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APUNTES: Más sobre demografía

La demografía es uno de los temas a cuyo estudio he dedicado tiempo y esfuerzos en mi vida laboral; de ahí que con frecuencia aparezca en los Apuntes alguna de las vertientes en las que se puede añadir algo que pueda servir en el análisis de la actualidad. Y es lo que sucede hoy.

Parafraseando al Papa Francisco, prepararnos frente a los posibles problemas futuros no nos deja gestionar de forma adecuada los problemas actuales. He recordado la frase al leer en el último número (151) de Cuadernos de Información Económica un interesante artículo de J. A. Herce, El impacto del envejecimiento de la población en España, que me permite abundar en temas escritos para entregas anteriores.

Ya desde el inicio del trabajo Herce lanza una tesis provocativa ‘el envejecimiento no existe’ porque, aclara, se está confundiendo la longevidad con el envejecimiento. La primera, que es la realidad a la que estamos asistiendo, por ejemplo, en España, es el resultado de las mejores condiciones de salud y vida de los individuos. Hay más personas mayores porque sobreviven más en cada cohorte gracias a los avances habidos desde las últimas décadas del siglo XIX y, muy especialmente entre nosotros, desde las décadas centrales del XX.

De manera que (cito textual) ‘muchas de las implicaciones (problemáticas) del envejecimiento deben analizarse con más cuidado’ puesto que ‘la longevidad … en el fondo, es una excelente noticia’.

Es cierto que la caída de la natalidad puede provocar en el mercado de trabajo una menor entrada de activos y que, si no se producen cambios en la edad legal de jubilación, puede dificultar la renovación generacional de las plantillas y hará más difícil la necesaria adaptación a las nuevas tecnologías.

Se ve, por tanto, necesario que la población tome conciencia de la urgencia de asumir el reto de la longevidad y prepararse para ir adaptando sus conocimientos y habilidades a los nuevos modelos de sociedad, de trabajo y de empresa. Y que se busque gestionar bien una nueva situación demográfica.

Ampliar la edad de jubilación, quizá de forma voluntaria y, desde luego, no para todos los tipos de trabajo, además de aumentar el período de cotización de quienes hubieran tenido dificultades para acceder al mercado laboral en edades tempranas, contemplen con temor la jubilación forzosa sin alcanzar el mínimo necesario para tener un retiro sin agobio. Permitiría además evitar el despilfarro que hoy supone prescindir de muchas personas que podrían aportar, tanto en las empresas como en el sector público, la experiencia lograda a lo largo de su carrera profesional.

La longevidad provoca efectos también en el sistema sanitario y en los sistemas de pensiones, privados o públicos, así como en las estructuras productivas y en la oferta de servicios. A todo ello espero referirme en próximos días.

Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía

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