrario en todos los países de Occidente se hace un examen de conciencia que trata de romper amarras con la época a la que se achacan los excesos de una grave confusión entre lo efímero, lo intenso y lo vital.

España no quedará al margen de esa sensación de vigilia, de inmediatez del cambio, de desdén de un tiempo ya considerado viejo, ante el radiante futuro que aguarda de supeditación del arte a la supremacía del hombre. A ello se refiere el escritor Antonio Espina en 1927 advirtiendo que “el hombre europeo está fatigado, aburrido, desorientado con tanta maraña y cabriola. Se oye el rumor sostenido del tropel a venir. Tocan a vísperas. A vísperas del año 30.” En Francia, un Robert Brasillach cuyo prestigio aún no se ha marchitado por su fervoroso fascismo y su reprobable colaboración con los nazis ocupantes de su país, se pregunta cómo dar paso a una generación deseosa de romper con los tiempos en los que los escritores parecían haber olvidado ya no una literatura social y política, sino de pura alerta a la condición del hombre en una hora decisiva.

Quien habrá de expresarlo de manera más enérgica, en un libro convertido en manifiesto de una generación, El nuevo romanticismo, será el antiguo colaborador de La Gaceta literaria y editor ahora de La Nueva España, José Díaz Fernández: “Europa ya no puede más de cansancio, de escepticismo y de desconcierto. Necesitamos vivir para la historia, para las generaciones venideras. Los mejores espíritus de nuestra época preconizan para hacerse cargo de esta responsabilidad histórica, una austeridad y un misticismo ejemplar. El hombre y el rumor de su conciencia. Fuera de esto, lo demás apenas tiene importancia.” Y Benjamín Jarnés, en el prólogo a Paula y Paulita, advertirá, en 1929, que el arte tiene miedo, que, “no sabe qué pintar en el muro blanco”. Ha olvidado “ese camino donde se juntan el mundo y el espíritu: el del amor inteligente, capaz de empujar los astros, las ideas y los hombres.”

Como en Europa entera, en España emerge una generación que ha hecho sus primeras armas y se encuentra ya en forma, poseedora de un aliento propio, de un carácter, de una idea. En 1932, pudiendo ya mirar atrás, Antonio Marichalar describirá en la Revista de Occidente lo que había en el fondo de la actitud de quienes cruzan la década con una nueva voluntad de temática y de estilo: “Tan sospechoso es el arte al servicio del arte como el arte al servicio de la moral o de la política. El arte debe ponerse al servicio del hombre.” A esa causa se orienta la educación sentimental en la que avanza, prodigiosamente, el trabajo de los poetas del 27 o el de los novelistas que han huido del realismo para escapar de la crisis de todo un género literario herido por la competencia del cine y los desafíos de la plástica.

Buscando la salvación de la novela, Rosa Chacel sacrifica la trama y convierte en protagonista el monólogo interior en su obra Estación. Ida y vuelta, y Benjamín Jarnés realiza un estremecedor recorrido por el hombre anónimo de las grandes ciudades en Locura y muerte de nadie. Escriben los jóvenes Obregón, Ros o Neville marcando ese esfuerzo por salvar de nuevo una tradición de realismo, aderezada con las alternativas expresivas que la vanguardia ha dejado a su paso.

Pero ahí se encuentran sobre todo, quienes han plasmado la mayor aportación española a la cultura europea de aquel periodo: la abrumadora calidad lírica de García Lorca, que deja sin editar Poeta en Nueva York, donde el surrealismo sirve, como pocas veces lo ha hecho, a la causa de los marginados devorados por el asfalto de las ciudades. Aparece un Rafael Alberti con la asombrosa severidad de Sobre los ángeles, canto de angustia que busca la esencia del hombre ajena aún a la propaganda partidista. Se alza Vicente Aleixandre, que con Ámbito da cuenta del valor insustituible de la conciencia humana ,como lugar en el que el mundo cobra su sentido.Es el tiempo solemne de vigilia donde se presiente la carga de esperanza e ilusión que trae la nueva década. Antes de que llegara la tragedia y la violencia exaltada, los escritores españoles dieron ese giro ético que parecía insobornable y que, en sus intenciones, brindaron a España un horizonte de empresa compartida, de cultura nacional y de literatura puesta al servicio del hombre.

Fernando García de Cortázar, Galardonado con el Premio Nacional de Historia 2008, es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, director de la Fundación Vocento.

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