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Los cuernos de Hattin

  • Por José V. Ciordia, historiador

Tal día como hoy, un 4 de julio de 1.187, en el desfiladero de los Cuernos de Hattin, en la entonces llamada Galilea, se producía un encuentro armado de funestas consecuencias para los ejércitos cristianos de Jerusalén. El ejército de Saladino derrotaba sin paliativos al ejercito de templarios y hospitalarios que se encontraba en Tierra Santa. Su derrota significó el fin de la presencia cristiana en dichas tierras.

La batalla que acabó con el reino cruzado de Jerusalén se llama de los Cuernos de Hattin por los dos picos que sobresalen de la meseta de Galilea, cerca del pueblo de Hattin. Cuando el ejército cristiano avanzaba hacia el lago Tiberíades y ya sólo estaba a diez kilómetros de su objetivo, tuvo lugar el choque en las faldas de los Cuernos, en un lugar semejante y cercano –quizá el mismo, pues las localizaciones evangélicas no son precisas- a aquél donde se agolparan las multitudes para escuchar a Jesucristo.

En la primavera de ese mismo año, el gran maestre de los templarios, Gerardo de Ridefort. había protagonizado un ataque insensato contra las fuerzas de Saladino, el mejor caudillo que ha tenido el Islam, del que sólo escaparon vivos Gerardo y dos caballeros. Eso dio al sultán la excusa para romper la tregua que tenía con los cruzados.

A principios del verano de 1187 cruzó el río Jordán e invadió el Reino de Jerusalén. Enseguida tomó la ciudad de Tiberíades, donde estaba Eschiva, princesa de Galilea, uno de los señoríos que, según el sistema feudal, formaban el reino. Pero Eschiva pudo refugiarse en la ciudadela y resistir. Desde allí envió mensajeros pidiendo ayuda al rey Guido y a su esposo, Raimundo, conde de Tiro. Saladino permitió que los mensajeros atravesaran sus líneas, porque nada deseaba más que atraer a los cruzados a una batalla que esperaba decisiva, como así sería. El ejército cristiano se reunió en Seforia, un lugar del interior de Galilea, a unos 40 kilómetros de Tiberíades, donde según la tradición nació la Virgen María. Seforia estaba lleno de huertas, había agua y comida en abundancia para alimentar al contingente de unos 15.000 hombres, cuyo núcleo duro estaba formado por 1.200 caballeros, guerreros a caballo cubiertos de acero, que combatían con lanza, maza y espada, pesados pero decisivos por su pericia y valor. Venían caballeros del rey, de los grandes señores feudales y de las dos órdenes militares, el Temple y el Hospital.

La marcha duró toda la jornada del 3 de julio y fue espantosa. El calor era asfixiante, las fuentes estaban secas y sufrían el hostigamiento de la caballería ligera de Saladino en guerrilla, aunque eso fuera lo menos grave. Los caballos comenzaron a morir; los caballeros aguantaban más que los animales, aunque avanzar a pie con sus pesados equipos les agotaba. Además, sin caballo perdían su arma principal. Esperaban encontrar agua y comida en el pueblo de Hattin, pero lo que había allí era todo el ejército de Saladino, aguardándoles cómodamente. Pasaron la noche del 3 al 4 de julio muertos de sed, de hambre y de fatiga, oyendo las risas de los musulmanes que les provocaban desde su abundancia.

Además, Saladino ordenó quemar las hierbas secas alrededor del campamento cristiano, con lo que el calor, ya insoportable, se hizo infernal. Cuando al día siguiente se dio la batalla, la hueste cruzada era como un boxeador sonado frente a otro en plena forma. No había ninguna esperanza para ellos, pese a lo cual combatieron con su ferocidad habitual, vendiendo caras sus vidas. Aniquilado el mayor ejército cristiano que se había formado en mucho tiempo, prisioneros casi todos sus jefes, incluido el rey Guido, Jerusalén sería tomado enseguida y, tras el Reino, como fichas de dominó, Saladino se apoderó de los otros Estados cruzados, Trípoli, Antioquía y Edesa. Allí, en los Cuernos de Hattin, se acabó el sueño cruzado.

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