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Apuntes.- Un proyecto europeo para un futuro con esperanza (2) La salida del Reino Unido

Hace sólo unos días celebrábamos el sesenta cumpleaños de la firma del Tratado de Roma y, como conraste, mientras escribía este Apunte, la señora May, siguiendo el mandato de las urnas, puso en marcha el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se inicia la desconexión del Reino Unido, su renuncia a seguir siendo miembro de la Unión Europea. Esta decisión plantea al conjunto de la Unión Económica toda una serie de interrogantes que, con la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca, se han hecho además, más preocupantes. Señalaré muy brevemente alguno de ellos.

Para seguir de cerca las negociaciones entre la UE y el Reino Unido la Fundación Robert Schuman[1] ha creado un ‘laboratorio de análisis’ (BrexLab), formado por un equipo de especialistas de alto nivel que intenta aclarar la posición que adopte en cada momento el gobierno británico.

La Sra. May busca alcanzar un acuerdo que resulte favorable a los intereses británicos, indoloro y plantear simultáneamente la desconexión y el acuerdo de nuevas relaciones de asociación. Esta postura, que desde el punto de vista de Londres resulta lógica ya que evitaría a los británicos una ruptura dolorosa, no va a ser posible, sin embargo, desde un punto de vista legal. el propio Tratado de Lisboa sólo prevé la salida del país miembro; las nuevas condiciones deberán pactarse una vez que se haya producido completamente la salida británica. Es decir, el artículo 50 invocado por la Sra. May contempla dos acuerdos: el de desconexión y un acuerdo marco posterior donde se establezcan las relaciones de futuro entre el Reino Unido y sus antiguos socios.

Se estima ahora que el período previsto inicialmente para la desconexión del Reino Unido puede ser más breve de manera que haya concluido ya en el último trimestre del próximo año. En cambio, las negociaciones que deban ponerse en marcha para alcanzar un nuevo acuerdo de asociación comercial es muy difícil que culminen en un período inferior a cinco años, según la opinión de expertos comunitarios.

Todo esto plantea incertidumbres para ambas partes. A falta de acuerdo, las transacciones comerciales entre el Reino Unido y la Unión Europea se regirán por la normativa de la Organización Mundial de Comercio. Y dicha normativa, por ejemplo para el sector del automóvil británico supondría un aumento importante en los costes de producción y una reducción de la competitividad de sus productos y mayor importancia aún tienen las transacciones financieras entre Reino Unido y el continente. También tendrá costes para las empresas del continente, sin duda.

El talante proteccionista del nuevo Presidente de los USA hace difícil realizar un pronóstico sobre el futuro del comercio mundial; se puede esperar que desde la Unión Europea se busque sustituir parte de los flujos de mercancías que van a tener difícil acceso a los mercados norteamericanos por un incremento de las relaciones con los países asiáticos. Pero esto es una pura conjetura.

Parece que Londres pretende limitar la libre circulación de personas hacia su territorio y por tanto, la libre circulación de servicios procedentes del exterior, manteniendo en cambio los beneficios que obtiene del mercado único europeo. Es pronto para juzgar la incidencia que pueda tener para los trabajadores europeos en territorio británico, sí está claro que los negociadores comunitarios defenderán los intereses de los ciudadanos de la Unión.

En todo caso, al Parlamento británico le espera una tarea inmensa; tiene el encargo de estudiar las 80.000 páginas del acquis comunitario que pasan a integrarse en la normativa británica, a la espera de decisiones posteriores sobre la posible derogación o sustitución de algunas de ellas.

Lo que sí ha quedado claro es que el Reino Unido busca fortalecer su tradicional  relación estrecha con los Estados Unidos compensando así la pérdida de poder en Europa después del brexit; la temprana visita de la Sra. May al Presidente estadounidense inmediatamente después de su toma de posesión parece confirmar esta opinión. Lo cierto es que Estados Unidos y Reino Unido tienen afinidades culturales e históricas y estrechar sus relaciones seguramente supondrá beneficios para ambas partes.

La Sra. May en un discurso muy optimista ha vendido a los británicos las ventajas de no seguir participando en la financiación de la UE, que desde luego es costosa para Reino Unido, pero ha omitido que también dejarán de recibir los fondos comunitarios, algunos de ellos de enorme interés para Londres como son los destinados a instituciones de investigación.

Es un apunte apresurado, habrá que dejar transcurrir algunos meses para ir tomando conciencia de los verdaderos costes, materiales, sociales y de imagen, para todos los afectados.

[1] Véase en Question d’Europe 425 de marzo 2017 la nota Organiser le Brexit. En lo que sigue me apoyo en dicha Nota.

Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía

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