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OPINIÓN: La ruptura de las normas no escritas

OPINIÓN: La ruptura de las normas no escritas

Stanley Milgram fue un profesor americano de psicología social, famoso por diversos experimentos que llevó a cabo en la segunda mitad del pasado siglo. Alguno de ellos, como aquel que realizó para estudiar hasta dónde llegan los límites de la obediencia debida en los seres humanos, son bien conocidos.

En otro de sus experimentos, que es del que hoy quiero hablar, Milgram dividió a sus alumnos en dos grupos y les hizo someter a los viajeros del metro de Nueva York a una situación inesperada, para medir las reacciones de la gente. En concreto, los alumnos del primer grupo tenían que introducirse en un vagón de metro que estuviera lleno y preguntar educadamente a una de las personas sentadas : «Disculpe, ¿podría cederme su asiento?». Los alumnos del segundo grupo tenían que hacer lo mismo, pero proporcionando una razón aparentemente absurda: “Disculpe, ¿podría cederme su asiento? Es que soy incapaz de leer un libro estando de pie”.

Lo llamativo del experimento son los resultados: en el primer caso (es decir, cuando el experimentador le pedía a la gente que cediera su asiento sin proporcionar ninguna explicación), el 56% de las personas accedían a levantarse, mientras que en el segundo caso (es decir, cuando se pedía el asiento para poder leer cómodamente un libro), sólo se levantaba el 37% de la gente.

En principio, parece absurdo que la gente esté más dispuesta a levantarse cuando no se da ninguna explicación que cuando se da alguna, por rara que esta sea. Pero tiene su lógica. Lo que el estudio de Milgram exponía es, precisamente, que nuestra vida se rige por multitud de normas no escritas, de las que apenas somos conscientes. Una de ellas es, por ejemplo, que los asientos del metro son para el primero que los ocupa.

Cuando alguien rompe las normas no escritas y altera la rutina habitual, las personas perdemos la sensación de seguridad. Y de forma automática tratamos de restaurar esa sensación interna de seguridad encontrando una explicación a la novedad que se nos presenta.

En el caso del metro, la manera más fácil de restaurar la normalidad cuando alguien quebranta la norma no escrita relativa a los asientos, es suponer que no la está quebrantando en realidad: suponer que si alguien nos pide que le cedamos el asiento es porque lo necesita, aunque él mismo no de ninguna explicación. Por ejemplo, suponer que el que nos lo pide está enfermo, o que tiene alguna invalidez. Y que por eso nos solicita que hagamos algo tan extraño como cederle el asiento.

Sin embargo, si se pide a alguien que nos ceda el asiento «para poder leer un libro», estamos impidiendo que esa persona encuentre por sí misma una justificación para nuestro quebrantamiento de las normas. Le estamos dando nosotros la razón por la que queremos que se levante, y esa persona puede juzgar si le parece válida o no la petición.

Nuestra vida está llena de normas no escritas. Normas que afectan a nuestras relaciones con los demás y que hacen que éstos sientan una sensación de seguridad al tratar con nosotros. Las convenciones sociales no son otra cosa que la plasmación de nuestro deseo animal de movernos en un entorno familiar, para no toparnos con peligros desconocidos.

Esas normas se desarrollan a base de costumbre y no son fijas, sino que van evolucionando. Lo que hoy parece anormal, puede ser perfectamente normal el año que viene. Y varían de un grupo humano a otro: lo que en unos lugares se considera aceptable, en otros es una muestra de pésima educación. Por ejemplo, hablar de tu dolor de cabeza no se considera apropiado en culturas como la japonesa.

Pero todo grupo humano tiene infinidad de normas no escritas en cada momento, cuya ruptura produce incomodidad en la gente.

Viene todo esto a cuento de la polémica que hemos vivido por cuestiones de mera apariencia a raíz de la Constitución del Parlamento: diputadas con bebés, señorías con rastas, líderes políticos que van a ver al Rey en mangas de camisa…

Se trata nada más (pero también nada menos), que de rupturas calculadas de las normas no escritas. Rupturas que generan incomodidad y revuelo. Si uno lo piensa fríamente, no pasa nada de nada porque alguien se salte así las normas no escritas. Son normas perfectamente modificables. Así que no hay por qué hacer tanto ruido. Un diputado con rastas no es ni más ni menos peligroso, eficiente u honrado que un diputado encorbatado.

Pero también cabría preguntar a algunos si es verdaderamente necesario recurrir a la provocación deliberada, por ejemplo yendo a visitar al Rey en mangas de camisa. ¿Tanto cuesta respetar unos mínimos? No hay ninguna necesidad de generar incomodidad a la gente por el mero afán de provocar.

¿No creen ustedes que el mundo sería infinitamente más sencillo si, por un lado, no tratáramos de molestar conscientemente al vecino saltándonos las normas no escritas, y si por el otro no nos sintiéramos todos tan proclives a sentirnos molestados cuando alguien se las salta?

Luis del Pino, Director de Sin Complejos en esRadio, autor de Los enigmas del 11-M y 11-M Golpe de régimen, entre otros. Analista de Libertad Digital

Tudela 96.0, por TDT, “aplicación android esRadio”  y www.navarrainformacion.es

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