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OPINIÓN: El fin de la democracia (TIEMPO NUEVO)

OPINIÓN: El fin de la democracia (TIEMPO NUEVO)

«En el inconsciente colectivo arde la llama de la importancia capital de estas elecciones como punto final de la Transición e inicio de un nuevo periodo histórico, con el declinar de los partidos que la hicieron posible y la aparición de nuevas siglas llamadas a empedrar el camino del futuro».

Estas son las enardecidas palabras con las que Jesús Cacho daba la bienvenida al TIEMPO NUEVO que, por fin, después de tanto anunciarse por tierra, mar y aire, los heraldos del Régimen nacido de los escombros del 11-M parecen ya acariciar. No vamos a negar que puedan conseguirlo. Sería una temeridad, sabiendo que cuentan con todo el Poder, y que lo ejercen sin remilgos.

Pero lo que sí vamos a hacer es negarles la mayor, diciendo con nuestros escolásticos del Siglo de Oro: ¡Nego suppositum!, y trataremos de demostrar que detrás de todas las bellas frases que nos lanzan, incluso con ese espíritu exaltado de apariencia religiosa que destila Cacho (¡qué fantástica pedrea puede salir de ese Camino!), se esconde una realidad muy distinta a la que nos pretenden vender.

El lugar común que ahora vamos a “negar” o, si se quiere, que vamos a rebatir, es el tan manoseado de que el “el fin del bipartidismo” supone, por fin la venida de una auténtica democracia.

Se trata de un argumento falaz, falso, se mire por donde se le mire. En primer lugar, porque con el señuelo de la “pluralidad” se está desviando –intencionadamente- nuestra atención para que no nos fijemos en el origen del problema, que no es otro que lo que conocemos como el sistema “partitocrático”, el cual, como veremos, se agravará con la «aparición» (nunca mejor dicho) de esas «nuevas siglas llamadas a empedrar el camino del futuro».

El sistema “partitocrático” es una deformación pseudototalitaria de la democracia occidental en el que la representatividad de los ciudadanos queda anulada por el poder omnímodo de los aparatos de los partidos políticos, que se erigen en los sujetos agentes y depositarios efectivos de la soberanía nacional. La raíz del problema tiene varias manifestaciones, de la que el sistema electoral de listas cerradas, aunque no único es el fundamental. Los diputados no representan a los votantes sino a quien le ha elegido previamente, a quien ha confeccionado las listas del partido a la que no se tiene más remedio que votar. Además, en el sistema español -que no es presidencialista- en el que el parlamento elige al presidente del Gobierno, el jefe del Ejecutivo es nombrado con los votos de esas personas que él previamente ha seleccionado, lo que supone en la práctica una sumisión total al ejecutivo del legislativo, del cual podría perfectamente prescindirse porque sus miembros actúan como bloques sin fisuras proporcionales al número de escaños de cada facción.

Ese poder omnímodo del ejecutivo y del aparato de los partidos en la labor parlamentaria sólo podía conducir a la eliminación paulatina de la independencia del poder que tenía que controlarles, el poder judicial, como así ha ocurrido siempre in crescendo, llegándose a la total dependencia actual de la última legislatura de Mariano Rajoy. En España, formal y realmente, no hay separación de poderes. Ni siquiera poderes. Solo hay el poder del ejecutivo y el del aparato de los partidos.

Ese problema, en España, es pluscuamperfecto, porque no se circunscribe a la Administración Central, al parlamento nacional y al núcleo central del poder judicial (CGPJ, TS y TC), sino que se multiplica por diecisiete en los tres ámbitos de poder considerados, formándose una madeja intrincada en la que a la concentración y dependencia de los tres poderes a los partidos se superpone el elemento disolvente del caciquismo autonómico, el cual, de alguna manera, por la fragmentación y complejidad que confiere al sistema, contribuye a inmunizarlo contra cualquier intento de racionalizarlo, o de sanear su índole genuinamente antidemocrática.

