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OPINIÓN: Cierto olor a indecencia

OPINIÓN: Cierto olor a indecencia

Hace ahora once años, cuando una matanza a manos del terrorismo islámico provocó la derrota electoral del partido en el poder, creí que nunca podríamos caer tan bajo, que habíamos tocado fondo, que jamás superaríamos la ignominia de aquellos días. A diferencia de lo que habría sucedido en cualquier país civilizado, en aquella España de izquierda desquiciada y ciudadanía perpleja, la muerte de los inocentes no se aprovechó para cerrar filas y sentirnos parte indisoluble de una sola nación, a la que no lograrían amedrentar masacres como la sufrida. Ni sirvió, en absoluto, para responder a  aquel ultraje con el reforzamiento de la  unidad en torno a nuestros principios constitucionales y a los valores de nuestra civilización.

La inmadurez de unos, el oportunismo de otros y la ignorancia manipulable de quienes se lanzaron a la calle, en unas vejatorias jornadas en las que se responsabilizó al gobierno y al Partido Popular de la matanza, han pasado a la historia como modelo de falta de calidad democrática, ausencia de fibra cívica y nulidad de cualquier vestigio de decencia en quienes lideraron aquella pantomima. Somos el único país occidental en el que un acto de estas características provocó el efecto deseado por sus autores: la caída del gobierno, la atribución de su desgracia a un merecido castigo, y el insulto y deslegitimación de los votantes de un partido liberal conservador que había obtenido la mayoría de los votos en dos elecciones consecutivas. Incluso cuando, a pesar de innumerables amenazas y actos de violencia, uno de cada tres españoles volvió a votar al Partido Popular, la izquierda decretó que aquellas elecciones no habían sido una derrota de la derecha, sino un triunfo de la democracia. Aquellos días, justamente aquellos días, se rompió la columna vertebral de una cultura política gestada en la transición. Porque solo entonces llegó a afirmarse por las fuerzas de izquierda, y bajo el liderazgo del PSOE más mezquino e insolvente de nuestra democracia, que la mitad de los españoles carecíamos del derecho a ser respetados por votar una opción política que gobernaba y gobierna en la mayor parte de los países de Occidente.

Quizás el paso del tiempo, el espanto de la crisis y la normalidad con que se produjo el retorno del Partido Popular al gobierno, consiguiendo la mayor concentración de representación institucional alcanzada en España desde el arranque del Estado de las autonomías, nos han alejado de aquella visión pavorosa de unos días de marzo, cuando se asaltaban locales de un partido democrático, se injuriaba a sus dirigentes y se humillaba a sus afiliados y votantes. Esa compasiva trama del olvido, que nos ha invitado a dialogar con quienes tanto daño hicieron a nuestra democracia, los que  despertaron las peores pesadillas de las dos Españas, nos ha hecho bajar la guardia y deponer la crítica. Ha impedido que relacionemos lo que nos viene ocurriendo en estas semanas con lo que se inició entonces, cuando la izquierda aprovechó la más grave de nuestras circunstancias para romper las garantías en las que se basa nuestra seguridad jurídica y nuestros principios de convivencia. Porque ese descabellado impulso de esos días, en los que todo valía para echar a la derecha no solo del gobierno, sino del espacio de la democracia, es el que ha permitido situaciones actuales como la impugnación de la realidad nacional española por el separatismo, el incumplimiento de la ley por quienes tienen la obligación de defenderla, y el desafío permanente a nuestras instituciones por quienes califican de pecado original los orígenes de nuestro sistema parlamentario.

Por eso he empezado diciendo que entonces, en las jornadas aciagas de marzo de 2004, creí que nunca podríamos caer más bajo. Está claro que infravaloré a nuestra izquierda, en nombre de cuya imaginación se dijo un día que, para ser realistas, debíamos pedir lo imposible. Minusvaloré la  incompetencia de análisis, ciclotimia ideológica, relativismo moral y falta de escrúpulos con los que el PSOE empezó a manejarse desde que dejó de tener algo que ver con el sobrio, inteligente y pragmático reformismo de la socialdemocracia europea. Perdí de vista la profundidad de la devastación estratégica y doctrinal que el zapaterismo había volcado en aquel espacio social donde siempre se había encauzado el compromiso con una tradición digna e indispensable para mantener en pie nuestra democracia. Confundiendo mis piadosos deseos con la adusta realidad, extravié el sentido crítico que había alimentado mi indignación ante lo que ocurrió en aquella primavera cruel y mi desprecio profundo por quienes se aprovechaban de un ejercicio tan avieso de desmoralización del pueblo español.

Ha bastado con que la crisis provocara la penuria de millones de ciudadanos, ha bastado con que la flaqueza ideológica de la derecha decidiera no dar ni una sola batalla de ideas, ha bastado con que se extendiera la desesperanza y la protesta por una coyuntura a la que se ha añadido el repugnante rictus de la corrupción, para que la herida abierta hace once años volviera a supurar. Como entonces, nuestro país no ha respondido a la crisis  volcándose en el apuntalamiento de nuestro sistema político; ni tampoco  haciendo hincapié  en las garantías constitucionales que protegen la alternancia y permiten cambiar a un gobierno al que reprochemos una mala gestión o en el que ya no tengamos confianza. Lo que se ha hecho en la última campaña electoral es justamente lo contrario. Se ha dicho a los españoles que debían elegir entre los demócratas sinceros y quienes solo parecen serlo por imperativo legal. Se ha puesto sobre la mesa un gran pacto cuya lógica interna es, en la práctica, un nuevo proceso constituyente. Que el Partido Socialista no acabe de darse cuenta de ello es solo una cuestión de abundantes dioptrías políticas y de escasa perspicacia moral. Incapaz de fijar, como hacen todos los partidos socialdemócratas europeos, una línea clara de lealtad constitucional, prefieren trazar esa raya en el agua que solo de forma efímera y superficial los separa de los grupos antisistema.

A la socialdemocracia española corresponde la inmensa responsabilidad histórica de haber dado poder institucional a aquellos grupos cuyos resultados electorales nunca les habrían permitido plantear desde alcaldías y mayorías parlamentarias autonómicas lo que en verdad desean: romper el acuerdo fundacional de nuestra democracia y, por tanto, empezar un viaje hacia la declaración de un nuevo periodo constituyente. Que el socialismo español considere enemigos a quienes son gobierno o alternativa de gobierno en toda Europa, mientras se encama con las mismas fuerzas políticas a las que la sensatez de la socialdemocracia occidental considera un aliado indeseable, es un episodio más de esa deriva de la conciencia política de  España que empezó una terrible mañana de marzo del 2004. Tiene algo de impostura atribuir al ciclo electoral que acaba de abrirse el tono de una inmensa regeneración nacional, cuando lo único que se hace es intimidar e injuriar a tantos millones de españoles que, a pesar de los pesares, han continuado confiando en nuestras instituciones y en nuestros valores. Tiene un cierto aire de ingravidez ética y falsedad documental. Tiene un cierto, inquietante y apesadumbrado olor a indecencia.

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto. (ABC)

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