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La Iglesia, los eclesiásticos y la política

Una vez más la ETA vuelve ha vuelto a irrumpir en la vida pública como causa de enfrentamiento o discrepancias entre los obispos. Aunque, gracias a Dios, parecen conjurados aquellos valedores mitrados, a modo de capellanes castrenses de la banda terrorista, como el desquiciado Mons. Setién, nuestra Jerarquía sigue mostrando una falta de acuerdo en torno a la cuestión del nacionalismo y del terrorismo vasco. Sin llegar a la virulencia de aquel momento en que el Arzobispo Castrense, Mons. Estepa increpó al citado Obispo de San Sebastián, diciendo que unos ponían las víctimas y otros los verdugos, el pasado miércoles santo, el Obispo de Vitoria, don Juan Carlos Elizalde, al afirmar que “En el nuevo escenario la Iglesia quiere seguir ayudando al proceso de paz y yo me alegro y por eso apoyo todas las mediaciones eclesiales e iniciativas compatibles” establecía una postura divergente de la otros obispos, como Mons. Munilla, contraria a la implicación eclesial en la entrega de armas y a la presencia del arzobispo de Bolonia, Mateo Zuppi, como observador del proceso.

Lo primero que cabe decir es que el elevar el aparente sometimiento de los delincuentes comunes asociados en un grupo terrorista por el estado de derecho a la categoría de un proceso internacional de desarme es, en sí mismo, un serio desatino, una injerencia extranjera y  un grave atentado contra la legalidad, la soberanía y la unidad de España para afrontar sus problemas de orden público.

Pero que haya ocurrido esto puede dar lugar a reflexionar sobre si la Iglesia debe o no, como se diría vulgarmente, “meterse en política”: es decir, si ante las distintas situaciones y los diversos problemas de la sociedad, la Iglesia, como tal, debe o no dar su opinión y, llegado el caso, su magisterio.

La respuesta a esta duda sólo puede ser afirmativa. La Iglesia, definida por Juan XXIII como “madre y maestra” (Mater et Magistra, 15 de mayo de 1961) puede y debe dar su opinión y magisterio, porque, con ello cumple su obligación maternal de orientar, formar, apacentar y defender a los fieles católicos, que, en tanto hombres, son animales políticos, sujetos y objeto de derechos y miembros plenos de la sociedad. Otra cosa muy distinta es que, en el actual contexto de secularización, laicismo, crisis de valores o relativismo que azota el mundo, la referencia de una Verdad objetiva y Autoridad trascendente puedan incomodar a los partidarios de lo políticamente correcto, a los cazadores oportunistas del voto, aunque para ello se deba anteponer la sociología y subordinar a los intereses de grupo la razón y ley naturales.

Como celebrábamos este Jueves Santo, Jesús instituyó su única Iglesia Católica para continuar la redención y reconciliación de los hombres hasta el fin del mundo. Dio a sus Apóstoles sus poderes divinos para predicar el Evangelio, santificar a los hombres y gobernarlos en orden a la salvación eterna; y todos los hombres estamos llamados a ser el Pueblo de Dios guiado por el sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. Hoy, igual que hace dos mil años, la misión de la Iglesia es la misma de llevar a cabo el plan de salvación de Dios sobre los hombres. Y para cumplir esta misión, Jesús ha dado a la Iglesia los poderes de enseñar su doctrina a todas las gentes, santificarlas con su gracia y guiarlas con autoridad, aunque ello implique hacer realidad las palabras del Evangelio de San Mateo: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él”.

Desde un punto de vista más académico, como la Iglesia es también Maestra”, desde el estudio de la teología como ciencia, puede afirmarse que ésta, la teología, no es distinta de otras ciencias y disciplinas, y puede, como ellas, definirse por sus objetos formales y materiales.

Entendido por objeto material de toda ciencia aquello que la ciencia estudia, La Teología estudia a Dios en el misterio de su vida íntima y de su designio de salvación; y estudia, igualmente, las criaturas, entre ellas el hombre, consideradas en su relación con Dios, como efectos de Dios, como imágenes de Dios llamadas a compartir su vida íntima, o a entrar en el movimiento de renovación cósmica inaugurado por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Asimismo, entendiendo como objeto formal terminativo aquel atributo del objeto material que una ciencia estudia, y como objeto formal motivo aquello que faculta a una ciencia para estudiar su objeto formal terminativo, puede afirmarse que el objeto formal de la teología es el medio por el que Dios se vuelve accesible a su estudio (la revelación que nos da sobre sí mismo) es decir, la razón iluminada por la fe, con una luz que resulta de la empresa de la razón y de una acción sobrenatural de Dios, que hace naturalizar al hombre con el mundo.

Estos argumentos prueban que la Iglesia, como madre y como maestra, tanto para orientar, formar y defender a los hombres, como para esta empresa de naturalizar al hombre con el mundo, tiene la obligación y el derecho, dada la naturaleza social del ser humano, de definir y establecer criterios políticos de actuación, que los católicos debemos hacer prevalecer en la vida pública. Algunos ejemplos del último siglo que abalan esta misión de la Iglesia pueden ser Rerum novarum (1891), Quas primas (1925), Acerba Animi (1932), Firmissimam constantiam (1937), .Mit brennender Sorge (1937), Divini Redemptoris (1937), Mater el magistra (1961), Populorum progressio (1967) o Sollicitudo rei socialis (1987) donde diversos pontífices van estableciendo el magisterio social y político.

