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OPINIÓN: Democracia, populismo y liderazgo

 

Después de leer mi reflexión sobre el carácter populista del secesionismo catalán, ha habido quien me ha indicado que esa inquietante pulsión antidemocrática, cargada de tentaciones caudillistas y simplismo plebiscitario no se da solamente en el espacio del nacionalismo separatista. También ha logrado alcanzar gran visibilidad en movimientos antisistema de sorprendente éxito electoral, como Podemos, recompensado con  una desmesurada atención mediática si se tiene en cuenta que apenas cuatro de cada cien españoles con derecho a voto se lo entregaron.

La diferencia ya clásica entre la opinión pública y la opinión publicada sirve para poner en su sitio experiencias magnificadas por su divulgación televisiva en horas de máxima audiencia. Añadamos a ello la desazón provocada al conocerse los resultados, fruto más del temperamento impresionable de algunos comentaristas que del carácter impresionante de los hechos comentados. La abundancia de horas dedicadas a la irrupción de un grupo de jóvenes –y no tan jóvenes- antisistema en el panorama electoral español parece ser la forma que tienen los medios de comunicación de compensar su silenciosa falta de perspicacia de las semanas anteriores. Y lo cierto es que, viendo los ejercicios de comprensión con que se ha lucido algún que otro periodista en esas horas tardías de conversación televisada, uno recuerda la frase de McInnerney en el arranque de una de sus novelas: “La facilidad de hacer amigos es la forma que tiene Dios de disculparse por la familia que nos ha dado.

En efecto, la empatía manifestada por analistas a los que se les supone equilibrio emocional y que ahora muestran un desmesurado interés por los votantes del bloque antisistema, solo puede basarse en un acto de contrición profesional. En unos casos, para hacerse perdonar su previa indiferencia, su desastrosa labor periodística. En otros, para asumir esa fascinación que la estética heroica suelta a borbotones en los momentos de crisis, y que permite a gente considerada sensata hablar con deleite y ensoñación de la “autenticidad” de esta alegre muchachada. Un sentimiento que, al igual que en los peores tiempos de nuestra historia, se asocia al hecho de ser joven y extremista, como si la moderación equivaliera a convicciones de menor calidad. Tanto halago a los recién llegados y tanta gracieta referida a la casta política, más que a denuncia de la actual corrupción o de la insolvencia de algunos de nuestros representantes huele a frívolo rechazo de la legitimidad de nuestro sistema.

No quiero caer en la tentación de jalear este movimiento con olor a naftalina antidemocrática, aunque los demonios vistan de Prada. Poco dispuesto estoy a olvidar los lodos que han traído determinados polvos extremistas en el siglo XX para dejarme seducir ahora por la falsa ingenuidad, la molesta grosería y la inexistente superioridad moral de estos sectores que hicieron añicos nuestra convivencia y, con especial virulencia y duración precisamente en España. Prefiero insistir en lo que creo debe responderse a esta irrupción, desde luego preocupante, de un populismo que, con diversas identidades, rechaza el talante liberal, la ideología reformista y los principios de cohesión social en los que se basa la cultura política europea. Y más allá de ésta, aquello que deberíamos acostumbrarnos a llamar, con menos complejos y sin más titubeos, nuestro sentido de la civilización.

Lo que se está poniendo en cuestión  desde el comienzo mismo de la crisis, aunque se incubara en los lánguidos momentos de farsante opulencia, es lo que entendemos por convivencia. Porque la radicalidad de las propuestas populistas, del secesionismo y la extrema izquierda antisistema lleva a la fractura social. Imagino que nadie pretenderá que estamos ante una reforma que vaya a respetar la ley. Y cualquier cosa que no la respete es la expropiación del primero de los derechos del ciudadano, la seguridad que el cumplimiento de la ley nos proporciona. El Estado de Derecho, fue el objeto favorito de la burla de quienes consideraban, en el ambiente excitado que siguió a la Gran Guerra, que la voluntad del pueblo estaba por encima de la ley. Hoy aquella impugnación dotada de cierta inteligencia académica, se ha rebajado a la densidad intelectual de las consignas publicitarias y a la consistencia teórica de las movilizaciones de protesta.

Parecía que, tras haber visto cómo acabó todo, seríamos capaces de detectar un nuevo comienzo y estaríamos dispuestos a evitar la reiteración de episodios tan lamentables. Quizás lo que nos aturde ahora es la ligereza con que se exhibe el rechazo de la democracia. Pero debemos salir al paso de esta agresión con la misma energía que nos despertaría cualquier argumentación contra nuestra idea de libertad. Y, para empezar, sepamos romper una serie de lugares comunes que han sustituido impunemente a una experiencia cultural de tan largo recorrido como la que acrisola Occidente. Podríamos comenzar por negarnos a admitir que hay actitudes que se constituyen en “movimiento social”, adquiriendo con ello un rango especial de responsabilidad cívica y conciencia política. De ninguna manera. La sociedad la formamos todos los que nos esforzamos en asegurar nuestra convivencia y en proteger cada uno de nuestros proyectos personales y la empresa colectiva de España al mismo tiempo. En nada que tenga que ver con la virtud ciudadana o la voluntad de mejora de nuestra nación pueden darnos lecciones quienes se atribuyen el monopolio de ser, solo ellos, la verdadera sociedad, el auténtico  pueblo. Podríamos seguir advirtiendo lo que parece haberse olvidado por quienes deben liderar el difícil presente, que la democracia no es solamente el gobierno de la mayoría, como indicó con sorprendente debilidad ideológica una alta responsable del partido en el poder. La democracia es un conjunto de principios, una idea sobre la ciudadanía, una concepción del ser humano, que se proyecta en la forma de organizar la representación política y la autoridad legítima. La democracia es algo mucho más difícil de transmitir en estos tiempos de populismo y demagogia, pero por ello mismo resulta más indispensable reivindicarla.

La democracia implica la existencia de una clase dirigente con la altísima responsabilidad de preservar principios esenciales de nuestra civilización, que ninguna opinión puede cancelar. Debe conservar derechos fundamentales, diga lo que diga el humor de una opinión empujada por emociones cíclicas. Hay que acabar con ese malentendido por el que se supone que uno es más demócrata cuanto más dispuesto esté a ponerlo todo a votación diaria. No. Se es más demócrata cuanto más entregado se esté a defender valores fundacionales de nuestra cultura, por encima de las actitudes de desasosiego o desesperación que algunas situaciones materiales pueden llegar a provocar.

Liderazgo y democracia frente a la demagogia y el populismo. Continuidad frente a la fractura. Tradición frente a la improvisación. Reforma frente a la revolución. Virtudes cívicas que no son solo los de una mayoría actual, sino también las que inspiran esta vieja y protectora civilización que no podemos volver a echar a suertes. Ni siquiera Dios juega a los dados con el Universo.

Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

La tercera de ABC

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