Por tanto, ninguna medida que se quiera tomar tendrá ninguna virtualidad si previamente no desata el nudo gordiano que se ha tejido con ese engendro digno de las mejores novelas góticas de Mary Shelley que conocemos como el Estado de las Autonomías. Pero ya hemos visto en los artículos anteriores que lo que quieren esas «nuevas siglas llamadas a empedrar el camino del futuro» no es eso, sino todo lo contrario: blindar con el Reformatorio Constitucional la preeminencia de las Autonomías dejando a la Administración Central las migajas del banquete que se están dando, como ricos Epulones, a costa del sumiso y desorientado Pueblo Español.

¿Y aparte de echarnos el candado reformatorio, qué otra medida institucional reformadora nos propone -dejando de lado a Podemos que nos llevaría si pudiera no ya a un reformatorio sino directamente al Gulag-, por ejemplo Ciudadanos? Pues en cuestión electoral copiar el sistema alemán de la mitad del Congreso elegido por listas abiertas y la otra mitad con listas cerradas, a los partidos; es decir, nada, porque, al final la voluntad del aparato de los partidos se impondría, como ocurre en Alemania. ¿Qué le impedía haber propuesto de entrada -ya que viene joven, sin ataduras y ¡a regenerar!- las listas abiertas para todo el Congreso? Pues se lo impedía quien le maneja, quien ha creado esa “sigla” y la financia, que tiene que disimular que es lo que no es.

Esto es mucho más patente con el Consejo General del Poder Judicial, que lo elimina para asignar sus funciones al Presidente del Tribunal Supremo que será elegido… ¿por los jueces? No, en absoluto, por la 2/3 partes del Congreso de los Diputados. ¡Viva la separación de poderes y la lucha contra la corrupción!

Está claro que estos nuevos partidos, representantes del TIEMPO NUEVO, no se les ha creado, lanzado y potenciado en el trampolín corrupto de las televisiones y las encuestas mediáticas del Régimen para regenerar el Sistema sino para blindarlo definitivamente acabando con el bipartidismo y con las virtudes que puede presentar, que ahora pasamos a considerar.

Antes creo que es necesario hacer una precisión. En España, por su sistema electoral, la Ley D´Hondt, se ha tendido a favorecer a los grandes partidos, pero nunca ha habido un bipartidismo como suele resultar con los sistemas electorales mayoritarios como el inglés y el americano. Pero, por fortuna, en algunas ocasiones uno de los grandes ha conseguido la mayoría absoluta y ha gobernado en solitario como ocurre en los países occidentales anglosajones, los más democráticos.

Esta eventualidad es la que el Régimen del 11-M quiere que no se vuelva nunca más a presentar, y para eso es para lo que ha puesto en marcha esa Gran Operación de ingeniería social de crear y lanzar al estrellato partidos por todos los rincones. Ahora bien. ¿Por qué lo han hecho ahora y no antes? Muy sencillo. Porque el Partido Popular, que tenía que haber desaparecido después del 11-M, o al menos haberse quedado en un testimonial reducto, similar al de Alianza Popular, no solo resistió, sino que volvió a ganar unas elecciones por mayoría absoluta, algo que no estaba contemplado en el itinerario que había marcado para España y su progresiva descomposición.

Se me dirá que este Partido Popular no tiene nada que ver con el de antaño y que ha traicionado a sus electores y a su propio ser renegando de sus señas de identidad. Y en efecto. Yo he sido el primero en así manifestarlo en casi todo lo que he escrito en estos tres últimos años, basado en mi convencimiento de que la raíz del problema reside en que el PP cedió a las presiones a las que le sometieron desde el día 11 de Marzo de 2004 oscuros poderes en la sombra, con motivo de los atentados y de todo lo que pasó antes y después de ellos, y ya se sabe, cuando se cede una vez se cede cien veces.

Sin embargo, con la decepción que nos hemos llevado muchísimos de sus votantes, entre los que me encuentro, este último año y medio de la legislatura en que se han puesto en marcha múltiples operaciones de “ingeniería político-cloaquera”  nos ha abierto a muchos los ojos para poder distinguir el grano de la paja. En primer lugar tenemos que reparar en la evidencia de que si se han puesto en marcha todas esas operaciones es porque el PP no es un partido de fiar para el Régimen del 11-M, es decir, que no solo no se le ha terminado de reducir sino que sigue resistiéndose a la asimilación del famoso TIEMPO NUEVO.