Ahora bien, una cosa es la Iglesia, que es santa, y otra cosa los eclesiásticos, que no dejan de ser humanos, con todo lo que ello implica de imperfección. Pero establecidos por el Magisterio las pautas y los criterios por los que deben regirse los católicos, éstos, independientemente de su ministerio y jerarquía, deben verse guiados igualmente por ellos y, por igual, obedecerlos, siendo, por supuesto, más grave su obligación, cuanto mayor sea su conocimiento y autoridad; y siendo más grave el deber de su cumplimiento cuanto mayor sea el escándalo de que una conducta irregular pueda ser causa. Así, una discrepancia entre simples fieles siempre tendrá menor gravedad que el ejemplo de la discrepancia de miembros de la Jerarquía, aunque todos deban fidelidad y obediencia a la misma Doctrina.

Doctrina que establece que, para que haya perdón, debe haber primero dolor de los pecados, propósito de enmienda y cumplimiento de la penitencia, cosas que, en general, puede afirmarse que no se han visto por parte de los miembros de ETA ni de los simpatizantes de  la banda a lo largo de este proceso.

Doctrina que, en los artículos 2265 y 2267 de Catecismo de la Iglesia Católica, establece que La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar prejuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad”; y que “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas”.

Que nadie se escandalice por que se recuerde este tema cuando no dan ni arrepentimiento ni el propósito de enmienda de muchos criminales, ni la justa penitencia para los culpables, que implica, igualmente, el reconocimiento y reparación, en la medida de lo posible, a las víctimas. Un proceso -aun admitiendo la hipótesis de que unos criminales comunes puedan sentarse a hablar de igual a igual con una nación soberana regida por la legalidad- en que no se den ni se quieran procurar estas condiciones sólo sería una falacia y una pantomima.

Que nadie se escandalice ante esta perspectiva, ni se ignore la Doctrina. Y sirva como ejemplo el que San Francisco de Sales, en la “Introducción a la vida devota” hable de las diversas formas en que debe ejercerse la devoción según los estados de las personas. Y esta enseñanza del santo obispo y doctor de la Iglesia, cabe aplicarla a los derechos y deberes que incumben al cristiano según el lugar que ocupe en la comunidad política.

Es decir, mientras el cristiano súbdito tiene el deber de perdonar y amar al asesino, el cristiano gobernante tiene el deber, velando por el bien común, de castigarle y aplicarle en su caso la pena necesaria. Porque el perdón o el poner la otra mejilla, que en el cristiano súbdito es virtud, en el cristiano gobernante puede constituir una inhibición que atente contra la virtud cardinal de la justicia y, cuando se abofetea el bien común de la sociedad con graves delitos, puede constituir, igualmente, una violación de sus deberes, no sólo para con la sociedad, sino también para con Dios, quien le ha concedido la autoridad (Jn, XIX, 11) y le ha hecho su ministro para que asuma no la ascética de la mejilla, sino la ascética de la espada, como expresa San Pablo en su carta a los Romanos (XIII, 3 – 5): “Porque los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal. Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia”.

Así se delimitan y legitiman los deberes y derechos de los ciudadanos y del Estado frente a sus agresores. Recordemos al llamado Papa Bueno, Juan XXIII y las palabras iniciales de su encíclica Mater et magistra: “Madre y Maestra de pueblos, la Iglesia católica fue fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de los siglos, encontraran su salvación, con la plenitud de una vida más excelente, todos cuantos habían de entrar en el seno de aquélla y recibir su abrazo. A esta Iglesia, columna y fundamente de la verdad (1Tim 3,15), confió su divino fundador una doble misión, la de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia”.

Es probable que, al leer esta opinión, más de una mente superficial o sensiblera se pregunte cómo se habla de la Iglesia y de Dios sin hablar de perdón o de caridad. Es muy cómodo creer que todo se perdona sin más y que la paz no entraña sacrificios. Acabamos de celebrar la Semana Santa, donde precisamente se conmemora la pasión y muerte de Dios hecho hombre para redimir al mundo y congraciarlo con Él. A quien esto pudiera preguntarse, hay que recordarle que, siendo en Derecho comúnmente aceptado que la Justicia es, en palabras Justiniano, el firme y constante deseo de dar a cada uno lo que le es debido. Pero también, y esto es palabra de Dios, la paz es obra de la justicia. A nosotros nos puede resultar extraño que el mismo Dios sea infinitamente misericordioso al tiempo que infinitamente justo.

Sin embargo. la paz y la justicia están íntima y, a veces, inextricablemente vinculadas por una relación que se rige por la ley de causa y efecto. Para lograr la paz es necesario practicar la justicia, sin la cual no se podría lograr la primera. Obra de ese Dios, también omnisciente al tiempo que omnipotente, son el cielo y el infierno que no crearía sin razón. No hay que confundir el sentido y contenido de la paz. No vaya a ser que se crea que hay paz donde realmente no la hay. Puede hablarse de paz, ocultando una situación de injusticia o encubriendo propósitos personalistas que no tienen nada que ver con el amor al prójimo. Los falsos profetas y falsos sacerdotes pueden hablar de la existencia de la paz, ocultando una situación de opresión. Como dice el ecléctico francés Víctor Cousin: “La justicia es el freno de la humanidad, y la caridad su aguijón. Quitada la una o la otra, el hombre se detiene o se precipita. Guiado por la caridad y apoyado por la justicia, camina en pos de su destino con paso ordenado y perseverante”.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista

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