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Pamplona, 1978-2018

 Cada año, durante las fiestas de San Fermín, se recuerdan dos muertes. Una es la de Germán Rodríguez hace 40 años. Otra es la de Miguel Angel Blanco hace 21. Ambas tienen un hilo conductor que dice mucho de cómo han cambiado Pamplona, Navarra y España.

 

La muerte de Germán no tiene mucho que ver con la versión moderna que vende la izquierda. Este artículo de María Jiménez lo cuenta de modo casi inmejorable y con gran prudencia.

 

En Julio de 1978 España estaba iniciando la Transición a la democracia, y Pamplona estaba convulsa. En medio de disturbios organizados por los abertzales para exigir la liberación de los presos de ETA (la amnistía de 1977) no les pareció suficiente), disturbios que dejaron 50 detenidos, daños serios y un herido de bala, un guardia civil fue cosido a puñaladas por unos alborotadores en Pamplona. La “manada” de ocho personas, incluyendo tres menores, y varios relacionados con algunas de las Peñas, fue rápidamente detenida, pero los disturbios se multiplicaron.

 

Los Sanfermines se iniciaron con Pamplona intentando hacer vida normal mientras los abertzales ocupaban parte del Ayuntamiento (el chupinazo se tuvo que tirar desde el primer piso) y la violencia continuaba, ahora pidiendo la liberación de los asesinos.

 

Fue en ese contexto en el que se produjo la intervención de la Policía Armada en la Plaza de Toros, con balas de goma, botes de humo y hasta fuego real para sofocar una algarada en las gradas. Hubo cuatro heridos de bala. La desproporción de la acción policial sólo sirvió para azuzar el fuego, que se extendió a las calles. Y allí, una de las 130 balas reales oficialmente disparadas junto con las 7000 de goma y botes de humo, segó la vida de Germán, un militante trostkista que se estaba enfrentando a la Policía, y que entró en el imaginario de las fiestas como héroe antifranquista sin serlo.

 

Si la Pamplona de hace 40 años estaba dividida y sacudida por los amigos de los asesinos de ETA, la de hace 21 años era muy diferente. La democracia estaba consolidada. Las excusas de ETA ya no valían más que para los más radicales, pero esos radicales todavía condicionaban las fiestas con su intransigencia violenta, imponiendo su simbología y acabando con las tradiciones que no les gustaban. Y ETA, aunque muy debilitada, seguía matando.

 

Como dos décadas antes, el drama de Miguel Angel Blanco empezó porque ETA reivindicaba la liberación de los asesinos presos. Secuestraron al concejal para exigirla, y le pusieron un plazo límite. España no cedió, y le acabaron matando.

 

Esa muerte fue un revulsivo para la sociedad, en Pamplona y en todas partes. La violencia ya no era aceptable para la inmensa mayoría de la población. La causa etarra no tenía apoyo, ni siquiera el de la izquierda radical. Salimos a la calle, frente a la sede de Batasuna y en todas partes, a gritar aquello de “ETA, dispara, aquí tienes mi nuca”. Y los batasunos corrieron a esconderse, con miedo, de la gente.

 

Han pasado otras dos décadas. Pamplona en fiestas sigue empapelada con símbolos abertzales (pero menos) y varios actos de la fiesta siguen proscritos. Curiosamente, la ciudad vuelve a estar marcada por la petición abertzale de libertad para una “manada” de violentos, esta vez unos “chavales” que encontraron apropiado dar una paliza a dos guardias civiles y sus parejas para expresar su rechazo a su presencia en Alsasua. Pero el cambio del contexto es, otra vez, enorme.

 

El rechazo social a ETA y sus batasunos sigue ahí, pero los asesinatos son cosa del pasado. Las autoridades autonómicas y estatales buscan modos de acomodar a los ex terroristas. Sus brazos políticos rechazan el asesinato como herramienta política y participan en las instituciones de la mano de partidos como el PNV (Geroa), Podemos o IE. Ignoran la ley a pequeña escala y ponen en marcha políticas más que discutibles parar ir creando su pequeño Estado, pero todo ello (mayormente) dentro del marco de juego democrático.

 

Los que años atrás condenaban a ETA con tibieza, hoy intentan blanquear su memoria para utilizar a los descendientes de Batasuna. Pretenden normalizar una visión de la Historia que habla de un “conflicto” vasco en lugar de una banda de asesinos y sus palmeros acosando a la población y a las instituciones democráticas. Pretenden hacer pasar a Otegui por un “hombre de paz”. Y siguen mirando hacia otro lado cuando se usurpan los espacios públicos o se usa la violencia para coartar las opiniones ajenas, como durante el chupinazo de este año.

 

En los pueblos del Norte de Navarra, los descendientes de Miguel Angel Blanco han sido expulsados. En demasiados ayuntamientos, a las elecciones locales ya no se presentan más que opciones abertzales, PNV y Bildu, y ocasionalmente una versión del Partido Socialista de Navarra capaz de amparar las agresiones de Alsasua. Y si bien ya no te queman la casa para echarte del pueblo, sigue habiendo acoso suficiente para expulsar a las familias de las novias de los guardias civiles agredidos.

 

Hoy España está en crisis, pero es la crisis de una democracia madura que necesita reajustarse para dejar de depender de intereses especiales, como los de los nacionalismos, la partitocracia, o el capitalismo de amiguetes. Navarra no va bien del todo, pero ha sido decisión de los navarros, que pronto tendrán oportunidad de elegir de nuevo. Pamplona ha sido un campo de experimentación de la izquierda abertzale (y sobre todo de los abertzales) pero siempre sujetos a la ley, o a la autoridad de los jueces cuando se la saltan.

 

Hoy no nos matan, y corremos el riesgo de olvidar. Olvidar lo que hicieron algunos y lo que representa su ideología. Olvidar que la imposición, la intimidación, la usurpación de lo público y el abuso de autoridad, sin sangre, son también capaces de acabar con la libertad, porque silencian al que piensa diferente.

 

Pero mirar para otro lado no es una opción. Y menos hoy, aniversario de la muerte de Miguel Angel Blanco. Toca recordar por qué murió, y continuar la tarea de hacer una Navarra en la que todos tengan sitio, sin coacciones y sin intolerancias. En Pamplona, en Ermua y también en Alsasua. Hay que mirar a los ojos a los radicales y negarse a seguirles el juego.

Miguel Cornejo,  (@miguelcornejoSE) es economista

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