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Alsasua y la voladura

El día 4 se celebró en Alsasua una concentración en defensa de la Guardia Civil, del respeto a los demás y de la igualdad entre los ciudadanos. Puede que se lo hayan contado de otro modo, pero yo estuve allí.

La concentración no pudo ser más pacífica y tranquila, incluso festiva, a pesar del acoso de los grupos de radicales alrededor de la plaza. Incluso cuando quisieron hacernos callar con las campanas. No lo consiguieron: si acaso, reforzaron el mensaje de Beatriz, hija de guardias civiles y víctima del terrorismo, al intentar tapar su voz. Acudir fue una demostración de confianza en las fuerzas de seguridad y en concreto en la Guardia Civil, y se vio justificada.

Pero hoy he venido a hablar de otra cosa. Porque esa inocente y pacífica reunión (esa reunión que debería haber sido perfectamente normal) ha generado tales reacciones que puede hablarse de una voladura en la política navarra y española.

Ha volado la credibilidad del PSOE y del PSN. Las declaraciones de Grande Marlaska y de Margarita Robles, dos de los pocos puntales más o menos creíbles que le quedaban al Gobierno, les han dejado en evidencia. Las de Ander Gil son incalificables. Las de María Chivite, asumiendo las tesis de los agresores de que expresar una opinión diferente es provocar, poniendo “convivencia” por encima de libertad y poniéndose de lado de los que insultaban y amenazaban el domingo (hablando incluso de “esa pelea de bar”), mejor olvidarlas. Ni Chamberlain cayó tan bajo.

Les parece más grave “quebrar la convivencia” con una reunión en Alsasua que tolerar, sin hacer nada, que los radicales quiebren a diario los derechos individuales de decenas de miles de navarros (y de vascos) que viven sometidos a su presión. Una presión aumentada por la tolerancia institucional a homenajes y actividades que fomentan el odio y restringen la libertad de expresión. Una presión alimentada por la colaboración de  otros partidos, que se dicen democráticos, con el brazo político de esos mismos radicales.

Nadie que se diga demócrata puede hoy defender un pacto con gente que se pone así porque se celebre un acto pacífico de quien piensa diferente. Nadie que se diga decente puede hoy gobernar con ellos.

El acto de Alsasua ha dinamitado la careta de responsabilidad y moderación de Geroa y PNV. Son los partidos que gobiernan con Bildu. Son los que organizan una Dirección de Paz, Convivencia y Derechos Humanos mientras dejan pasar, uno tras otro, cincuenta homenajes a etarras en Navarra, la mayoría ilegales, con el mensaje de impunidad y normalización de la ilegalidad que eso supone. Los que toleran que Bildu les pase la mano por la cara avalando la okupación de edificios del Gobierno Foral.

El acto de Alsasua ha dinamitado la mentira de Podemos Navarra. Un partido que confunde sus asambleas con la democracia, y el respeto a su versión de la corrección política con la libertad de opinión. Un partido que ha pactado sistemáticamente con Bildu. Que les ha permitido imponer su ideario identitario y radical en poblaciones en las que no tiene respaldo social. Que se ha vendido, en resumen, y al que le cuesta desviar la acusación de que no es más que un submarino de los abertzales.

El acto de Alsasua ha dinamitado al PP. Los más conscientes de la situación, como Juan Antonio Extremera (concejal en Echarri Aranaz) o la dirección navarra, estaban allí. Los dirigentes populares vascos se han dividido entre condenar el acto y apoyarlo. No saben dónde están, y va siendo hora de que se encuentren.

El acto de Alsasua ha roto el silencio resignado y los consensos. Ha reabierto el debate y puesto el miedo (ese miedo que no ha desaparecido, y que es incompatible con la libertad) bajo los focos, donde no queríamos verlo. Ha dinamitado el mapa constitucionalista en Navarra. Las piezas han cambiado de sitio, y siguen moviéndose. La mayor sorpresa ya no es el PSN, que ha quedado crudamente retratado, sino UPN, que intenta reinventarse como “centrista” frente a “el espectro conservador de la derecha navarra” reunido en Alsasua en torno a Ciudadanos. Afortunadamente, es fácil comparar programas y ver que el partido conservador en Navarra sigue siendo el mismo, en lo social, en lo económico y hasta en lo identitario.

UPN dijo que no iba porque “siempre ha estado”. Ha estado, y ha gobernado, y no ha conseguido ser el “dique contra el nacionalismo excluyente” que siempre han pretendido ser. Ahí están Alsasua y los radicales para señalarlo. Ahí está Barkos.

Pintar de “extremismo” la defensa de la igualdad de derechos, la defensa del derecho a la expresión de cualquier punto de vista democrático, la defensa práctica del derecho de todos a estar en todas partes sin que nadie pueda excluir a nadie… tiene las patas muy cortas.

Algo tiene que cambiar en Navarra, y el día 4 empezó a cambiar. Como dijo Rivera, hay que reconstruir el constitucionalismo para un siglo XXI en el que muchas de las señas de identidad tradicionales de izquierda y derecha, de terruño, son profundamente obsoletas.

El acto de Alsasua ha abierto una brecha en la presa. Cuando terminen de caer cascotes sabremos si ha sido suficiente para que los navarros dejen de “pedir permiso a los violentos, y empiecen a pedir paso”. Sin complejos.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista y militante de Ciudadanos Navarra.

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