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El malestar de unos chicos, supuestamente integrados, que avivó el imán

Alicia Mesas forma parte del equipo que trabaja de forma directa en Ripoll (Gerona) con las familias y vecinos de los autores de los atentados de Cataluña. Un año después de la masacre, esta psicóloga lo tiene claro: detrás hubo malestar y un fuerte componente emocional que avivó el imán, Abdelbaki Es Satty.

Y eso a pesar de que supuestamente los jóvenes autores materiales del atentado, de origen marroquí, estaban “integrados” en la vida diaria de ese municipio, que aún se pregunta por qué estos chicos fueron capaces de matar y de morir, manifiesta Mesas en una entrevista con EFE.

Esta psicóloga del grupo profesional del Consorcio de Bienestar Social de la comarca del Ripollés que, por encargo de la Generalitat de Cataluña, trabaja en un proyecto para una localidad que se ha convertido en un laboratorio de pruebas para entender qué ocurrió, prevenir la radicalización y reconstruir la convivencia.

“Muchos duelos están bloqueados, el porqué sigue sobre la mesa. A las familias les cuesta gestionar su lloro por alguien que ha muerto pero que a la vez ha matado a otras personas. Es un doble duelo”, subraya.

Younes Abouyaaqoub, el conductor de la furgoneta que el 17 de agosto de 2017 arrasó a los viandantes en las Ramblas de Barcelona; su hermano Al Houssaine, que esa noche participó en otro atentado con atropello en Cambrils (Tarragona) junto a Moussa Oukabir, Said Aallaa y los hermanos Mohamed y Omar Hychami. Todos eran vecinos de Ripoll, todos fueron abatidos por las fuerzas de seguridad.

El punto de partida de este trabajo social se sitúa en los propios jóvenes. “¿Alguien se preocupó de cómo se sentían? ¿Por qué todo el mundo daba por hecho al verlos ‘integrados’ que estaban contentos?”, se pregunta la especialista, quien puntualiza: “Ya no creemos en la palabra integrar, integrar no es que ellos cambien para occidentalizarse”.

“No solo se trata de tener un trabajo o que no provengas de una familia desestructurada. A veces hay variables emocionales que si no se gestionan bien pueden llevarte a un terreno peligroso, sectario y manipulado”, indica la experta.

La influencia que sobre los autores de los atentados ejerció el imán de Ripoll Abdelbaki Es Satty, presunto cerebro de los atentados y muerto en la explosión de la casa de Alcanar (Tarragona), es una muestra de que existía un malestar que avivar.

Para las familias de estos jóvenes, fueron “víctimas” de la manipulación de ese líder religioso, comenta Alicia Mesas, quien asegura que el duelo de los allegados de los terroristas “está muy ubicado en la rabia”, porque “están muy enfadados con el sistema de seguridad que no protegió suficientemente a sus hijos”. Además, creen que el imán “podría haber sido detenido antes”.

“En realidad, los chicos no eran religiosos, pero el imán supo alimentar eso. Cualquier persona que sea algo diferente puede sentir malestar y es relativamente fácil que venga alguien y lo avive”, apostilla la psicóloga.

Por ello, la prevención es fundamental y uno de los ejes del trabajo del equipo de profesionales (psicólogos, trabajadores sociales, educadores) del Consorcio de Bienestar, que ya tienen una primera conclusión: la sociedad no ha hecho bien las cosas y se enfrenta al reto de ver cómo atender a la diversidad.

Creen los psicólogos que para prevenir situaciones de radicalización y para que la diversidad se sienta aceptada, la sociedad tiene que responder a tres principios, el primero de ellos el de pertenencia, para que todos se vean con los mismos derechos y deberes y practicar una determinada religión, como la musulmana, no suponga un estigma.

Un segundo principio es el del equilibrio entre lo que ofrecen a la sociedad y lo que ésta les da.

“Los jóvenes de origen marroquí que ya han nacido en España tienen como referencia nuestro estado de bienestar y no dejan de ver que el compañero de al lado tiene más derechos por el hecho de llamarse Pedro y no Mohamed, que tienen más facilidades para encontrar un trabajo, un piso…”, explica Mesas.

El tercer principio es el de la jerarquía, que otorga la autoridad a alguien en virtud de su edad o conocimientos. En el caso de los marroquíes, según resalta la psicóloga, hay niños que ejercen esa “autoridad” al desempeñar funciones que no les corresponden, como hacer de traductores de sus padres .

“Esos tres principios no se están cumpliendo y debemos promover acciones para conseguir un cambio”, dice la psicóloga, que trabaja con dinámicas participativas para propiciar la conexión entre unos y otros.

La conexión de los más de 500 marroquíes que forman parte de los más de 10.000 habitantes de Ripoll. Vecinos que una u otra manera sufrieron el impacto colateral de unos atentados que todavía alteran el día a día de este pueblo.

Y es que desde el 17 de agosto de 2017 las posiciones se extremaron en Ripoll. “Nadie se quedó en el medio, todos se vieron obligados a posicionarse. Hubo debate y discusión en las familias, en los bares, en las calles… sobre cómo acoger a la inmigración. Aunque se han calmado las aguas, a la mínima las posiciones siguen polarizadas”, explica la psicóloga.

De todos modos, “los ciudadanos han tenido un comportamiento ejemplar y la comunidad marroquí está agradecida porque no han tenido que irse de Ripoll”, concluye Alicia Mesas quien asegura que todavía queda mucho trabajo por hacer. EFE

Ana Soteras.

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