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Santiago matamoros, patrón de España y la ‘Batalla de Clavijo’

Este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y así lo invocan y llaman, como a defensor suyo, en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos [sarracenos] escuadrones”. [Cervantes, Don Quijote, II, LVIII]

En la fiesta del Patrón de España, el Apóstol Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, a quien hoy los españoles veneramos como Santiago Matamoros, quiero traer a la memoria el porqué de esta advocación.

Como tantas tradiciones del Camino, a caballo entre la historia y la leyenda, encontramos el milagro de la batalla de Clavijo, hito clave en el Camino y en el patronazgo de Santiago sobre España, y su castillo, vigilando los campos donde, según la tradición, el 22 de mayo del año 844, tuvo lugar la batalla en la que apareció el apóstol Santiago, sobre un caballo blanco, en apoyo de las huestes cristianas, a las que condujo a una gran victoria en el paraje hoy conocido como Campo de la Matanza.

Resulta difícil de precisar la fecha, pues el primer cronista que habla de la batalla, el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada la ubica el 23 de mayo del año 844, pero sus escritos -no olvidemos que Ximenez de Rada es, en gran medida el artífice de la cruzada que culminaría en la batalla de las Navas de Tolosa el16 de julio de 1212-  escribió unos 400 años después de los hechos que narra. Algunos historiadores al comentarla en sus escritos proponen otras fechas como el año 856, otros la ubican en la Batalla de Simancas para el año 939 D.C. y otros escritores se limitan a negar que la batalla de Clavijo existiera tal y como la plantea el eclesiástico Navarro.

El lugar de la batalla se ubica en la ciudad de Albelda con base de las tropas españolas en el Monte Laturce, y la localidad de Clavijo de la provincia de La Rioja; donde los estudios arqueológicos indican que hubo varios combates.

Otros datos históricos acerca de la fortaleza son que parece obra del siglo IX. Algunos historiadores lo hacen coetáneo del primitivo Monasterio de San Prudencio, el cual ya existía como tal en el año 960. Además, Lorenzo Merino Barragán, quien fuera cura de Clavijo, dice en su obra “Perfiles Jacobeos” (editada en 1954), que antes de esa época ya existía el primitivo Castillo en el lugar denominado “Castillo antiguo”, al que sustituyó el actual. Y en documentos del Solar de Valdeosera ya se menciona dicho castillo que fue tomado en la Batalla de Clavijo con la protección del Apóstol Santiago por don Sancho Fernández de Tejada con sus mesnadas: “arrancó –se narra- de su más alta almena la enseña de la media luna y colocó en su lugar la bandera de la Cruz de Pelayo”.

Sabemos, igualmente que en el año 988, el Conde Fernán González, hecho preso por sorpresa en Cirueña por el Rey de Navarra, don García Sánchez, fue llevado preso primeramente a Pamplona y después al Castillo de Clavijo, de donde más tarde se le trasladó al castillo de Tobía.

En el catálogo del Abad Mirón de Albelda -según relata Cesáreo Goicoechea en su obra “Castillos de La Rioja”– formado en tiempos del Obispo de Calahorra, D. Pedro, figura que el Rey Don Sancho el Mayor de Pamplona, donó en el 1033 el Castillo de Clavijo al Monasterio de San Martín de Albelda. En la escritura de donación del patronato de Santa Columba, hecha por el Rey Don García a su esposa Doña Estefanía en 1046, aparece como testigo un Eneco López, señor de Clavijo. Otro señor de dicha plaza es Fortunio López de Lilli (año 1048); y hay, también, constancia de otro gobernador o teniente del Castillo de Clavijo “senior fortunio iohannes dominator clavilio”, en una escritura del 1074 del Becerro de Valvanera.

La Batalla de Clavijo, según escritos del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, eclesiástico, militar, historiador y político, participan el rey de Asturias Ramiro I y el califa Omeya de Córdoba Abderramán II, esto se ubica en la provincia de La Rioja. El tercer participante y quizás el más importante por ser el que, por así decirlo, obtuvo mayores beneficios fue el apóstol Santiago.

Cuenta la tradición que el emir Abderramán I impuso el pago del tributo de 100 doncellas cada año, 50 hidalgas y otras 50 plebeyas, tributo que fue aceptado por el rey asturiano Mauregato. Esto tendría lugar en una fecha entre el año 783 y 788. Añade la tradición que en el año 842 el rey Alfonso II se negó a seguir pagando este humillante tributo a los moros. Su hijo Ramiro I fue quien hubo de hacer frente al cobro del tributo que ejerciera el califa Abderramán II.

