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Arte, ediles y fariseos

Vaya por delante que uno tiene en alta estima la representación tardomedieval de San Jorge que cabalga en Estella. Siempre que doy un garbeo a ese cinturón de ronda, me detengo a contemplarla. Me parece fantástica, desde el yelmo hasta el dragón. La montura, salvo los arreos, no tanto; se me hace más jamelgo que corcel.

Estos días, con tan estupenda intención como poco tino, una escuela la ha intentado mejorar de forma altruista a impulso del párroco; no obstante, el trabajo ha devenido en «peoras». Un error. Parece que en parte se podrá recuperar, no ya la policromía por la que se ha puesto el grito en el cielo, sino lo que quede de la gótica, tapada por la que lucía ahora, y que para nada era la original. ¡Ojalá! Se hace cargo del gasto la parroquia de San Miguel.

Dicho lo cual, servidor contrario a los linchamientos y, desde luego, antepone las personas a los objetos, más cuando el desperfecto ha ocurrido por bonhomía. Entiendo las quejas de los profesionales, aunque también otros menos indicados han abierto la caja de los truenos. Y a estos últimos me refiero.

Llama la atención que, entre los indignados por la ocultación de la capa del siglo XVIII, se encuentre algún político local que nunca censuró las agresiones contra la fachada del antiguo ayuntamiento, del XVII. Tampoco otras pintadas que así mismo emborronaron sillares desde románicos a barrocos, protegidos legalmente por su interés, incluida la catedral de Pamplona. Ni mucho menos el ataque con cocteles molotov contra el archivo de Navarra aquel San Fermín del 78. ¡Lo qué se hubiera podido perder allí! Claro que todas esas fueron tropelías fueron reivindicadas por la izquierda abertzale.

Es el mismo espectro ideológico que jamás ha criticado los cientos de templos quemados desde la proclamación de la II República. Con el fin de la guerra se apagaron las antorchas, pero en ella se consumió buena parte de nuestro acervo monumental. Esas piras de furia incineraron no solo tallas, edificios enteros; a veces con los feligreses dentro. «Arderéis como en el 36», gritan hoy algunos hacia las iglesias hasta ponerse morados. Y sin lira.

Citaré solo un ejemplo de imaginería calcinada: el Cristo de Mena que vemos en Semana Santa es una reproducción realizada a partir de fotografías.

Por otra parte, al poco de terminar el conflicto, el gobierno español aprobó una nueva Ley de Protección del Patrimonio, a fin de parar una lacra que, desde el decreto dictado por el ministro Mendizábal en 1836, estaba arrasando, por venta o incuria, numerosos monasterios, ermitas o santuarios.

Esas causas, la persecución religiosa de los años 30 y la Desamortización, junto a la francesada, las tres con la misma raíz, han sido la catástrofe del arte hispano durante los siglos XIX y XX. Y en estos casos, sin ninguna posibilidad de recuperación. Carbonizados o vendidos, desde lienzos hasta retablos, a centenares, se perdieron para siempre; no quedó ni rastro. Un vandalismo contra el arte religioso sin parangón desde la invasión musulmana.

En los acontecimientos anteriores no concurrió ninguna filantropía, como en cambio sí ha existido en el que nos atañe; en aquellos tiempos se trataba de puro afán destructor o de lucro. Al margen de que hablamos de magnitudes de imposible equiparación, claro está.

Por narrar caso más cercano, hace nada la piqueta talibán acabó con unas esculturas, montañés y ribero del gran Fructuoso Orduna, que ornaban el palacio del gobierno. Fueron sustituidas por un hueco, palmeado como «mágico» por la propaganda oficial. Y se quebrantaron, como digo, ante el aplauso de alguno que ahora vocifera. Ese cambio, talento por vacio, se me asemeja todo un símbolo.

Luego se instaló una vidriera de colorines, rompiendo la armonía de una fachada sobrepuesta a los mordiscos por las bombas. No en vano se ha devaluado el antaño prestigioso premio Príncipe de Viana a cosa de cuatro amigos; facilita el fallo. El precio es que el galardón ya no se comente más allá de los mojones forales.

En fin, mala época esta para la cultura.

Evitar la condena de lo anterior y, sin embargo, rasgarse las vestiduras por un desafortunado intento de restauración, a mí me parece de fariseos. Conviene así mismo recordar que el tiempo siempre rebaja mucho los tonos, y ya no estamos acostumbrados a los vivos originales. Tampoco a un albo Obradoiro, evocando el verdín de la costumbre, a la par que nos damos a un recuerdo gris pálido de la seo burgalesa frente al blanco actual.

Por todo ello, no saquemos las cosas de madre, que la sabiduría popular diferencia entre un fallo y una tragedia. Y si encima sirve para recuperar pintura del 1500 que se encuentre bajo la que tenía, mejor que mejor.

De paso, el reportaje en algún medio, mal que por bien no venga, ha recordado la hermosura de Estella al resto de España.

Jesús Javier Corpas Mauleón, escritor y empresario

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