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Evocación de Benedicto XIII, el Papa Luna

Evocación de Benedicto XIII, el Papa Luna

Tal día como hoy, el 27 de septiembre de 1394, durante el periodo conocido como Cisma de Occidente, fue elegido papa el español Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, nacido en 1328 en Illueca (Zaragoza) en el seno de una de las principales familias de la nobleza del reino de Aragón, que ocuparía la Cátedra de San Pedro con el nombre de Benedicto XIII, aunque ha sido más conocido por su nombre familiar como el Papa Luna. Este compatriota fue uno de los clérigos más eruditos de su tiempo y, también, ha pasado a la Historia como uno de sus protagonistas más controvertidos.

Como muchos miembros de la nobleza de la época, Pedro de Luna inició una la carrera militar. Sin embargo, su personalidad se acabaría decantando por la vocación eclesiástica. Abandonadas las armas, fue tonsurado en 1337, en 1348 se doctoró en leyes en la Universidad de Montpellier y, en 1370, tras un periodo en que las guerras y asuntos de familia le hicieron volver a Aragón, se doctoró en Decretos (derecho canónico) en dicha universidad. En 1375 fue nombrado Cardenal diácono titular de Santa María in Cosmedium, en reconocimiento a su dedicación a la Iglesia y a una carrera en que brillaría como uno de los principales canonistas y diplomáticos de su tiempo.

Es imposible hablar de Benedicto XIII sin glosar, aunque sea someramente, lo que fue, implicó y significó el Cisma de Occidente. En éste, al contrario que en el anterior Cisma de Oriente, consumado en 1054, o los posteriores cismas a que a partir del siglo XVI daría lugar las reformas protestantes, no se puede hablar de un grave conflicto de doctrinas ni una contradicción con los dogmas del catolicismo. Más motivo de las circunstancias políticas que de razones de Fe, si bien dentro de un sustrato en que ya empiezan a gestarse algunas posturas heterodoxas influidas por el pensamiento de Guillermo de Ockham que acabarían dividiendo a lo que, simplificando mucho, se puede decir el enfrentamiento entre escolasticismo, cuya figura central es Tomás de Aquino, y nominalismo o teoría  fundamentada en que todo lo que existe es individual, singular y refuta la existencia de lo colectivo tanto de la manera inherente como trascendente, surgida como respuesta a los conflictos de los colectivos o universales.

En esta coyuntura, la vida de Pedro Martínez de Luna primero y de Benedicto XIII después, no sería sino un intento de defender a toda costa el dogma del Primado de Pedro frente a la herejía conciliarista o conciliarismo consistente en considerar al Concilio Ecuménico o Universal como la suprema autoridad de la Iglesia, anteponiéndolo, condicionalmente o por principio, aún al propio Papado. En este sentido no deja de ser significativo que, al estudiar la historia de los estados que se inclinarían por la obediencia de Avignon, en que se encuadra Benedicto XIII, y los que se inclinarían por la obediencia de Roma, a la larga, los partidarios de la primera coinciden con lo que se puede llamar la Europa Católita, en tanto que la mayoría de los seguidores de Urbano VI se terminarían adhiriendo a la reforma protestante.

Tras el fallecimiento del Papa Gregorio XI, en 1378, se reunió el cónclave donde los cardenales presentes divididos en tres facciones (partido limosín, partido francés y partido italiano) elegirían el 9 de abril a Bartolomé Prignano, Arzobispo de Bari, quien elegiría el nombre de Urbano VI. Las circunstancias, con una población romana exaltada, levantisca y amenazante hacia tdo lo que no fuera local hacían prever una elección difícil y complicada. Ello radicaba en el temor de que la elección de un papa francés se llevase de nuevo la Santa Sede, de Roma, con lo que ello implicaba para la riqueza e influencia de la Urbe y sus ciudadanos. Todo esto dio lugar a una elección apresurada y en modo alguno unánime -faltaban seis cardenales, que permanecían en Avignon, y otro más que ejercía de representante en el Congreso de Sarzana- planteada tan sólo como una solución de urgencia ante los tumultos del exterior. Los acontecimientos que se sucedieron no provocaron sino confusión, invadiendo el pueblo romano la sala antes de haber finalizado el cónclave. El alboroto y confusión eran tales que algunos participantes creyeron que el nuevo papa era el cardenal Tibaldeschi, al que ya se le empezaron a preparar honores mientras algunos cardenales huían. El equívoco se desharía semanas después, al darse a conocer el nombre de italiano Urbano VI, quien fue coronado el 18 de abril con el beneplácito del pueblo. No obstante, sus modos personalistas y autocráticos pronto levantarían el recelo entre algunos de sus cardenales, especialmente entre los franceses. Además, en clara oposición a estos, amenaza con ordenar cardenales a mayor número de italianos para que su facción obtenga la mayoría en el colegio cardenalicio. Este enfrentamiento se materializaría el 9 de agosto de 1378 con la huida Anagni de trece cardenales y la redacción de una declaración en la que hacían constar que la elección de Urbano VI resultaba nula de pleno derecho porque ha sido elegido bajo miedo, falta de libertad y amenazas.

