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No emprende quien quiere

Estamos en una época en la que hablar de “emprendimiento” se ha hecho tan tópico que por fin suena a burbuja. Y con buenas razones. Se viene abusando tanto de la palabra desde hace años que ya no está claro lo que significa.

El “emprendimiento” se puso de moda a la vuelta del primer boom de internet. Todo el mundo y su gato soñaba con formar parte de una industria que crecía tan rápido, y sobre todo que permitía empezar a cobrar mucho antes de que llegara la rentabilidad. El hundimiento de la burbuja devolvió ese mito a la basura, pero sólo durante un tiempo. Hoy se ha hinchado tanto que hay quien llama “emprender” a darse de alta como profesional autónomo para poder empezar a trabajar sin contrato fijo para una empresa.

En sentido estricto un “emprendedor” no es más ni menos que un empresario de primera generación: alguien que aspira a poner en pie una organización económica permanente, y a ser su dueño. Alguien que, con un poco de suerte, creará empleo razonablemente estable, pagará impuestos sobre el beneficio, y en general contribuirá a mantener los servicios públicos de los que disfruta toda la población.

Hay tres tipos de estos “emprendedores”. Los que tienen dinero ahorrado, los que tienen dinero en la familia o alrededores, y los que tienen una idea tan modesta que el banco les financia con una simple garantía personal (porque hablar de capital privado profesional es hablar de meigas). Emprender no es barato; poner en marcha una fábrica puede costar millones, pero simplemente poner en marcha una sociedad limitada ya cuesta unos cuantos miles. Y puede (fácilmente) ser dinero perdido. Facilitar el paso a los aspirantes a empresario reduciendo los costes o haciendo accesible la financiación inicial amplía la cantera de “emprendedores” potenciales, y con ella las posibilidades de que la sociedad se beneficie de sus intentos. Además de cosas que pueden parecer secundarias como democratizar la oportunidad de emprender.

Por eso hay entidades, como el valle de Egués, que dan facilidades no sólo para la puesta en marcha y primer establecimiento sino también a la adquisición o alquiler de locales, o a la contratación de residentes. Son acciones concretas con resultados concretos: el Valle gasta cuando alguien contrata o se establece.

Ese es un tipo de política del que Navarra sabía mucho en los 70s. Pero sigue siendo útil para convertir en viables los sueños de los navarros, sean de la familia que sean.

Hay otras entidades que prefieren poner el énfasis en la motivación. Educar desde niños en la posibilidad de “emprender” como salida profesional. Motivar a los jóvenes, sin formación siquiera, a “emprender”. A asumir riesgos. A plantearse una vida sin sueldo fijo ni trabajo garantizado. En resumen, a convertirse en autónomos, porque un empresario es otra cosa y muy pocos de esos chicos tienen la capacidad de hacerlo, independientemente de las ganas que le pongan. Hay que conocer bien el mercado para identificar una oportunidad, y hay que haber desarrollado capacidades para explotarla. El mito de que cualquiera puede ser Zuckerberg en Pamplona y hacerse millonario sin terminar la carrera no era cierto ni durante el boom.

Hay dos tipos de persona que se convierten en autónomos. El profesional independiente que sabe que vale más de lo que le pagan, y se cree capaz de vender sus capacidades a decenas de clientes mejor de lo que lo haría cualquier empresa, y el que no tiene más remedio porque nadie le da empleo fijo.

No está de más que asumamos que el segundo modelo es cada vez más frecuente en nuestro modelo productivo, por desgracia. Pero sí que parece cuestionable que lo llamemos “emprender”. Entre otras cosas porque demasiados de esos autónomos acaban siendo “autónomos dependientes” (de un sólo cliente cada vez) o directamente falsos autónomos.

Un tercer tipo de entidades fomentan actividades de formación y asesoramiento sobre las oportunidades y las capacidades de los aspirantes a emprendedores. Algo que puede ser muy útil, siempre y cuando los aspirantes vengan financiados, o tengan un modo de encontrar esa financiación una vez formados. Es decir, no basta.

Emprender es una actividad de riesgo. Riesgo personal y profesional, porque quien se lanza no sólo compromete su prestigio personal, dedica tiempo y deja su carrera, sino que asume una temporada, a veces larga, sin ingresos con los que mantener a su familia. Asume, habitualmente, una deuda que en España no se queda con la “sociedad limitada” sino que afecta a todo su patrimonio. A diferencia de EEUU, aquí, si una empresa sale mal, es difícil que queden medios para levantar una segunda. Asume una responsabilidad enorme con clientes y sobre todo con trabajadores, pero también con Hacienda (que es menos flexible). Asume un conjunto de complejidades que se tarda en dominar. Todo ello sin garantías de que vaya a salir bien.

Banalizarlo diciendo que falta “mentalidad emprendedora” cuando lo que hay es sana aversión al riesgo o falta de acceso a la financiación, es poco útil. Desvía la atención de las medidas necesarias.

Y confundir “emprendimiento” con empleo autónomo tampoco es útil. Ser autoempleado es una cosa. Ser empresario es otra, aunque a veces empiecen por el mismo paso. Los problemas son diferentes, y los de los autónomos en esta Comunidad no son menos graves. Tanto que hablaremos de ello en otra ocasión.

Miguel Cornejo (@miguelcornejoSE) es economista y responsable de Asociaciones y Entidades en Ciudadanos Navarra.

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