En la primera jornada de la batalla, los cristianos salieron muy mal parados en el choque de fuerzas, quedando Ramiro I y sus tropas al borde de la derrota, al contar los sarracenos con fuerzas muy superiores. Ello obligó a un repliegue al abrigo y protección del monte y fortaleza que daría nombre a la batalla que habría de darse en siguiente jornada, a saber Clavijo. Continúa la tradición relatando que la noche antes de la batalla, recibió Ramiro I en sueños la visita del apóstol Santiago el Zebedeo, animándolo a guerrear con valentía al día siguiente y prometiéndole su apoyo en la batalla. Aquí es donde se convierte en leyenda, cuentan que durante la dura batalla y estando los españoles en evidente desventaja, aparece Santiago en una cabalgadura blanca y empuñando su espada, causando el giro de la batalla, dejando en aquellas tierras unos 70.000 muertos.

Historia, tradición o milagro, lo cierto es que en esta gesta de nuestra historia nacional tienen su origen la advocación que damos a nuestro Patrón como Santiago Matamoros; el grito bélico de “¡[Je]Sus y a ellos! ¡Santiago y cierra España!”; o  el Voto de Santiago, por el cual se recaudaba entre los fieles de Castilla y León un tributo que se entregaba anualmente a los Canónigos de Compostela.

Este voto se mantuvo ininterrumpido hasta su supresión en 1812 por las cortes de Cádiz. La leyenda afirma que la batalla fue planteada para acabar con el vergonzoso Tributo de las Cien Doncellas que los cristianos entregaban, cada año, al emir de Córdoba  desde los tiempos del rey Mauregato (783 – 789) hijo natural de Alfonso I y una esclava mora. Todavía hoy, en Sorzano, se puede asistir, el tercer domingo de mayo, a la procesión de las Cien Doncellas, en la que jóvenes vestidas de blanco y con ramos de acebo en sus manos, mantienen vivo el recuerdo de aquel tributo medieval. Y una procesión semejante se celebra cada 12 de mayo en santo Domingo de La Calzada.

Quizá de otra manera, más con los vientres que con los alfanjes, más por nuestro hedonismo que por sus efectivos, pero siempre por la ineficacia y cobardía de nuestros gobernantes, tanto España, como Europa, tanto la religión católica como el total de la civilización occidental, vuelven a estar amenazadas de forma más o menos violenta por los seguidores del Islam. Por eso, la fiesta de hoy es buen momento para volver nuestros ojos a este episodio y tomar buena nota, si no queremos que nuestra situación deje de parecerse a la de 1931, para parecerse a los ocho siglos de invasión musulmana.

Bienintencionadas e insignes figuras del galleguismo y de la Iglesia, gustan y han gustado de resaltar la imagen eminentemente viajera, peregrina y pacificadora que la figura del Apóstol, que confiere a los Caminos de Santiago su carácter europeísta y universal. Pero no hay que ver una antítesis entre esta realidad con la no menos real imagen del matamoros de la épica castellana. Así, frente a este buenismo de Castelao o de Ramón Cabanillas en el soneto titulado Noso señor Santiago:

O do bordón, das cunchas e da estrela,
Patrón da Terra Nosa aloumiñado
de saudosa paz, no esgrevio estrado
da enxebre catedral de Compostela.
Así te adoura nosa fé sinxela:
no teu trono de prata encadeirado,
a man a benzoar, asosegado,
esquecido das loitas de Castela.
E o teu cabalo branco como a neve,
a túa espada de rebrilos louros
e o relembro das tráxicas fazañas
que, arredado de nós por sempre, os leve
o povo que te alcuña Matamouros,
a sanguiñosa xente das Españas.

Bien puede contraponerse tanto las palabras del Manco de Lepanto que encabezan este artículo como otro poema de una escritora, tan gallega y española y no de menor categoría literaria como Rosalía de Castro y estos versos de “En las Orillas del Sar”:

Volví entonces el rostro, estremecida,
hacia donde atrevida se destaca
del Zebedeo la celeste imagen,
como el alma del mártir, blanca y bella
y vencedora en su caballo airoso
que, galopando, en triunfo rasga el aire.

Pedro Sáez Martínez de Ubago,  investigador, historiador y articulista

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