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OPINIÓN: Orquídeas en los árboles

OPINIÓN: Orquídeas en los árboles

La de las orquídeas es una de las más variadas familias de plantas con flores que se conocen. Hay catalogadas más de 25.000 especies distintas, con tamaños que van desde unos pocos milímetros hasta más de 10 metros de altura. Sus flores de formas peculiares y colores llamativos hacen que muchas especies de orquídeas resulten muy populares como plantas ornamentales.

Aunque hay orquídeas en casi todas partes del mundo, son especialmente abundantes en los trópicos, y en particular en la selva amazónica. Y en lugar de vivir en tierra como las plantas normales, muchas especies de orquídeas son epífitas: viven sobre los árboles, agarrándose a ellos y con sus raíces al aire. Lo hacen así, evidentemente, para poder estar más cerca del techo arbóreo de la selva y disponer de más luz solar; si vivieran en el suelo, apenas les llegaría la luz.

Pero si esas orquídeas viven sobre los árboles y no sobre tierra, ¿cómo hacen para alimentarse? El agua la obtienen directamente de la lluvia o de la humedad ambiente; sus raíces se han especializado en esa forma de captar el agua. Pero, ¿y los nutrientes? ¿De dónde sacan los nutrientes que la planta necesita para crecer y florecer?

Para responder a esa pregunta, necesitamos viajar 2.500 km, hasta el desierto del Sáhara. Todos Vds. habrán visto alguna vez imágenes de las tormentas de arena que azotan el desierto. Esas tormentas pueden tener frentes de más de un km de alto y decenas de kilómetros de anchura. Y las investigaciones con satélite hechas en los últimos años han permitido comprobar que el Sáhara pierde cada año, debido a esas tormentas, más de 180 millones de toneladas de polvo, que son arrastradas por el viento hasta el océano Atlántico. Mucha de esa fina arena cae al mar, pero aproximadamente una sexta parte, en torno a 30 millones de toneladas, logra cruzar los 2.500 kilómetros que separan las costas africanas de América del Sur y termina cayendo sobre la selva tropical amazónica.

Y ese polvo procedente del Sáhara y cargado de nutrientes no solo fertiliza el suelo de la selva, sino que parte de él cae sobre las ramas de los árboles, proporcionando a las orquídeas (y a otras plantas epífitas) la materia que necesitan para crecer. Lo que es seca y ardiente devastación en el Sáhara, se transforma en delicada belleza al otro lado del mar.

Lo cual sucede, por cierto, en casi todos los órdenes de la vida. Nada cae nunca en saco roto. O, como dice nuestro refranero, no hay mal que por bien no venga, aunque muchas veces nos resulte difícil distinguir cuál es el bien que se deriva de algo malo.

Tomen ustedes, por ejemplo, la actual situación política que vivimos en España. Si uno se implica demasiado, puede tener la sensación de que todo es un auténtico cataclismo, una tormenta de arena política que impide ver a tres palmos y que todo lo devasta y lo cubre de polvo. Estamos en una especie de desierto de la cosa pública, donde aparentemente no crece ni un solo político de raza, ni florece una sola idea. Dan ganas de cerrar los ojos y la boca hasta que pase la tormenta, para que no se te llenen de arena.

Y sin embargo, esa arena arrastrada desde el desierto de la política y que cae a toneladas sobre la sociedad está haciendo crecer, aunque nos resulte difícil percibirlo, las plantas que algún día florecerán para darnos una sociedad más libre y más democrática.

Para empezar, ese descreimiento de la política que se está induciendo en la sociedad no tiene nada de malo. Los españoles llevamos demasiado tiempo jugando al hooliganismo político, a las banderías, cuando en una sociedad democrática madura los ciudadanos deben ser permanentemente críticos con quienes les gobiernan, y más si se trata de “los suyos”, porque esa es la única manera de obligar a los políticos a rendir cuentas ante sus votantes.

En segundo lugar, nuestra Historia nos ha llevado a interiorizar un servilismo hacia el poder que es la antítesis de la democracia. Acudimos a las urnas como quien acude a elegir a su amo, cuando en realidad lo que tendríamos que elegir son sirvientes. Y el descrédito de la actual clase política contribuirá a que nos desprendamos de ese servilismo congénito, de esa especie de permanente “vivan las cadenas” que ha impregnado hasta ahora nuestro sistema democrático.

Y por último, el descrédito de las propias instituciones es algo peligroso, sí, pero al mismo tiempo nos permite ponerlas en cuestión. Y lo cierto es que muchas de esas instituciones, y muchos de los fundamentos mismos de nuestro actual sistema, están periclitados. La presente organización territorial tiene su origen, por ejemplo, en problemas que datan del siglo XIX, causados a su vez por los intentos de perpetuación de privilegios de origen medieval. La actual configuración de nuestro sistema parlamentario tiene su origen en las formas de organización social del siglo XIX, cuando los diputados de provincias viajaban a la Corte en carroza, y carecen completamente de sentido en un mundo donde la tecnología ha hecho desaparecer las distancias. La utilización de los políticos como intermediarios de la voluntad popular tiene su origen en una época en la que resultaba imposible que los ciudadanos de a pie participaran directamente en la gestión pública y donde la mayoría de la sociedad era analfabeta; pero ahora las posibilidades de participación son ilimitadas y hace muchas décadas que el ciudadano medio está tan alfabetizado como el político que le representa.

El mundo ha cambiado, pero nuestra organización política sigue invariable, anclada en el siglo XIX. Y la crisis de legitimidad de nuestra clase política y de nuestras instituciones, aunque devastadora, nos facilita también el empezar a poner en cuestión todo el sistema. No con el fin de destruirlo, sino de perfeccionarlo. De acercar el poder al ciudadano. De acabar con el servilismo y las banderías. De poner fin a los problemas territoriales. De arrinconar los sistemas de representación obsoletos y sustituirlos por otros más adaptados a los tiempos.

España no es Suiza, lo sé. Afortunadamente, me permito añadir. Pero nada nos impide copiar aquí lo que en otros países funciona y hacer florecer un sistema democrático mejor a partir de los detritos que el viento del cambio arrastra desde el actual desierto político.

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital.

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