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Un nuevo rico llamado Sánchez

La imagen es muy tópica en la literatura decimonónica y de principios del siglo XX: el nuevo rico que, una vez convertido en millonario, quiere adquirir a toda costa la respetabilidad de la que carece. Y aunque se muestra arrogante con los que pertenecen a su antigua clase, y aunque hace ostentación hortera de su poderío económico, se muere por ser invitado a las recepciones de la alta sociedad. Y mataría porque alguien le explicara los secretos de la verdadera y sobria elegancia, que para él son inescrutables. Y gasta auténticas fortunas en descabellados patrocinios, para que sus propias fiestas cuenten con los más afamados artistas, confiando en atraer así a quienes solo le consideran un maleducado parvenu. Es un tipo especial de persona: alguien que, a pesar de sus logros, presenta una inseguridad innata, un complejo de inferioridad con respecto a los que no necesitan, por su nobleza de cuna, demostrar de dónde vienen.

Si se fijan Vds., nuestro presidente interino, Pedro Sánchez, tiene algo de nuevo rico. De repente se ha encontrado en La Moncloa y su primer reflejo ha sido la ostentación hortera: mis gafas de sol en el avión, mientras mi capataz me pone al día; mi viaje a un concierto en avión oficial. Ya no es ese diputado raso que tuvo que abrirse camino haciendo de tiralevitas; ni tampoco ese secretario general que tuvo que luchar por su puesto con un cuchillo entre los dientes. Ya no tiene nada que ver con sus otrora compañeros y rivales: ahora es el presidente. ¿Y cómo va a saber la gente que lo es, si no hace ostentación de ello?

Pero en el fondo de su alma late esa admiración acomplejada por quienes llevan toda su vida en la verdadera política, por quienes no necesitan demostrar nada, porque todo el mundo da por sentado que son estadistas. Y su complejo de inferioridad se manifiesta en la obsequiosidad hacia nuestros principales aliados europeos. Una obsequiosidad implícita en las decisiones, pero perfectamente explícita en los gestos y las palabras. Cuando le ves con Merkel o Macron, parece, sin quererlo, el mayordomo. Y su carita refleja el placer de que los nobles de cuna lo hayan dejado entrar a la fiesta. Por unos instantes, se ha sentido admitido en el club.

Y nuestros aliados europeos se ríen a sus espaldas de su carencia de modales y aprovechan para sangrarle. Ya que el nuevo rico está dispuesto a todo con tal de que le dejen ser uno de los suyos, ¿por qué no aprovecharse del panoli?

¿Que Italia se planta y cierra sus puertas a los traficantes de pateras? No importa, Sánchez se ofrece a encargarse del patrocinio. ¿Que Marruecos quiere más dinero? Ahí está Sánchez para pedir dinero a Europa en nombre de Marruecos. ¿Que Merkel tiene problemas con sus aliados bávaros y con el partido anti-inmigración que crece a su derecha? Sánchez se apresura a dejar que Alemania nos envíe los inmigrantes que le sobran, con tal de que le inviten al siguiente sarao.

El problema, claro está, es que el nuevo rico retratado por los escritores decimonónicos era, en efecto, un rico: había hecho dinero con buenas o malas artes, pero el dinero era suyo. Y lo gastaba a manos llenas para impresionar con su ostentación hortera, pero lo sacaba de su propio bolsillo.

Sánchez, por el contrario, paga los cheques y las juergas con el dinero de los demás. Juega a ser hortera con lo que los contribuyentes aportamos. Y somos los demás los que tenemos que asumir las consecuencias de todas y cada una de sus decisiones.

P.D.: En el momento de colgar este editorial, veo en la cuenta de Twitter de Christian Escribano este vídeo que ilustra a la perfección la actitud de Sánchez: al llegar a la puerta, deja pasar delante a Merkel y a su marido, pero él pasa por delante de su propia mujer.

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital

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