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Cristo rompe el silencio de Kamakura

Japón configura su identidad nacional a golpe de tradición, con una dimensión espiritual que le vincula a los dioses de la naturaleza, nacidos de la narrativa de las dos grandes religiones del país, el sintoísmo y el budismo. Allí llegó el jesuita Francisco Javier que ya no era el conquistador en sotana que sólo piensa en bautizar infieles -“hay tardes en que me duele el brazo”- sino el humanista a lo divino, imbuido de aquella universalidad añorada por el hombre inquieto del siglo XVI, deseoso de transcender fronteras.

Es, en busca de otro rostro, en busca de un ser dialogante, con preguntas y respuestas y sin que ninguna autoridad dotada de fuerza se mezcle en su apostolado, la manera en que el recolector de almas indias afronta los mares del Extremo Oriente. Al término del viaje, claro está, se halla siempre la evangelización pero sobre la base del conocimiento y el intercambio cultural: “Los japoneses escriben muy diferente de los demás pueblos, pues comienzan en la parte superior de la página y bajan derecho hacia abajo. Preguntando yo por qué no escribían como nosotros, me respondieron: ¿por qué más bien vosotros no escribís al modo nuestro? Porque así como el hombre tiene la cabeza en lo alto y los pies en lo bajo, así, también, debería escribir derecho de arriba abajo”.

Sin embargo el sueño evangelizador de Javier se convierte en cruel pesadilla pocos años más tarde de su muerte y los cristianos japoneses pueblan el martirologio de la Iglesia en una conmovedora epopeya de fe y sangre, agrandada después de la prohibición oficial del culto católico en 1614. Los héroes sin gloria que resistieron tuvieron que ocultar su fe, perseguidos por la rabia de los señores feudales que exigían la apostasía para evitar la tortura. Scorsese homenajeó a aquellos cristianos en la desgarradora Silencio, litúrgico monumento visual para tantos espectadores conscientes de las grietas que en la fe genera el sufrimiento. “Vivir es contemplar el mundo derramado… Vivir es una herida por donde Dios se escapa.” dejó escrito el poeta Hidalgo, preguntándose en su corta vida por esa eternidad presentida en la que Dios se apiada constantemente de nosotros.

Hoy, en el Japón del tren bala y el manga, nadie se ve obligado como en la película de Scorsese a pisar el fumie de la apostasía, pero eso no significa que abrazar el catolicismo, allí, haya dejado de ser algo absolutamente excepcional. Tetsuro Watanabe estudió historia y cultura españolas en la prestigiosa Universidad Sofía de Tokio al abrigo del magisterio del gran historiador que fue el jesuita Juan López Sopeña quien para la realización del doctorado de su discípulo lo envió a la Universidad de Deusto. ¡Fíjense a qué niveles de especialización pueden llegar los alumnos japoneses pues la tesis doctoral de Tetsuro versó sobre el PNV durante la Segunda República!

No son pocos los historiadores con los que he colaborado en su doctorado pero menos mal que en España la dirección de sus tesis no comporta como en Japón otras obligaciones, cual la de intervenir en las decisiones fundamentales de la vida del discípulo. Por ello respiré tranquilo cuando mi alumno Tetsuro a sus cuarenta años, contrajo matrimonio con Emiko, hija de un conocido director de cine, pues en cierta medida su entorno familiar pensaba que el conductor de su tesis debía responsabilizarse de su cambio de estado.

Pasado el tiempo Tetsuro Watanabe, convertido en catedrático de la Universidad de Yokoama y en hispanista eminente no ha dejado de aprovechar sus años sabáticos para instalarse en Bilbao y seguir ahondando en el conocimiento de la Historia de España e Iberoamérica. Allí Cristo rompió el silencio cuando acogidos en Durango por Roberto Cid Outumuro y sus padres, cristianos anónimos que diría Rahner, para que pasaran unas largas Navidades al calor de una familia española, los Watanabe disfrutaron de la atención solícita, la ternura y el desprendimiento de sus anfitriones. Y sin haber leído a san Agustín, la inspirada Emiko comprendió que donde hay amor, largueza y hospitalidad allí estaba Dios…Y a su vuelta a Japón pidió el bautismo. Cuando en marzo de 2011, la tierra enfurecida reventaba por la costa Este de Japón y se producía la apocalipsis de Fukushima, la nueva cristiana confirmaba su fe entre cantos en la iglesia de Kamakura, orando para librar del sino radioactivo a su país.

En la misma iglesia, el Sábado Santo, anticipándose al júbilo de la Resurrección, Cristo romperá de nuevo el silencio y Tetsuro Watanabe, este brillante intelectual japonés de alma medio española, recibirá el agua bautismal, la misma que a tantos compatriotas suyos los llevó a la noche oscura del sufrimiento y la contradicción. Y él, conocedor como pocos de la historia de España, no ha dudado en elegir el nombre de Santiago con el que caminar esperanzado por la vía del Sermón de la Montaña. “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!”.

Fernando García de Cortázar, Galardonado con el Premio Nacional de Historia 2008, es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, director de la fundación Vocento.

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