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El desafío catalán y cierta metamorfosis periodística, abren el curso político

La llegada de Mariano Rajoy al Gobierno en 2011, con mayoría absoluta -refrendando la alcanzada en  las municipales y autonómicas de Mayo-, configuró en España un mapa político prácticamente azul, con excepción de Cataluña, Vascongadas -dos, de las tres “naciones” que reconoce ahora el “Nóbel” Sánchez-, Andalucía -un poco “realidad nacional”, tras la protesta de la “Sultana Andaluza”-, en las que no se celebraron comicios en esa fecha, y Canarias, donde, pese a ganar en votos el Partido Popular, la coalición nacionalista canaria, con el apoyo del PSOE , evitó el azul en las Islas.

Muchos, esperábamos que fuera el inicio de la “vuelta al calcetín” que España necesitaba después de que el paso del  “Atila” Rodríguez y sus “hunos” -con perdón para el mongol- hubieran “segado la hierba” y dejado un sombrío panorama. España estaba sumida en una triple crisis: económica -la más evidente, un país en la ruina y más de seis millones de desempleados-; social -un pueblo que volvía a las dos Españas de Machado, tras la implantación de la ley de memoria histórica y su aplicación unidireccional, con otras aberraciones legislativas-; y, sobre todo, moral, de valores y principios -fruto de la anterior y de la “cosecha” producida por la siembra que desde 1970 se venía haciendo subrepticiamente (cuando la izquierda empezó a tomar las universidades) y con total descaro desde 1982/85 (con la llegada al poder del Partido casi Siempre Opuesto a España)-, sin que, por omisión, tampoco el PP, en sus dos etapas, haya contribuido mucho a paliar.

Hoy, casi seis años después, el erial económico mejoró notablemente, España crece por encima de la media de la UE -casi el doble-, el INE acaba de revisar al alza el crecimiento de 2015 (3’4%) y 2016 (3’3%) y la cifra de desempleados bajó, por primera vez desde 2008, de los cuatro millones -cifra a la que, uno de los “hunos”, Corbacho, dijo: “jamás  llegaremos”-. Pero el panorama político sigue más complicado aún, si cabe, porque la aparente inacción del Gobierno  y su hasta ahora inútil “diálogo sin fecha de caducidad”, permitió dar varios pasos más al desafío secesionista catalán -iniciado por el “Atila” español antes de su llegada por Atocha en 2004, con aquel brindis al sol: “Pascual (Maragall), aprobaremos en Madrid lo que venga aprobado del parlamento de Cataluña-, y tomar posiciones en esa línea a otras regiones. Además, el descontento de muchos españoles y el oportunismo de algunos -junto con el casi absoluto dominio de la izquierda y el nacionalismo/regionalismo de los medios de comunicación-, propició la irrupción en el mapa político de un partido de extrema izquierda bolchevique -al más puro estilo de la Rusia de 1917- que se comió a la casi desaparecida Izquierda Unida -malos, pero inofensivos- y buena parte de la izquierda del PSOE, que perdió muchos votos de su facción más moderada, ahora en el desorientado partido naranja, fruto igualmente del citado oportunismo, que arrastró también a unos pocos “cabreados” con el PP de Rajoy y los restos de la prácticamente desaparecida Unión, Progreso y Democracia -UpyD- de la “extinta” Rosa Díez.

Así, volvimos a vivir el lunes una nueva edición -algo descafeinada- de la “celebración” de un episodio histórico que el secesionismo se ha arrogado, en una deformación más de las muchas que su delirio ha inventado sobre la “historia” manipulada que se imparte en la enseñanza pública y concertada catalana -si no también en parte de la privada-, desde que se les dio a los reyezuelos autonómicos la principal arma que un poder sectario y totalitario puede tener en su mano, la capacidad de formar ideológicamente a las generaciones venideras, y “bien” que lo ha hecho. Lo que hace cuarenta años era una minoría poco significativa, 5% tal vez, hoy alcanza un 45% para los más optimistas –tal vez no tanto-, mucho más que de no haber cedido a la Generalidad esa competencia.

