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Déficit democrático y populismo

 Los que tengan la costumbre de seguirme ya saben que cito mucho a Yascha Mounk. Este señor estudia los populismos y sus raíces. Y tiene algunas conclusiones importantes. La primera es que hay que tomarlos en serio porque responden a problemas reales en la democracia actual.

Pero empecemos por el principio. Un “populismo” no es un movimiento de “extrema izquierda” o “extrema derecha”. Es un movimiento que quiere poner el sentimiento o voluntad popular por encima de la ley, y generalmente de la realidad. Es un movimiento que piensa que la democracia existente no obedece de verdad a lo que quiere “la gente” sino a distintas “castas” privilegiadas, una “clase política” parasitaria, y las “instituciones ilegítimas” que la supervisan, desde tribunales a tratados y la Unión Europea, o la Corona si te descuidas.

Lo malo es que la forma de resolver ese déficit democrático que proponen es atender, por encima de todo, a la “voluntad del pueblo”. Que en la práctica, acaba siendo “la voluntad del líder”, por un mecanismo u otro. Véase el cesarismo de Podemos. Además, y para desgracia de idealistas, la realidad es tozuda: no se puede comerciar sin tratados, no somos nadie sin la Unión Europea, y donde no hay independencia judicial no hay democracia, sino autoritarismo.

Las soluciones propuestas suelen ser igual de simples y claras, como una carta a los Reyes Magos, y atender a deseos reales y profundos de una parte de la población, o a injusticias palmarias. La pega es que esas soluciones son también tan irreales como la magia.

Subamos el salario mínimo interprofesional a 1000 euros, claro. Y todos los que hoy cobran menos se encontrarán en el paro, en la economía sumergida o como falsos autónomos. Si un trabajo no es rentable, no se paga.

Subamos el déficit, que eso al final no entiendo cómo se paga. El problema es que los mercados sí, y cuanta más deuda, más altos son los intereses que exige, y menos dinero queda en el presupuesto para esos gastos que queríamos financiar.

Acojamos a los emigrantes económicos. Salvo que una vez dentro tienen la costumbre de querer comer y alojarse, y si no les das un modo de hacerlo te acabas de crear un problema de orden público serio. Y si se lo das, acabas de crear una injusticia radical con los nacionales que han cotizado toda su vida y reciben menos.

O al revés. Expulsemos a los sin papeles. El problema es que eso tiene un coste: no hay quien esté dispuesto a recibirlos gratis. Exportar inmigrantes por avión, como se viene haciendo, es caro. Y antes tienes que detenerlos, recluirlos y separar los que reconocen tener una nacionalidad de los que no tienen papeles en absoluto y por tanto no pueden ser expulsados legalmente a ningún sitio.

Anulemos las autonomías. Total, las decenas de miles de funcionarios son fáciles de reabsorber en los ministerios o de poner en la calle, a pesar de tener su plaza legalmente protegida, y sus competencias también. Y no hablemos de las personas que aprecian ese nivel de cercanía en el gobierno.

O separémonos de España. Los problemas desaparecerán por ensalmo y la prosperidad nos inundará. Es una pena que la mitad de la población no esté de acuerdo y se iba a tomar seriamente mal que le secuestraran, o que las empresas tampoco quieran saber mucho de un minipaís excluído de la Unión Europea, o que no podamos ni financiarnos. Por no mencionar que seguiríamos con la misma casta política ladrona que lleva mangoneando cuarenta años.

Los problemas reales no tienen soluciones tan sencillas. Por eso son problemas. Pero donde los populismos tienen razón es en que demasiadas veces esas soluciones no se quieren encontrar, porque hay grupos de interés demasiado potentes en el camino. Enfrentarse a cualquiera de ellos no es rentable para un gobernante, y por eso tienden a no hacerlo.

Cuando un populismo prende, como ha hecho Trump en EEUU, brexit en GB, Tsipras en Grecia, el M5S en Italia, Le Pen en Francia y tantos otros por toda Europa, es porque hay un problema real. Es porque hay injusticias reales y evidentes, y el mecanismo democrático no está actuando para resolverlas. Los intereses especiales o el mal gobierno han conseguido crear una situación en la que una parte de la población está real y justificadamente molesta.

Los populismos no son el problema, sino el síntoma. Son como la fiebre y la inflamación. Nos dicen que hay algo en el sistema que necesita corregirse. No con soluciones mágicas, ni poniendo al líder por encima de la ley, como hacen los nacionalistas en Cataluña. Sino con buen gobierno, instituciones bien pensadas, normas y sistemas que impidan abusar de ellas, y respeto a la voluntad popular por encima de grupos de interés y de correcciones políticas (esas normas creadas por los grupos de interés con suficiente poder) pero no por encima de la ley, hasta que se cambia.

Como la fiebre, no curan. Y pueden agravar las cosas. Lo malo de los populismos es que sus recetas, por sencillas y por autoritarias, son normalmente contraproducentes.

Pero no culpemos a los populistas. Son la fiebre, no el virus. La culpa es de los que llevan décadas haciendo las cosas mal y abriendo heridas que han acabado infectándose.

Hay que atajar el problema que señalan, pero de modo realista y sensato. Con la ley y no sobre ella. Con reformas y no con revoluciones. Con soluciones de este mundo, no de fuera de él. Y ya va siendo hora.

Miguel Cornejo, (@miguelcornejoSE en Twitter) es economista y miembro de la junta directiva de Ciudadanos Navarra.

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