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Apertura anacrónica

Aquella España que buscaba la reconciliación hubo de alcanzarla  con un esfuerzo último, apoyado en la generosidad de los españoles cuyas raíces culturales se habían estancado en la tierra estéril de la tragedia de 1936. Todos ellos habían de reconocer, como lo puso de manifiesto el ejemplo de Ridruejo y de Semprún, que elegir de punto de partida una de las dos Españas enfrentadas en la guerra civil era mucho más que un error político. Era, sobre todo, una morbosa adicción a las condiciones de exclusión ideológica y monopolio de la nación, que convirtieron España en  un auténtico cautiverio cultural. Muchos de quienes heredaron la victoria llegaron a comprender que un poder legitimado por la representación de la  España vencedora nunca lograría la integración social en la que se habían  afirmado históricamente las naciones libres. Muchos de los que llevaban en el corazón el sabor áspero de la derrota vislumbraron que una verdadera patria no podía alimentarse solo de los sueños de la otra mitad de los españoles.

Lo que debía hacerse era superar una lógica taimada, tramposa, embustera y empobrecedora, radicalmente ajena a las aspiraciones  ilusionadas  de una  nueva generación de ciudadanos a disponer de una nación que lograra protegerles, darles sentido social, ofrecerles el amparo del Estado de derecho y permitirles vivir con la dignidad sin aspavientos de las personas decentes. Los españoles querían hacerse portadores de toda su historia. Querían proyectarse hacia el futuro con una grandiosa tradición que no era peso en sus espaldas ni lastre para sus convicciones, sino el puro y simple reconocimiento de una apasionante realidad nacional. Hacerse cargo del pasado de España no consistía en reiterar el sectarismo de unos y otros, sino aceptar que nuestra nación ya no podía ser el enfrentamiento constante, radical e irrevocable entre dos espacios antagónicos.

Con la severa perspectiva de la experiencia, y la alegre compasión de quienes nunca vivieron los trances de sangre del pasado reciente, hombres de edad madura y jóvenes que iban llegando al tiempo de la responsabilidad cívica, profesional y familiar estaban a la espera de un gran reencuentro con su patria. Tal transformación no habría de conformarse  con reformas institucionales o acuerdos de una elite más o menos representativa del régimen franquista  y de la oposición. Había de ser, sobre todas las cosas, un cambio cultural, una restauración de la idea de España asumida como nación que a todos integraba y que de todos necesitaba.

Cualquier proyecto de modificación institucional que no abordara con coraje y abnegación patriótica, con sentido de Estado y conciencia nacional esta exigencia histórica, estaba condenado al fracaso político. Pero, además, corría el  peligro  de generar una dolorosa frustración que solamente beneficiaría a quienes, a uno u otro lado de resistentes prejuicios culturales, deseaban mantener el mito de una España de sangre caliente, incapaz de vivir en libertad y entendimiento, marcada por un destino funesto de matarse a garrotazos. Se necesitaba más audacia que timidez, más generosidad que recelo, riesgo calculado que obstinación en la penosa y antipatriótica idea de que una nación puede existir a la sombra del miedo. Si los sueños de la razón provocan monstruos, los duermevelas de la cobardía solo originan imposibilidad de soñar. Y aquel momento necesitaba que España volviera a ser soñada: con prudencia, pero con valentía.

En los últimos años de vida de Franco, la apertura de Carlos Arias Navarro, resumida en una tímida declaración de intenciones de aquel singular “espíritu del 12 de febrero” de 1974, mostró la debilidad y la invalidez de una actitud que pretendía mantener a los españoles hacinados   entre las cenizas rencorosas de la guerra civil. Quien lea ahora los discursos del presidente del gobierno podrá entrever el fracaso al que le precipitaba  la peor infección de un proyecto político: el anacronismo. La España a la que Arias se dirigía ya no existía. Sus invocaciones a la reforma política eran insuficientes para unos, excesivas para otros e incomprensibles para la inmensa mayoría de los españoles. Porque la apertura que se ofrecía no era sino un sucedáneo pensado, gestionado y limitado al sector de fieles que manifestara su acuerdo de principio con las condiciones políticas surgidas  de la circunstancia espantosa y afortunadamente excepcional de 1936.

¿Se podía obligar a los españoles nacidos quince años después de la guerra civil, que cumplían la mayoría de edad legal en aquel último bienio de la dictadura, que aceptaran vivir España con las restricciones morales de aquella tragedia? ¿Se podía sostener la conciencia de una nación en una legitimidad excluyente, que mantenía fuera de la condición de verdaderos españoles a quienes no compartían los ideales de los vencedores? ¿Se podía pisar la dudosa luz del día de unos años cruciales para todo Occidente, sosteniendo a los ciudadanos en la lógica de una victoria que no podía más que  generar la pretendida razón  de la derrota? Los más lúcidos de los leales a la causa de los sublevados el 18 de julio se resistieron a entenderlo así. España no podía convertirse en una nación póstuma, en una inercia sin ilusión, en un cuerpo presente, en un alma petrificada.

De las raíces mismas, del recuerdo mejor de quienes lucharon por  España en campos opuestos, se alzaban los argumentos de una reconciliación que no podía ni debía gestarse en uno solo de los bandos en combate. Había de brotar de una esperanza intuida por ambos, pero colapsada por el odio que se incrustó como  forma de vivir y morir en la  Europa de los años de nuestra guerra. Había de surgir de lo que Arias  Navarro y sus colaboradores no quisieron entender: de la verdad de España, la que ha custodiado nuestro ser social, nuestra condición histórica, nuestra voluntad libre y persistente, redimiéndonos siempre de la parte de pecado universal que nos ha tocado vivir.

Fernando García de Cortázar,  director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

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