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Gobernar con Bildu

Decía el otro día @Petrolupo que “Hay que ser muy imbécil para aceptar como socio al diablo y quejarse porque te engaña”. O por cualquier otra cosa que te pase, añadiría yo.

El diablo no es como la gente normal. Se guía por unas reglas que no tienen que ver con las nuestras, acepta cosas que no aceptaríamos, carece de lealtad. Esa es su característica principal: que sólo sirve a sus propios intereses.

Los nacionalistas no son el diablo. Parafraseando a Sting, ellos también tienen hijos, así que es posible llegar a acuerdos sobre cosas prácticas. Todo lo que no sea identidad nacional es negociable, y para lo no negociable, que decidan la ley y las urnas.

Pero hay límites. Hay partidos en todas partes que tienen idearios, métodos o raíces que los hacen tóxicos. Hay partidos que derivan de los neofascistas, o incluso de los neonazis, en varios países europeos. Algunos se van normalizando y renegando de esas raíces o esas prácticas, otros son arrinconados por los partidos democráticos, y algunos pocos consiguen formar parte del juego. Normalmente gracias a la necesidad de otros, que pagan por el favor.

Hay partidos que derivan de ETA y su brazo político, Herri Batasuna. El principal es Sortu, que sigue vinculado a la defensa de los intereses de los presos de ETA y la exaltación de su historia, negándose a condenarla explícitamente. Sortu es quien organiza bienvenidas y homenajes a los excarcelados.

Sortu es también quien organiza los Ospa Egunas y otras actividades de acoso e intimidación a fuerzas del orden y a constituconalistas en Navarra y País Vasco. Su gente es la que consigue que en demasiadas poblaciones de Navarra sólo se presenten candidatos de Bildu a las elecciones municipales, aunque en las nacionales sean minoría, porque se encargan de que continúe el miedo. Un miedo a la violencia y el asesinato que, hoy, ya no está justificado. Pero la lección está demasiado bien aprendida.

Otros en la izquierda nacionalista han aceptado el abrazo de Sortu, al formar Bildu. El premio es que dominan esos pueblos y tienen una estructura y capacidad de movilización envidiables, además de construir su peculiar versión de una identidad vasca. El precio es que se convierten en la marioneta de Sortu. Cuando Sortu habla, el resto de “socios” baja las orejas.

Bildu empezó marginado pero ha escapado de la jaula. Primero fue en los ayuntamientos donde PNV o Geroa se prestaron a colaborar. Luego fue el gobierno de Navarra, donde Podemos e IE dieron el poder a Geroa y Bildu. Ahora el PNV gobierna en la práctica con ellos en el País Vasco, por encima de las protestas de su socio aparente, el PSE. Hace unos días, el PSN de María Chivite contemplaba gobernar Navarra con ellos si dejaban claro su rechazo a ETA.

En todos esos casos, el pacto con Bildu ha dado el poder a sus socios. Les ha dado presupuestos y capacidad normativa. Les ha dado el control. Pero con límites, y pagando el precio.

En el Parlamento de Navarra, la alianza del “kuatripartito” es un chiste. No hay un proyecto común, y apenas hay acciones comunes. En infraestructuras, el bloqueo de los que rechazaron hasta Itoiz sigue cerrando el paso a obras necesarias. En política fiscal no podría haber más despropósitos, consiguiendo que incluso tras corregirla sea la menos favorable de nuestro entorno. La ley de contratación pública se ha convertido en un ejercicio de buenismo que los propios letrados advertían de que podía resultar en concursos desiertos, y encima sirvió de gatera para meter exigencias de idioma que fragmentan el mercado y discriminan.

El gobierno de Barkos es un ejercicio de ineficacia. Beaumont tiene la Policía Foral llena de mandos interinos, no cierra la Ley de Policías ni ofreciendo aumentos de sueldos, y a pesar de los profesionales, la falta de voluntad de coordinación con otras fuerzas acaba por notarse. Educación se derrumba, con dimisiones o ceses de la mayoría de sus directivos y problemas graves de continuidad en Integración. La reforma del mapa local se quiere acometer sin resolver cómo se va a gestionar y dónde va a generar ahorros. La Sanidad pública es objeto de crítica por recortes de servicio en verano, y el famoso drama del comedor de Hospitales ha demostrado ser artificial. Todos los indicadores señalan una pérdida progresiva de la ventaja competitiva de la que depende la economía navarra. Con honrosas excepciones de acciones concretas, no hay una sola política que sea coherente y se esté ejecutando bien. Y no la hay principalmente porque Bildu hace sólo lo que quiere y cuando quiere, priorizando sus propios objetivos sobre cualquier visión común. Como en el caso del palacio de Rozalejo, donde ha conseguido que persista una okupación que les devuelve el favor con un homenaje a la vida de un asesino etarra, entre otras cosas.

Pero las hay peores. Cuando Geroa se repartió Navarra con Bildu (las supuestas izquierdas se conformaron con asientos calientes y promesas de “kambio” social), Barkos se quedó con el gobierno foral, pero Bildu se quedó con ayuntamientos emblemáticos como Pamplona. Y allí se ve demasiado bien que ni las “izquierdas” ni Geroa pintan nada cuando Bildu quiere hacer algo. Ya sea abusar de sus competencias con los colegios de educación 0-3, con ofertas de empleo público sectarias, con contratación de afines y amiguetes en Participación Ciudadana, con la tolerancia al comercio ilegal, o con lo que les parezca bien esa semana. Geroa está sólo para llenar los huecos, y los demás de adorno.

Quien pacta con el diablo sólo puede culparse a sí mismo cuando le engañan. Quien pacta con Bildu da poder a Sortu, y Sortu no transige. No gobierna para todos los navarros, ni siquiera para los nacionalistas, sino sólo para los suyos. No busca el bien común sino el avance de su causa, una causa que no incluye el respeto de las libertades de los demás. Busca, como ellos mismos admiten, destruir el régimen constitucional. Y no precisamente para aumentar las libertades.

Quien pacta con Bildu puede ganar algo, pero Navarra paga un precio. Los de Podemos ganaron asientos calentitos y votos para el Congreso. Los de Geroa ganaron avances en sus políticas identitarias. Si esperaban más, se equivocaron de socio. Y el precio de su aventura lo hemos pagado todos.

Navarra ya ha visto para qué vale votar a algunos. Ya ha visto a quién venden su apoyo. El año que viene tendremos la oportunidad de revisar la decisión.

Miguel Cornejo @miguelcornejoSE es economista y miembro de la junta directiva de Ciudadanos Navarra.

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