Hasta que estos secesionistas de nuevo cuño se caigan -o los bajen, que ya es hora- del burro -como decía San Agustín: “Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error”-, cada 11 de Septiembre veremos deformar la Historia de España, llamando “Guerra de Secesión” a la que, entre 1701 y 1714, fue “de Sucesión” -lo que cambia una sola letra empleada torticeramente-, una guerra civil entre partidarios de la Casa de Austria y de la de Borbón, tras la muerte sin herederos de Carlos II, que algunos quieren convertir en 2017 en batalla entre catalanes. O tergiversar el bando del “héroe nacional”, Rafael Casanova, que arengaba a los ciudadanos con el llamamiento: “… como verdaderos hijos de la Patria, … , a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España” contra “la esclavitud del dominio francés”, que ya reinaba en España desde 1700 como Felipe V, el Animoso, y que siguió. O sea, que lo que los catalanes celebran ahora como victoria, fue realmente una derrota, ya que ellos apoyaban al Archiduque Carlos de Austria y lo que se celebró por primera vez hace poco más de cien años -no trescientos, que hace de la derrota- y desde 1977 -la segunda, oficialmente-manipulando el sentido de la Historia, más que DIADA podría llamarse “iDIotADA”, ya que hay que serlo un poco para celebrar una derrota. Aunque la de este año estuvo bastante menos seguida. Los organizadores dijeron que el “millón ochocientos mil” participantes del año pasado quedó en “un millón”, algo pretencioso, pues un simple cálculo aritmético sobre la superficie ocupada -mobiliario urbano incluido-, deja claro que -a lo sumo- no hubo más de trescientos cincuenta mil manifestantes.

Sirvió también para ver cómo esa policía autonómica, que nunca debió existir, y que de Mozos pasó a “mozalbetes” tras su “brillante” intervención previa en los atentados de Barcelona y Cambrils del pasado 17 de agosto, permitía a un nacionalista colocar un trapo estelado en el monumento a Rafael Casanova -como parece que hace cada año el ‘personaje’- mientras impedía colocar una Bandera de España a los no nacionalistas. O proteger, de algo tan “peligroso” como un micrófono y una cámara, al asesino terrorista convicto Arnaldo Otegui -aclamado por gentuza del mismo pelaje-, al que el valiente periodista Cake Minuesa le preguntaba si estaba en Barcelona para pedir perdón a sus víctimas en el atentado de Hipercor de 1987, con 21 inocentes muertos -la mayoría mujeres y niños- o las de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Vich con otras diez víctimas, cinco de ellas niños.

También ha servido para que a algunos políticos filocomunistas les “traicionara” el subconsciente y autorizaran la celebración de un acto pro referéndum del 1-O en la sala de “terneras” del matadero madrileño, nunca mejor lugar que el del “nombre” del terrorista “huido” Yosu ‘Ternera’. Acto que, finalmente, la Autoridad Judicial ha prohibido por ser ilegal. Mientras, el émulo de Companys, que si sigue por ese camino, lo veo -como a los del 34- por las alcantarillas, se permite desafiar: “Sólo el  Parlamento de Cataluña puede inhabilitar el Gobierno que yo presido. No hay ninguna otra  instancia judicial o política que pueda hacerlo”; los ‘cachorros’ de la CUP amenazan con un tiro en la frente al Rey y al Presidente y la agencia de rating, Moody’s se permite entrar en la política española recomendando a Rajoy mover ficha, con un “Debería satisfacer algunas demandas de Cataluña”.

Y para completar un inicio de curso que se presenta interesante, dos “metamorfosis” periodísticas sin pasar por “crisálidas”. Por un lado el “despertar” de Federico Jiménez Losantos, que parece que se dio cuenta de lo que es -mejor dicho, de lo que no es- Ciudadanos y Albert Rivera y que ese amor eterno que les juró se disipa. Aunque su beligerancia con Rajoy y Soraya le sigue pudiendo y, hasta hablando del tiempo, les sacude a diario y los culpa hasta del Huracán Irma, si hace falta. Por otro, su tertuliano Pedro J., que sorprendía el lunes en esRadio con un: “Rajoy aplicará el art. 155 y, si persiste en su postura, suspenderá a Puigdemont y lo inhabilitará”, lo que viniendo del ex de Dª Ágatha apunta a cierto cambio.

Ahora veremos si, entre recursos del Gobierno -tarde, pero parece que al final actúa-, admisiones a trámite por el Tribunal Constitucional, citas y advertencias de la Fiscalía, la situación se va poniendo como nunca debió dejar de estar. La pregunta sería ¿No era mejor prevenir que curar? Seguramente la hago porque no tengo “madera” de político.

Antonio de la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión

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