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Inglaterra se aleja de Europa

  • Por José V. Ciordia, historiador

Tal día como hoy un 3 de noviembre de 1535, el parlamento británico aprobaba el Acta de Supremacía, por la que Enrique VIII, rey de Inglaterra, era proclamado cabeza de la iglesia inglesa, comenzando con ello el anglicanísmo.
Enrique VIII que había sido proclamado defensor de la Fe por el Papa Papa León X en 1521 por un escrito titulado “La Defensa de los Siete Sacramentos” contra Lutero, quería que se declarase nulo su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, argumentando que Catalina ya había estado casada antes con el malogrado Arturo, príncipe de Gales y hermano mayor de Enrique. Pero la negativa del entonces papa Clemente VII, desencadenó los acontecimientos.

Catalina había sido protagonista de la política matrimonial de los Reyes Católicos para aliarse con las potencias del momento frente a Francia. Catalina sellaría la alianza con los Tudor ingleses. El matrimonio con Arturo se produjo en 1501, pero duró unos pocos meses porque el príncipe falleció prematuramente. Catalina y Enrique se casaron en 1509.

Enrique solicitó la nulidad en 1527. El cardenal Wolsey fue el encargado de las negociaciones con Roma, pero, como ya se ha indicado, el papa, lógicamente, se negó.

Las influencias de la ya entonces amante del rey, Ana Bolena, firme partidaria de la Reforma y el poder de dos consejeros del rey, Thomas Cranmer -arzobispo de Canterbury- y Thomas Cronwell. Habían inclinado la balanza hacía la ruptura, inspirando el Acta de Supremacía.

En ella se declaraba que “el rey era la suprema y única cabeza en la tierra de la Iglesia en Inglaterra, y que la corona británica debería disfrutar de todos los honores, dignidades, preeminencias, jurisdicciones, privilegios, autoridades, inmunidades, beneficios y bienes propios de esa dignidad”

Se promulgó después de que el Papa lo excomulgara por divorciarse de Catalina de Aragón en 1533 (1485-1536). Desde entonces, el Sumo Pontífice de Roma ya no poseía ningún derecho sobre la Iglesia de Inglaterra. La nación solo estaba bajo el mando de la autoridad de su soberano. Ni Papa ni el Emperador tenían ya el poder de interferir en las leyes inglesas. Al monarca se le otorgaba el derecho de nombrar sus propios arzobispos y obispos y perseguir la herejía. Además, se consideraba un crimen rehusarse a reconocer a Enrique Jefe Supremo de la Iglesia u oponerse al acta de sucesión.

El rey alegaba que estaba defendiendo los derechos que antaño ostentaba el poder laico, que el Papado se había apoderado en el transcurso de los siglos.

El Acta estuvo en vigor con el heredero de Enrique, el rey Eduardo VI, pero María Tudor, casada con Felipe II, ferviente católica, derogó el Acta en 1554. Sería Isabel I quien la restituyese, pero promulgando una nueva disposición, el Acta de Supremacía de 1559.

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