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OPINIÓN: El día en que Grecia desapareció

OPINIÓN: El día en que Grecia desapareció

Retrocedamos un poco en el tiempo. No mucho. Tan solo un poco más de medio año.

¿Recuerdan ustedes cómo era el panorama informativo hace solo siete meses? ¿Recuerdan el papel preponderante que Grecia jugaba en él? Prácticamente, no existía otro debate que lo que sucedía en Grecia, que por aquel entonces se encaminaba hacia la celebración de un referéndum sobre los recortes impuestos por la Unión Europea.

A la derecha, todo era un constante resaltar el modo en que Syriza había llevado a los griegos a un callejón sin salida. «¿Véis?», era el mensaje, “A esto conduce el populismo de los amigos griegos de Podemos. ¡Mucho ojo con Podemos, porque van a arruinarnos a nosotros igual que están arruinando a Grecia!”. Syriza era, para mucha gente en la derecha, un argumento irrefutable para combatir a Podemos y demostrar los peligros que entrañaba.

A la izquierda, todo era un jalear a Syriza y a Tsipras, su líder: «Mi amigo Alexis», como lo había bautizado Pablo Iglesias. Todo era un sacar pecho por la valentía con la que Syriza se había enfrentado a los poderes financieros internacionales, por el modo en que había expulsado al FMI de las negociaciones, por la manera en que había acabado con la troika, por la dignidad que había demostrado al convocar un referéndum con el fin de que el pueblo rechazara la dañina austeridad y los recortes. Syriza era, para mucha gente de la izquierda, la demostración palpable de que la democracia puede derrotar a los mercados, de que la voluntad popular todo lo puede, de que la dignidad de un pueblo no se puede matar con recortes.

Syriza y Grecia eran, para unos y otros, un ejemplo. Un ejemplo de los peligros o de las ilusiones, según la postura de cada cual, pero un ejemplo al fin y al cabo.

Pero de repente, el 6 de julio de 2015, Grecia desapareció.

El día anterior se había celebrado el anunciado referéndum en Grecia, y los electores habían rechazado los recortes exigidos en el acuerdo con la Unión Europea. Pero Alexis Tsipras, en lugar de emplear aquella victoria como un aval para enfrentarse a las autoridades comunitarias con todas las consecuencias, arriesgando quizá su salida del euro, decidió capitular por sorpresa y someterse a los dictados de Bruselas. Por ese motivo, el ministro de economía griego, Varufakis, presentó su dimisión aquel 6 de julio.

No hace ni siquiera siete meses de aquellos acontecimientos.

Desde entonces, no es que Alexis Tsipras se haya plegado a las exigencias de Bruselas: es que se ha convertido en el alumno más obediente de la clase, que hace todo lo que la maestra le manda, desde vender activos del estado a gobiernos extranjeros, hasta recortar hace escasos días las pensiones, para cumplir con las exigencias de los acreedores. A Alexis Tsipras solo le falta atarle los cordones de los zapatos a Angela Merkel. En materia de relaciones internacionales, Tsipras ha desconcertado a toda la izquierda europea, al cerrar diversos acuerdos con Israel en materia de energía y de defensa.

¿Me pueden decir ustedes dónde está ahora Grecia en el panorama informativo español? No existe. Las andanzas de Tsipras y de Syriza han sido cubiertas por un manto de silencio casi sepulcral.

Para la izquierda, y muy en especial para Podemos y su líder Pablo Iglesias, Syriza y Tsipras se han convertido en una enorme molestia: en el ejemplo de cómo traicionar las promesas realizadas a los votantes, incluso después de ganar un referéndum; en el ejemplo de cómo el discurso populista solo es capaz de mantenerse en pie hasta que tropieza con la realidad de la economía; en el ejemplo de cómo un partido de extrema izquierda puede convertirse, de la noche a la mañana, en el lacayo más servil de los malvados mercados. Alexis Tsipras demuestra que todo el discurso de Podemos no es otra cosa que humo, fuegos de artificio destinados a despertar una ilusión que nunca llegará a materializarse, porque está basada en un análisis infantil de los problemas económicos. Syriza demuestra la vaciedad del discurso de Pablo Iglesias: no es que el populismo sea malo; es que simplemente es mentira.

En el otro lado del espectro político, si Tsipras y Syriza se han convertido en un ejemplo molesto para la izquierda española, cabría esperar que fueran para la derecha un arma efectiva contra Podemos. Pero tampoco.

Grecia ha desaparecido también del discurso de la derecha. Porque Syriza demuestra a la perfección qué es lo que puede suceder cuando un partido de extrema izquierda llega al poder en un país de la Unión Europea: nada de nada. Lo que ha sucedido en Grecia con el populismo es que se ha estrellado contra la realidad, y que los mecanismos institucionales y económicos de la Unión Europea han forzado a los populistas a doblar el espinazo. Con lo cual, Grecia, Tsipras y Syriza ya no sirven para meter miedo a los electores con Podemos. Ya no nos pueden decir «Mirad a Grecia y ved lo que pasará si Podemos llega al poder». Porque si nos fijamos en Grecia, tendremos que concluir que un Pablo Iglesias en el poder tardaría solo unos meses en ponerse a hacer de mayordomo de Alemania.

Así que Grecia ya no existe, ni para unos ni para otros. El próximo 6 de febrero se cumplirán siete meses de su desaparición.

En eso terminan todos los discursos cuando no tienen correspondencia con la realidad, tanto el del populismo, como el del miedo.

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital

Tudela 96.0, por TDT, “aplicación android esRadio”  y www.navarrainformacion.es

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