Pedro de Luna intentó mediar en el conflicto, en principio a favor de Urbano VI, pero con posterioridad y a la luz de los acontecimientos, el fino canonista acabaría por convencerse los postulados de los cardenales franceses a quienes se unió. En este trance, Urbano VI envió como mediadores a los cardenales Orsini, Brossano y Corsini a fin de ofrecer el perdón del Papa a los cardenales díscolos a cambio de desistir en su actitud. Sin embargo, estos tres mediadores se acaban convenciendo en el debate de las razones de los huidos y renuncian a su obediencia a Urbano VI. Así las cosas, el 20 de septiembre de 1378 los cardenales no romanos eligen al cardenal Roberto de Ginebra, Arzobispo de Cambray, Clemente VII, como nuevo Pontífice en oposición a Urbano VI. La intervención diplomática de Pedro de Luna consigue atraer hacia el nuevo papa el apoyo, entre otros reinos cristianos, de Portugal, Castilla, Aragón o Navarra. Viajó también como Legado a Francia, Flandes, Lieja, Escocia, Irlanda e Inglaterra, logrando el favor de Escocia y Francia.

Por lo que a Navarra toca, en vida de Carlos II, los Carlos y Juan –posteriormente Carlos III y Juan I- siempre se manifestaron partidarios de Clemente VII. Siendo Infante, Carlos había asistido a las negociaciones del papado de Avignon con el Rey de los Franceses. Tras ellas, en una asamblea en Vicenas, a la que asistieron el Rey Carlos VI, el duque de Anjou, el propio infante Carlos de Evreux, junto con otros barones, obispos y cardenales, en que se declaró que Clemente VII era el legítimo Papa y quienes opinaran lo contrario eran cismáticos.

Carlos siempre mantuvo estrechas relaciones con Pedro de Luna. Esto así como que Martín de Zalba, Obispo de Pamplona, había intervenido en el reconocimiento de Clemente VII por Castilla hecho en la asamblea de Medina del Campo de 23 de noviembre de 1380, a la que concurrió por tener jurisdicción en parte de Guipúzcoa,  territorio castellano; o que su consejero y luego Canciller Mosén Francés de Villaespesa simpatizara con Aviñón, son aspectos que pudieron influir en el que sería Carlos III, el Noble. Pero el monarca del Viejo Reino, siempre se mostró, con diferentes actuaciones interesado en resolver el problema de su reconocimiento de uno u otro pontífice antes de ser coronado Rey con las formalidades acostumbradas. Finalmente, la declaración de obediencia a Clemente VII se hizo pública el domingo 6 de febrero de 1390, asistiendo al acto las representaciones de rigor, así como el Cardenal de Aragón Pedro de Luna y los obispos de Pamplona, Bayona, Dax, Calahorra, Tarazona, Ampurias y Vich. Esta declaración se hizo tras una misa celebrada y predicada por el luego papa Benedicto XIII.

Como apuntaba al principio, tal día como hoy, el de septiembre de 1394, el Cardenal Pedro Martínez de Luna fue elegido Papa, y reinó con el nombre de  Benedicto XIII. Aunque hoy pueda sonar raro, hay que aclarar que la ordenación sacerdotal no ha sido requisito imprescindible para ostentar la púrpura cardenalicia hasta tiempos muy recientes. Baste citar como ejemplo al Cardenal Richelieu o, aunque no pasó de una anécdota el hecho de que se estudiara proponer para tal dignidad al Generalísimo Franco, quien sí recibió la de “protocanónigo” de la Santa Iglesia. Así, el 3 de octubre, el nuevo papa fue ordenado sacerdote, y el 11del mismo mes consagrado obispo y coronado Sumo Pontífice.

