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OPINIÓN: Lorca y el presagio de la muerte

OPINIÓN: Lorca y el presagio de la muerte

La poesía y el teatro de Federico García Lorca fueron acercando su sensibilidad a la presencia de la muerte. Algunos versos inquietantes del “Romancero gitano” y del “Poema del cante jondo” desembocaron, en los años de la República, en la tensión dramática de “Yerma” y “Bodas de sangre”. La tierra hecha símbolo consciente por los cuerpos y el deseo, la tierra herida por el galope del caballo fugitivo, la tierra empapada en la sangre del sacrificio, la tierra agobiada por la cólera de una mujer baldía, la tierra  batida por las alas de la muerte al cubrir a los amantes. Lorca era un escritor cuyo genio se aposentaba y alcanzaba niveles insospechados en la expresión lírica española, pero en el que el júbilo de los años jóvenes iba tomando el matiz amargo, el sabor áspero de la pasión insatisfecha, de la soledad inevitable, del “amor oscuro” al que dedicó una docena de sonetos de una soberbia y difícil sencillez.

Resulta curioso observar que, para dos grandes poetas de aquella generación inmensa anterior a la guerra civil, García Lorca y Miguel Hernández, uno de los momentos de mayor tensión y calidad lírica de su obra se alcanzara en vísperas de la gran tragedia de España y los españoles. Tan estrechamente unidos a la historia de esta nación, tan vitalmente incomprensibles fuera de esta cultura, tan distintos en su quehacer, tan equivalentes en su audacia poética, en su gigantesca intuición imaginativa, en su inagotable arsenal metafórico, en ellos asomó el tema de la muerte del amigo como una alegoría de ese inmenso paisaje funerario en el que España habría de convertirse en pocos meses. Vayamos hoy en busca de la idea de España, en busca del presagio de la agonía de España que asomó en uno de los mejores poemas en lengua española del siglo XX: el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”.

Porque ante eso estamos. Ante un breve texto en el que toda la sabiduría de Lorca, toda su destreza lírica y su rápido aprendizaje de los años anteriores, alcanza un momento de realización completa. El poema entendido, como siempre lo había hecho aquel andaluz genial, como pieza musical, como palabra resonante, como sílaba izada en el silencio, como composición trabajada con ahínco, fuera de la apariencia de espontaneidad de otras veces y plenamente entregada al trabajoso ejercicio de la obra. Escribió las cuatro partes del “Llanto” durante aquel otoño terrible de 1934, cuando los españoles preparaban con tanta obstinación la ruina de la convivencia. El poema está construido como una puesta en escena, distribuido con pasmosa habilidad en ritmos que van del gesto airado a la quietud, en tonos que se desplazan desde el grito hasta el susurro, en la actitud que arranca de la sorpresa y la desesperación para recalar en la serena contemplación de un paisaje sobrio y acogedor. Es una honda meditación sobre el hecho de morir antes de tiempo. Es una densa visión de la sangre querida y admirada, brotando en forma de vida y en forma de muerte a la vez, como habría de hacerlo, al de unos meses, en todos los rincones de España. Es una estremecedora ofrenda de inteligencia y sensibilidad escrita en una lengua que, muy poco después, serviría para el insulto, la falta de compasión, la queja emocionante de las víctimas en madrugadas de metal, y para la voz indecente de los asesinos.

En “La cogida y la muerte”, iba alentando el verso constante: “a las cinco de la tarde”. Un verso al pie de imágenes fuertes, deliberadamente duras, con la obscenidad carnal de un cuerpo que agoniza: “A lo lejos ya viene la gangrena, a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles, a las cinco de la tarde.” Luego, tras el impacto inicial de la noticia, anotada en una hora precisa, que ha actuado con la monotonía obstinada de un canon, llega la conciencia del hecho y la protesta, “La sangre derramada”. La reiteración se amolda a un impulso creciente, que tiene que dar forma lírica al grito de dolor: “¡Que no quiero verla!”. El mundo de los animales y de las flores es espectador ingenuo, inocencia que contrasta con la crueldad del suceso: “¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña!” y el final consciente del torero: “Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas.”

A continuación, “Cuerpo Presente”. El verso breve cede el paso al alejandrino, para que tarde en recitarse y proceda a una atenuación del ritmo. El saber lo ocurrido deja de tener la débil consistencia de un instante de horror, para adquirir la sustancia duradera, pausada, reflexiva y emocionante de una oración: “La piedra es una frente donde los sueños gimen, sin tener agua curva ni cipreses helados.” Tras la invocación al cadáver inmóvil –“Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar”-, estamos preparados para la llegada del “Alma ausente”. García Lorca parece agotado, rendidas sus fuerzas ante una emoción esculpida con la fuerza inverosímil de su estrategia poética. Ahora, increpado el destino, narrada la indignación, solo queda el recogimiento ante un paisaje infinito, entero, hincado de bruces sobre una tierra en la que ya no consta el amigo muerto. A la desesperación ha sustituido una tristeza cuya austeridad nos desarma. El hombre ya no está, y su memoria debe protegerse de la indiferencia de las cosas. “No te conoce el lomo de la piedra, ni el  raso  negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo, porque te has muerto para siempre.” Nadie conoce a Ignacio. Nadie parece conocer a la España que se cubrirá de sangre y de ausencias. Nadie quiere conocer a una España a punto de entrar en su agonía. Nadie conocerá a España en la oscuridad que está a punto de asomarse a la historia, cuando Lorca parece escribir para sí mismo, para su propia muerte: “Yo canto tu elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos.”

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto. (ABC)

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