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El descontento, la calle, los salvapatrias y el buenismo judicial que acaba aceptando todo

No han sido pocas las veces que me he hecho eco en mis reflexiones del descontento que existe en la sociedad, de un lado y de otro, y de sus efectos en el devenir político y social de nuestro país.

Sobre el desencanto de los que esperábamos que con una mayoría absoluta el Partido Popular abordaría los muchos problemas heredados de una política errática y torticera, he escrito mucho. Mariano Rajoy recibió el resultado de una política inconsistente desde el punto de vista económico y de relaciones exteriores que llevó España a la ruina y al ostracismo internacional, y sectaria en lo político y social, que abrió una brecha casi cerrada ya, tras el esfuerzo de la Transición, entre las dos Españas de Machado, que han vuelto a reaparecer con riesgo de repetir los peores momentos de nuestra Historia contemporánea.

Sobre el descontento del otro lado también he dejado claro -no pocas veces- que creo que se debe más bien al que tienen con ellos mismos porque -como es habitual cuando gobiernan los suyos- nunca fueron capaces de argumentar nada de peso, pero no soportan que el centro derecha continúe gobernando porque, al menos la gestión económica, siempre la hace mucho mejor que ellos, dificultando su retorno. No lo soportaron en 2004, cuando las encuestas aseguraban una tercera etapa seguida de gobierno del PP que, sin duda hubiera gestionado bien Mariano Rajoy, con sólo seguir la inercia de lo que José Mª Aznar dejaba bien armado -creo que hubiera sido un buen gestor, pero no está tan claro que sea un buen líder- ni lo están ahora cuando las dos elecciones casi seguidas -2015 y 2016- tampoco le dieron el resultado apetecido pese a la multiplicidad de colores que se coló en el hemiciclo parlamentario y siguen sin estar seguros de volver a tocar poder -su única ambición, que no la de “defender” al pueblo que dicen representar-, por lo que empieza a mover la calle tratando de aprovechar -si no impulsar con oportunismo y fines electoralistas- las inquietudes de una parte de pensionistas y las consignas de las mujeres feministas, más escoradas a ese lado que otra cosa-. Lo estamos viendo desde el 22 de Febrero pasado, de manera reiterativa y lo seguiremos padeciendo en lo que queda de legislatura hasta las próximas elecciones.

Y, cómo no, toman aire los “salvapatrias” que, al rebufo del descontento de unos y otros con los políticos actuales, independientemente de su color, tratan de echar las redes -mejor sería decir los anzuelos, porque las perspectivas, si acaso, serían más de unidades sueltas fanatizadas o personas de bien desinformadas en muchos casos (conozco algunas) que de “bancos” masivos de votantes-. En esta línea, supimos que el pasado sábado se celebró la segunda edición de la “abrumadora mayoría” que el totalitario líder de VOX obtuvo -esta vez en solitario y sin paripé de opositor engañado como hizo en Septiembre de 2014 (con permiso de mi amigo Ludovico por la autorizada referencia, que sin duda corroboraría)- en un nuevo “desbordamiento abrumador” del aforo del Teatro La Latina, que no reunió a los más de trescientos o cuatrocientos de siempre -la fotografía no engaña, pese a la “cuidadosa” perspectiva evitando la oscuridad de los espacios no habilitados y vacíos- aunque seguramente, como en aquella primera “asamblea” -que se impugnó por algún militante, por cierto- el voto electrónico obraría el milagro de duplicar largamente la realidad -entonces, con 400 asistentes, consiguió 1.010 votos a favor y 99 en contra, es decir, un exiguo 27’5% de la afiliación del momento -. En definitiva, una constatación más del fracaso de esta alternativa que, después de “cuatro años, cuatro” -que dirían los carteles taurinos- siguen con el mismo número de afiliados que en 2014 -que no los mismos, porque nos fuimos centenares aquel Septiembre negro- o menos. Veremos los 245.000 votos de aquellas europeas -46.000 en Junio de 2016- en qué quedan en las próximas de 2019 con la circunscripción única.