Entonces empieza un largo reinado de 29 años, lleno de conflictos armados y diplomáticos dirigidos a poner fin al Cisma. Un pontificado lleno de fieles colaboradores como el saboyano Antonio de Chalant y los navarros Miguel de Zalba, Cardenal de Pamplona, y su sobrino, también Cardenal Martín de Zalba, Alfonso de Borja y Gil Sanchez de Muñoz, su sucesor con el nombre de Clemente VIII, y donde no faltó el sinsabor de la traición de personajes como los distintos reyes que le fueron volviendo la espalda, o de su amigo de juventud Vicente Ferrer.

En 1407 con diplomacia y astucia, Benedicto XIII buscó una solución del Cisma iniciando la denominada “vía compromissi”, comprometiéndose Benedicto XIII y Gregorio XII -reinante éste en Roma tras Inocencio VII, sucesor de Urbano VI-   a encontrarse en la ciudad de Savona en 1407, pero el encuentro nunca llegó a producirse por la ausencia del pontífice romano. A partir de 1408, la presión de las monarquías cristianas sobre Benedicto XIII se hace mayor, forzándole a convocar un concilio en Perpignan para recabar apoyos. La oposición francesa conseguirá aislar al papa Luna, quien contará sólo con el favor de Navarra y Aragón.

En 1409 prospera la propuesta de la Universidad de París de solucionar el conflicto mediante la “vía concilii”: seis cardenales de cada obediencia se reunieron en Livorno y formaron un colegio cardenalicio autónomo. Escribieron a todos los reyes y obispos y convocaron un Concilio ecuménico en Pisa el 25 de marzo de 1409, en el que Benedicto XIII había previsto presentar su renuncia, para lo que envió legados plenipotenciarios. Sin embargo, el rey francés optó por dar primacía a sus intereses de Estado e intervenir de manera directa a fin lograr la deposición de ambos papas, retrasando la emisión de salvoconductos que impiden la llegada a tiempo de ambas legaciones. Como consecuencia, durante la sesión XV y en ausencia de los representantes de Gregorio XII y Bendecito XIII, se derrocó a ambos papas por «herejes y por fautores del cisma«, se declaró la Sede vacante y se elige a un franciscano de origen griego, como nuevo papa Alejandro V. La decisión no fue acatada por los papas depuestos, quienes convocaron sus respectivos concilios en Aquileya y Perpignan en busca de apoyos a sus pretensiones.

Todo ello se complicaría con la muerte en 1410 de Alejandro V y la elección de Juan XXIII. Y que, en 1414, el Concilio de Constanza, promovido por el emperador Segismundo, pretendió  la renuncia de los tres papas y la elección consensuada de un nuevo pontífice, mas no por el Colegio Cardenalicio en Cónclave sino  por naciones y a cargo tanto de laicos como de eclesiásticos. Ante este abuso del poder imperial,  Juan XXIII, quien se ve obligado a dimitir y fue confinado en prisión y Gregorio XII renunciaría durante la reunión XIV. Sin embargo, Benedicto XIII alega haber sido creado cardenal antes del Cisma.

Detenernos en todos los avatares históricos de este Papa, sobre el que tanta tinta se ha vertido entre historia, leyendas y literatura, sería digno de un estudio aparte. Baste decir que al final, el Papa Luna, justificó su legitimidad, con el siguiente argumento, impecable y convincente: “Sólo los Cardenales pueden elegir Papa; todos los (cardenales) actuales son posteriores a 1378 menos yo, que soy el único cardenal indiscutible; ahora bien, como tal, sólo yo puedo elegir Papa; por tanto, me elijo a mí mismo y soy el verdadero”. Y con este argumento y su gran constancia, el Papa Benedicto se mantuvo hasta el final en sus XIII.

El medievalista Vicente Álvarez Valenzuela llega a escribir (El Cisma de Occidente, Madrid, RIALP, 1982): “Las graves cuestiones planteadas durante el Cisma requerirían penosos esfuerzos para su resolución, más allá de Martín V. En medio de estos problemas se yergue la extraordinaria figura de Benedicto XIII, tenaz defensor de la correcta doctrina del Primado”.

Pedro Sáez Martínez de Ubago,  investigador, historiador y articulista

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