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Pérez Galdós, una pasión española

El cine de la nostalgia no llegó a los españoles de los primeros años setenta ataviado solamente con la narración de esperanzas y sueños ajenos. La empatía con las circunstancias juveniles de otros países pudo tramar en algún lugar un paisaje común de generaciones situadas al borde de la devastación cultural y el vacío ideológico de la posmodernidad. Pero nuestros años setenta contenían demasiadas esperanzas para que aquellas manos tendidas hacia el pasado fueran presas del remordimiento, la melancolía o los callejones sin salida sentimentales de una añoranza privada. Eran agradables maneras de comprendernos a nosotros mismos, hombres y mujeres tendiendo esa mirada limpia hacia el recuerdo. Y siempre lo contemplábamos como una experiencia histórica que nos reclamaba personalmente, que nos llamaba por nuestro nombre en un instante decisivo de transición individual y transformación colectiva. No podía ser nostalgia más que como aprendizaje. Nuestra reconciliación nacional, ese gran proyecto de patriotismo como cohesión, conciencia y seguridad, estaba a punto de consumarse políticamente. Vivimos aquel momento fundacional sin perder nunca de vista el patrimonio de cultura,  identidad histórica y trayecto común sobre el que fue izándose nuestra apasionante idea de España.

Entre todos los retornos culturales de aquellos días, entre todas las manifestaciones de una continuidad nacional que mostraba su  penetrante actualidad, sobresalía la obra de Pérez Galdós. Luis Buñuel había llevado al cine algunas de las novelas del «realismo espiritual» galdosiano años atrás, como «Nazarín» o «Viridiana». Pero fue en las inmediaciones del final del régimen franquista cuando leer a Galdós o ver una película inspirada en sus novelas tuvo un aire de gozo que nos echaba a la cara el aliento de una patria dormida, emprendiendo una luminosa recuperación de su conciencia.  Esa era España, desde luego. La España que aquel genio describió con su labor infatigable, inaudita, gigantesca. Los historiadores podemos avanzar con nuestras técnicas de investigación por algunos aspectos del pasado, excavando en la aridez de los archivos y escribiendo, con la dudosa eficacia comunicativa y la ausencia de pulsión humanista que lastra el lenguaje de las llamadas ciencias sociales. Pero Galdós nos superó a todos, ofreciéndonos el cuadro  complejo, innumerable, vida a flor de piel, palabra alzada sobre la voz del alma, de una experiencia completa.

Volcarse en los libros de Galdós no sirve para buscar el mito petrificado de una España impasible. Por el contrario, él nos mostró cómo se hizo una nación y fue alimentando su conciencia en los límites del tiempo, cómo dio forma concreta al vigor de sus grandes esperanzas. Y con qué densidad personal fabricó el consuelo de sus ilusiones perdidas. Galdós nos hizo mirar los rostros diversos de una España que adquirió hechura y sentido en la historia de los españoles. «Fortunata y Jacinta» y «Marianela» de Angelino Fons, «Tristana», de  Buñuel, «Tormento», de Pedro Olea, forman la tetralogía galdosiana que se nos ofreció antes de que Mario Camus dirigiera la extraordinaria versión televisiva de «Fortunata y Jacinta» en 1980. Fue esta la culminación conmovedora del rescate del novelista, entrando en los hogares de los españoles y explicándoles que en   su patria  se había escrito, digan lo que digan, la mejor novela realista del siglo XIX.

No soy partidario de esa competencia desleal que nunca motivó el trabajo de los escritores, pero que siempre ha turbado la labor de los críticos. Si hay que escoger, sin embargo, como lo han hecho todas las elites nacionales desde que existen, inspiradoras del gusto literario, me quedo con «Fortunata y Jacinta». No se trata solamente del oficio con el que Galdós describió una red de dependencias sociales, sino de la asombrosa fuerza con la que habló cada uno de  sus personajes en su lucha,  distinta en cada uno de ellos, por vivir y sobrevivir en el Madrid de la Restauración. Que les entendiéramos, que fueran como nosotros, que alcanzaran la calidad sublime de nuestra propia experiencia colectiva, es el milagro que la literatura concede solo a unos pocos. Galdós nos trajo mucho más que una pequeña historia con la que disfrutar de nuestro ocio. Nos dio una sustancia que desbordaba el afán del entretenimiento. Nos dio el alma de nuestro pasado, nos dio una conciencia de ser en el tiempo y, por tanto, una forma de presentir la eternidad. No hay experiencia humana, leída en un libro, atendida a los pies de un escenario, surgida en la oscuridad de un cine, cuya dimensión artística no deba medirse por su capacidad para lograr tal vinculación espiritual.

Nunca olvidaremos aquellas vidas solo ficticias en apariencia, tan verídicas y ejemplares, porque en ellas consta la emoción de nuestro encuentro con una España única y nuestra, sepultada en los escombros de un pasado hostil, fracturado, rencoroso y ajeno. Otros escritores europeos   describieron la constitución y caída de una clase social: la burguesía productiva de Mann o la perpleja clase media de Chejov. Galdós dio  cuenta del nacimiento de una nación soberana, empujada por los sueños insondables de la revolución liberal. Los «Episodios Nacionales» se iniciaron al calor de la  segunda guerra carlista, y volvieron a emprenderse en las estribaciones del desastre del 98. Volvimos a ellos, en la edición de Alianza Editorial, con las prodigiosas portadas de Daniel Gil, cuando España alcanzaba la orilla de un territorio constitucional y de un gran pacto social frente a la crisis. La libertad y la fraternidad por las que combatió Salvador Monsalud en el reinado de Fernando VII fueron presentadas por Galdós como inspiración y causa del patriotismo bien entendido. «Bien está que fuera tu tierra», escribió Cernuda hablando de aquellos personajes que nos justifican en un recuerdo que es tradición y no pasado inerte. Bien está que fuera esta España, incorporada sobre toda su historia, erguida sobre toda su edad, la que soñara en sí misma de nuevo. En esos tiempos de transición, cuando volvió Galdós, pronunciando en voz alta y serena el buen nombre de España.

Fernando García de Cortázar,  director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

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