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OPINIÓN: Un estado al servicio de la persona

OPINIÓN: Un estado al servicio de la persona

En la Europa que sufría el avance del totalitarismo y una crisis del pensamiento liberal que parecía definitiva, los intelectuales moderados españoles se movían en un espacio en el que se defendían aún los principios y garantías del constitucionalismo. Del mismo modo que España no era una excepción en el avance del fascismo en Europa, considerado como solución juvenil y revolucionaria a la degeneración política de Occidente, se abría camino también un nuevo pensamiento contrarrevolucionario, estimulado por las aportaciones del nacionalismo integral que  inspiraba el escritor francés Charles Maurras. Junto a una y otra propuesta, se ofrecían, así mismo, alternativas que rechazaban firmemente  cualquier programa que alimentara la   crispación y la  quiebra del orden parlamentario. Académicos y juristas hallaron en la tradición católica española y en la afirmación de un liberalismo propio, los recursos para tratar de salvar la convivencia de una  ciudadanía a la que no dejaba de invitarse  a la exasperación y la intolerancia.

Entre ellos destacó un jovencísimo catedrático al que ya se hizo referencia en la pasada entrega de esta serie. Luis Legaz Lacambra, tras el regreso de su viaje de estudios para familiarizarse con la escuela jurídica de Viena, publicó numerosos trabajos en los que manifestaba  su preocupación por la precariedad de la democracia. Le parecía al investigador zaragozano que el Estado parlamentario, debiendo afrontar los desafíos de una sociedad de masas, se hallaba en serias dificultades para mantener la integridad de sus funciones, especialmente las que se referían a garantizar los valores sobre los que se había asentado la civilización occidental y, con ellos, la defensa infatigable de la dignidad y libertad de la persona. Legaz compartía los recelos manifestados por Ortega respecto de la preservación de una elite responsable, que no se basara en el privilegio sino en la capacidad de liderazgo moral de una sociedad. Y añadía una atención especial al personalismo que había ido cristalizando a lo largo de su formación de intelectual católico.

En 1934, año crucial en la suerte de la II República, Legaz editó una sólida reflexión sobre el callejón sin salida al que  se vería abocado el Estado de derecho a cuya formulación por Kelsen había dedicado su tesis doctoral. Sabía que su trabajo podía entenderse como crítica al sistema, pero advirtió los límites de su desapego: “La República nos es común aun a quienes desearíamos verla adoptar una orientación más francamente liberal y aun individualista, y esto no por espíritu antisocial, sino en virtud de la convicción íntima de que en la escala de valores lo individual prima sobre todo otro valor.” En modo alguno se planteaba un católico como Legaz algo parecido a la pérdida de la dimensión comunitaria del hombre. Lo que él defendía era un régimen que se basara en el respeto al individuo y en el estímulo a la realización de la persona como ser social. “No nos interesa un liberalismo vacío y formalista, incapacitado para toda decisión política enérgica: pero queremos un liberalismo que esté al servicio de las ideas civilizadoras que sostienen y son la razón de ser de nuestras instituciones políticas.”

La República se hallaba en una encrucijada, en la que acechaban dos posibilidades: “la europea, individualista, liberal, cristiana” de Occidente, o la “que nos trae de Oriente el bolchevismo y el aniquilamiento de todo espíritu y de toda individualidad”. De forma  poco certera, al no prever lo que sucedería, Legaz Lacambra eliminaba de aquella coyuntura social e intelectual las propuestas del fascismo y el nazismo, por considerar que no se vislumbraba en ellas una alternativa seria para España. Sin embargo, a lo largo del texto, insistió en su rechazo del totalitarismo de cualquier signo, incluyendo el que  había fraguado en la Italia  mussoliniana, que el jurista aragonés consideraba ajeno por completo al pensamiento político tradicional español.

Para aquel hombre que había dedicado sumo esfuerzo a captar las corrientes más modernas de la filosofía del derecho, el personalismo cristiano y la herencia católica española podían salvar el peligro de quiebra de civilización. ¿No había sido el pensamiento contrarreformista el que había rescatado el optimismo antropológico, la confianza en la libertad esencial del hombre y la obligación de la autoridad de legitimarse por la búsqueda del bien común? ¿No habían formulado los filósofos y juristas españoles, dominicos  y jesuitas del XVI y XVII, las propuestas de una modernidad que no se extraviara en la fascinación por el absolutismo estatal, que mantuviera el respeto al individuo en cuyas manos estaba la posibilidad de salvarse o condenarse? ¿No podían actualizarse tales valores mediante su incorporación a un liberalismo social, heredero de una civilización en la que la dignidad individual del hombre se completaba con la defensa de sus derechos como miembro de la comunidad?

El pesimismo de aquel insigne maestro estaba bien justificado. Si el Estado perdía su condición de defensor último de la persona, tal y como era concebida por la civilización occidental, la idea de libertad que se había levantado en los orígenes de la cultura cristiana se enfrentaría a un desafío insoportable, que destruiría el régimen parlamentario. La propia trayectoria de Legaz Lacambra nos lo indica. La denuncia de los riesgos que corría nuestra civilización se convertiría en el primer capítulo de su “Introducción a la teoría del Estado nacionalsindicalista”, publicado tras la guerra civil. Sus escritos durante el conflicto mostraron su absoluta pérdida de confianza en el sistema liberal parlamentario. Aunque su talento profesional le permitió entonces justificar intelectualmente su adhesión política, en Legaz Lacambra encontramos un ejemplo más de aquella frustración de la España liberal, basada en los valores fundacionales de Occidente, que tantos republicanos trataron de preservar, como su maestro  Recasens Siches, que falleció en el exilio. Imagen clara del drama de los españoles en aquellas fechas. Imagen no menos clara de las inmensas posibilidades que se ofrecían a la nación y de los hombres eminentes que podían haberlas realizado.

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto. (ABC)

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