Y mientras el cotarro sigue revuelto y más que se pondrá, se consumó desgraciadamente la tragedia que se intuía tras la misteriosa desaparición del pequeño Gabriel en la zona almeriense de Níjar, en cuyo detalle no voy a entrar porque ya corren ríos de tinta y programas y tertulias casi monográficos, pero sí quiero destacar algunas reacciones que se están produciendo ante la noticia en relación con la presunta asesina, cuyo historial daría para más de una serie de televisión. Estamos viendo, por ejemplo, algunos sectores que, en lugar de condenar la barbaridad del asesinato, destacan la inquina hacia la presunta asesina, con “perlas” como las que escupe en Twitter un presunto podemita -por su rastro- y desde luego energúmeno, por ser suave: “Hay una mujer que está siendo acusada por ser de color. Basta ya de criminalizar siempre al más débil” o que “Debemos proteger la imagen de la mujer acusada, las hordas fascistas están condenándola por ser de color y mujer. A saber lo que habrá sufrido esa mujer para actuar así”. Y ahora, con la ayuda de algún letrado, seguramente, y los altavoces de muchos medios de comunicación nos quieren vender que la “pobre” no tuvo más remedio que agredir con un hacha al pequeño de ocho años, “en defensa propia” ante la agresión del menor, asfixiándolo después por si se recuperaba y la volvía a “agredir”, supongo.

Por otra parte, estamos asistiendo a la votación de la propuesta del PNV para la derogación de la Prisión Permanente Revisable -en “hoteles” de cinco estrellas-, que apoyan también PSOE, Podemos y ERC, entre otros, con la duda del “sí o no o tal vez” del partido naranja, que según sople el viento o se levanten ese día, dirá una cosa u otra, como ya nos tiene acostumbrados en tantas ocasiones y lo vuelve a demostrar acusando de electoralista la reducción impositiva de Madrid -que ellos mismos exigían- mientras callan la desastrosa gestión en Andalucía de sus socios naturales, por no abundar mucho en una relación innumerable de contradicciones.

Y por si se nos había olvidado el último desvarío del Tribunal Europeo de Estrasburgo -de Derechos Humanos dicen-  que condenó hace pocas semanas al Gobierno de España a devolver las multas impuestas a los etarras del atentado de la T4 de Barajas -entre otros dejando a la altura del betún a la Justicia española-, se explaya ahora sentenciando que “quemar fotos del Rey no es un delito de odio sino una manifestación más del derecho a la libertad de expresión” de cualquier ciudadano y condena a España a devolver las multas de 2.700 € a cada uno, impuestas para eludir el ingreso en prisión, con un “complemento” de 9.000e más en concepto de “gastos y honorarios”. ¿Será también libertad de expresión quemar alguna toga de estos magistrados -sin su señoría dentro, claro está- como protesta ante estos atentados al sentido común?

Al hilo de este buenismo garantista e intervencionista que crece desde hace décadas, acabo de leer un ensayo de José Amengual, publicado en el libro del que es coautor “Salvemos Venezuela”, en el que incluye un vídeo de introducción diciendo algo que bien podríamos aplicar preventivamente a nuestra España de hoy -porque todavía no estamos en ese extremo, creo-, que se decía en la Revolución francesa: “Cuando la moderación apesta, la revolución triunfa” y si la corrupción y el intervencionismo y “adaptabilidad” de las leyes a las costumbres -en lugar de al contrario- siguen con la vía libre que estamos viendo en los últimos años, el Populismo ya presente en nuestra sociedad acabará haciéndose más fuerte y gobernando, si no ponemos remedio de una vez por todas. De lo contrario, tal vez asistamos a esa revolución que “nunca tuvimos realmente en España”, que dice mi querido amigo José Miguel Ortí Bordás en su último libro “Revoluciones Imaginarias –Los cambios políticos en la España contemporánea”, que acaba de publicar y cuya lectura recomiendo.

Sobre el asunto de las pensiones, debatido ayer en el Congreso, escribiré otro día.

Antonio de la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión

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