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Piedad en Chamartín

Cerca de la estación de Chamartín se encuentra el colegio jesuita que un día fue finca y mansión del duque de Pastrana, vecina de otra quinta,  donde se situaba el palacio que espió los pasos largos y enérgicos de Napoleón, usurpador de Madrid, el mes de diciembre de 1808, hoy propiedad de las religiosas del Sagrado Corazón. Aunque ya no exhiba sus cuatro torres altivas, símbolo del triunfo de la cristiandad sobre las insidias del anticlericalismo, el moderno colegio de Nuestra Señora del Recuerdo mantiene su aroma literario, su sabor a tradición, gracias a la descripción que en 1891 hace del internado Pequeñeces, la moralizante y exitosa  novela del Padre Coloma que cuenta la historia de la bella y casquivana  Currita de Albornoz, la aristócrata desvergonzada que tras la trágica muerte de su hijo Paquito experimenta una salvadora conversión. En 1950 una   superproducción  de CIFESA confiada a Juan de Orduña recrearía la narración echando la casa por la ventana con escenas rodadas en el Teatro Real, decorados gigantescos y un vestuario deslumbrante.

El Recuerdo es mi dulce hogar cuando resido en Madrid y allí, en medio de aulas innovadoras, instalaciones deportivas y laboratorios de última generación, todos los años se produce el milagro. El último día de mayo los alumnos de segundo de bachillerato se despiden del colegio y de su Virgen, en una ceremonia plenaria en la que el tiempo parece quedar en suspenso y la nostalgia se cuela sin aduanas hasta en los rincones escondidos de la explanada. Allí cinco mil personas expectantes saben que va ocurrir algo distinto en aquel ambiente de piedad en la que se han ejercitado los escolares. La tarde tersa y el cielo alto y la luz arrodillada ante un altar espontáneo. Un órgano improvisado mece la voz de un coro de niños enseñados por san Agustín que quien canta dos veces reza. Y de repente, el aire ya sereno se viste de súplica cuando la música en susurro traspasa el paisaje en blanco, y el Pie Jesu de A.L. Webber, reclinado sobre la conciencia del día, inunda de bondad todas las galerías del alma.

Desde hace años asisto a la fiesta grande de la despedida hincando mi memoria en la inocencia antigua mientras reverdecen en mi interior los sentimientos de piedad que cultivaron en mí desde niño y que en el Recuerdo veo hacen lo mismo. “ Oh vida por vivir y ya vivida”, me invade el verso de  Octavio Paz mientras pienso en mis pesadumbres largas, en mis emociones anticipadas, en mis horizontes borrosos, en mis penas hundidas como músculos, en mis torpes paredes de melancolía .

“Oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo

y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece…”

Del ensimismamiento me saca la voz despeñada de una niña, sus interrogaciones abruptas, su inestable fraseo, su candor infinito.  Tiene sólo diez años pero a sus espaldas carga con una tradición centenaria que une a todos los alumnos de lengua hispana de los colegios de jesuitas. Recita el  enternecedor poema dedicado a la Virgen, que precisamente allí en el Recuerdo, su rector el Padre Alarcón escribió en 1884 para despedir a los graduados del último curso. Los versos no son buenos pero sí poseen una envergadura sentimental, una eficacia emotiva, tan contundentes, que, al punto de declamarse, se adueñan de la sensibilidad general y con la naturalidad, este año, de la niña rapsoda se hacen mucho más persuasivos.

Dulcísimo recuerdo de mi vida,
bendice a los que vamos a partir…
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
recibe tú mi adiós despedida
y acuérdate de mí….
…Lejos de aquestos tutelares muros,
los compañeros de mi edad feliz
no serán a tu  amor jamás perjuros:
¡mantendrán sus corazones puros,
se acordarán de tí!

Lo que sostiene el poema es su naturaleza de oración relatada, de conversación con la Virgen María, el sabor de una recapitulación y de un   propósito. Es el momento solemne donde se presiente el equipaje de  esperanza e ilusión que llevan los jóvenes que se despiden, decididos ya a participar eufóricos en la danza de la vida. Nico Oriol, que en otro tiempo contagiara a  todo el colegio su entusiasmo por la heroicidad de Blas de Lezo, fue el encargado de poner voz y acento a los sentimientos y añoranzas de sus compañeros en aquella tarde sin paredes. ¡Qué satisfacción  la de los jesuitas al comprobar que su tradicional cultivo de la oratoria, del arte de hablar con elocuencia daba su fruto rotundo en una ceremonia conmovedora! Y allí en la explanada del  Recuerdo al trasluz de la hora última muchos desahogamos nuestra emoción  en forma de lágrima procurando que nadie lo vea  -yo vigilo a Beni- y entregando también nuestra ofrenda pequeña: Señor, hoy quiero dejar de par en par abierta mi ventana a tu sonrisa ancha…que le enciendas lo seco del alma y quemes lo viejo…

Fernando García de Cortázar,  director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

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