Como ya he descrito anteriormente, el TIEMPO NUEVO nació el mismo día 11 de marzo de 2004 con la famosa proclama de Iñaki Gabilondo (vid. aquí), y ahora se le quiere culminar con el Reformatorio Constitucional para acabar con la soberanía nacional del Pueblo Español, de los ciudadanos (los de verdad, no los que dice representar C´s), y entregársela a los territorios (¡una gran novedad esa de regresar a los tiempos feudales!). Todo ello con el encaje catalán, y luego el vasco y lo que venga, hasta la total descomposición de la nación.

Pues bien, de Mariano Rajoy se esperaba mucho más. Como mínimo que hubiera puesto en marcha oficialmente las comisiones en el Congreso destinadas a cambiar la Constitución. Y no lo hizo. Señal de resistencia. Sólo hay que ver sus tuits de hace dos semanas, con sus loas a la Constitución de 1978. Y en el debate a cuatro, solo Soraya Sáenz de Santamaría se opuso a la reforma constitucional. Es más, pronunció esa frase de Julián Marías, auténtico anatema para el Régimen, de que “no hay que intentar contentar a los que nunca van a estar contentos”. Todo ello, lo que nos está mostrando es que después de todo sólo el PP (y por supuesto Vox y UPyD) defiende la unidad de España, y que tiene toda las trazas de poder recuperar íntegramente su identidad perdida.

¿Es por todo ello por lo que hemos asistido en este semana al ataque más terrorífico que haya sufrido un líder político en esta democracia desde el atentado frustrado de 1995 a José María Aznar? (De esto he hecho un comentario que para no repetirme puede el lector ver aquí).

Puede ser. Pero yo venía a hablar del bipartidismo y al final he terminado en lo que siempre acabo, en lo fundamental. Pero a lo que iba es a defender que el bipartidismo y lo que le suele acompañar: el sistema electoral de listas abiertas en distritos uninominales, el sistema mayoritario en suma, es mucho mas democrático que el sistema proporcional que desemboca en los multipartitos, como estamos a punto de institucionalizar para elegir el Gobierno de la nación. Y para ello me baso en la opinión del gran filósofo liberal, Karl Popper, en un artículo que todos debemos leer (“Apuntes a la teoría de la democracia”), en el que destacaba como único sistema democrático aquel en «que es posible deshacerse del gobierno sin derramamiento de sangre por medio de una votación»y esto puede ser imposible en un sistema pluripartidista en el que no se podría nunca castigar a un gobierno que está en el poder y “sustituirle”, porque podría aliarse con otros partidos minoritarios y afianzarse aun a costa de haber perdido unas elecciones.

Este es el sistema que se quiere hoy instaurar en España, el de la “insustituibilidad” de los partidos perdedores. A la partitocracia, a la concentración de los tres poderes en uno solo, paralela a la dispersión disolvente de la nación por el sumidero autonómico, ahora le vamos a añadir la imposibilidad de que haya una verdadera alternancia en el Gobierno. ¿Es esto la regeneración de la democracia? Indudablemente no. ¿Pero para qué nos vamos a andar con remilgos si estamos en «el inicio de un nuevo periodo histórico»llamado «empedrar el camino de nuestro futuro»?  

Por si acaso, los que se han opuesto ya han recibido una buena dosis de esa pedrea reformatoria, como ha podido comprobar en sus propias carnes nuestro presidente.

Ya lo decía Thomas de Quincey: “En estos tiempos no sé a donde vamos a parar. Va un asesino y degüella a una anciana y al final termina faltando a la misa dominical”. Pues eso. Se hace un 11-M y se termina con estos lances de “menores”…

Pero no nos abandonemos al desánimo. Como dijo Shakespeare en el Otelo: “El robado que se ríe, roba al ladrón. Pero aquel que se abandona inútilmente a la desesperación, se roba a sí mismo”.

Y para que así sea, seguiremos intentando con espíritu deportivo poner el dedo en la llaga para evitar que la conjura contra la libertad de todos los españoles se consume por quien quiere vernos como un proyecto fallido de convivencia y de nación.

Como diría nuestro gran Don Miguel: “Por nosotros que no quede”

Ignacio López Brú,autor del libro Las cloacas del 11-M

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