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Una nueva Barcelona nació ante millones de ojos un 25 de julio de 1992

Aquella tarde de sábado, en el Estadio de Montjuic, nació el mayor espectáculo del mundo moderno y murió una época. Fue un parto programado cinco años antes y a él Barcelona acudió alegre, orgullosa, serena y preparada.

La muerte también estaba prevista y, además, era deseada: había que matar ante los ojos del mundo el tiempo histórico del atraso, la idea del país incapaz, amante sólo de la siesta. Y así fue como nacieron, en un mismo acto, los Juegos Olímpicos de 1992.

La inauguración de los Juegos de la XXV Olimpiada, el 25 de julio de 1992, congregó en el estadio a 90.000 personas -63.000 espectadores- y de su seguridad velaron unos 11.000 agentes, El espectáculo lo vieron por televisión unos 3.500 millones de espectadores de todo el mundo, lo que la convirtió durante años en la mayor retransmisión televisiva habida nunca.

Encabezados por el Rey Juan Carlos I y la Reina Sofía, en las gradas estaban todos los jefes de estado iberoamericanos que, por la mañana, se habían reunido en Madrid en su cumbre anual y que, tras el acto viajaron a Sevilla para visitar al día siguiente la Expo 92.

En el estadio estaban, entre otros, el presidente de Francia, Francois Mitterrand; el príncipe heredero de Japón, Hironomiya Naruhito; el líder del Congreso Nacional Africano, Nelson Mandela; o el presidente de la Comisión de la CE, Jacques Delors, además del presidente del COI, Juan Antonio Samaranch; el del Gobierno, Felipe González; el de la Generalitat, Jordi Pujol, y el alcalde y presidente del Comité Organizador (COOB), Pasqual Maragall.

Más de 4.000 personas presentes en el estadio aquel día recibieron trato protocolario, como recordaba después el malogrado embajador Josep Coderh, jefe de los servicios de protocolo del COOB.

Josep Carreras, Plácido Domingo, Alfredo Klaus, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Cristina Hoyos y el grupo «La Fura dels Baus» actuaron en aquel espectáculo de tres horas y diez minutos. A las diez en punto de la noche, el Rey Juan Carlos declaró inaugurados los Juegos, a lo que siguió unos leves silbidos apagados por los aplausos mayoritarios de los espectadores.

Barcelona, que en los cinco años anteriores se había convertido en el municipio de Europa con mayor volumen de obra pública con una inversión de un billón de pesetas, había preparado los Juegos con un sistema de gestión basado en un claro reparto de cartas: los de las obras se dedicaban a las obras y los de los Juegos, a los Juegos.

Aquel 25 de julio, según recuerda un directivo del COOB, los responsables de la organización afrontaron la jornada inaugural «con la seguridad que da saber que estás preparado para el examen, de que has estudiado, y que es muy difícil que te pillen».

«Había miedo escénico, pero mucha seguridad», relata. Y es que la cosa empezó bien. En el comienzo de unos Juegos es muy importante qué pasa a la llegada a la ciudad. «Y todo funcionó: llegaron en buen estado las canoas, los remos, las bicicletas. Y cuando llegaron los deportistas, alguien les esperaba, nadie se perdió», asegura.

Luego, todo fue rodado. Durante los Juegos, cada mañana, se reunía la cúpula del COI con la del COOB para evaluar la jornada anterior y tomar las medidas correctoras que hiciera falta. «Al tercer día, Maragall ya no fue a la reunión. Todo iba según lo previsto», explica este directivo.

En la ceremonia de inauguración, un arquero lanzó una flecha sobre un inmenso pebetero y así encendió la llama olímpica en el Estadio. Fue un espectáculo mágico que dejó boquiabiertos a los presentes en el coliseo y a millones de personas en todo el mundo.

Esa noche un grupo de periodistas preguntó en un pasillo del COOB a un directivo cómo se hubiera encendido la llama olímpica si hubiera fallado el arquero. «Detrás del pebetero había un tío con un mechero para encender la llama», les respondió entre risas. Pasados veinte años, se enteraron de que ese día les habían contado, entre carcajadas, uno de los secretos mejor guardados de la ceremonia.

Pero ese día los periodistas no supieron que hacía poco que se había encontrado un artefacto explosivo en la techumbre del Palau Sant Jordi, aledaño al estadio, colocado presumiblemente por ETA.

Poco antes, el 29 de marzo de 1992, las fuerzas de seguridad detuvieron en Bidart, en el sur de Francia, a la cúpula de ETA, una acción recibida con alivio en Barcelona.

Y aunque durante los Juegos corrió el rumor de posibles conversaciones para mantener la «paz olímpica», pasados veinticinco años, fuentes de la lucha antiterrorista lo niegan a EFE: «En aquellos años ETA, si podía, atentaba. Si no lo hizo es porque no pudo», aseguran estas fuentes.

De la inauguración de los Juegos también disfrutaron en el estadio todas las personas implicadas en las obras olímpicas. «Lo mejor de las última horas es que no hubo última hora, no hubo un albañil colocando la baldosa en el último momento porque todo se había acabado hacía meses, a tiempo», recuerda una de ellas.

«¿Cómo vivimos las horas previas a la inauguración de los Juegos?», pregunta retóricamente esa persona a la periodista que le formula la pregunta. «Lo vivimos en la ducha, poniéndonos guapos para ir al estadio a disfrutar de la inauguración».

Tras la clausura de los Juegos, el 9 de agosto, el alcalde Pasqual Maragall se sinceró públicamente. Barcelona, sí, había trabajado duro para que todo saliera bien, pero reconoció: «La suerte nos acompañó e incluso la meteorología nos ayudó, porque aquellos días sólo llovió cuando tenía que hacerlo». EFE

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