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OPINIÓN: Azaña: la madurez de una vocación política.

OPINIÓN: Azaña: la madurez de una vocación política.

El Ortega que hemos visto rehuyendo el choque con el Directorio Militar en 1923 podía abrir las puertas del liderazgo espiritual del liberalismo español a Unamuno, pero halló en Manuel Azaña a alguien mucho mejor provisto para el ejercicio de la política. Estos tres perfiles nos ofrecen, en la tradición de nuestro reformismo regeneracionista, maneras muy distintas de vivir la misión del intelectual. Al Ortega distanciado, irónico, espectador de un inconveniente protagonismo de las masas; al misticismo cálido delUnamuno que hace encajar su crisis religiosa en una fractura de la conciencia nacional española, se suma la frialdad de un hombre que quizás aspire a una vida de intelectual de Ateneo y de escritor de ensayos literarios, pero que solo alcanzará su plena realización y madurez en la afirmación de su vocación política.

No es extraño que el sarcasmo de Azaña, muy lejano a la ironía indolora de Ortega, se vuelque desde el primer momento en calificar a quienes han callado ante el advenimiento de la dictadura. En la revista «España» dará buena cuenta de la actitud del filósofo madrileño, al recordarlo como un joven que aspiraba a ser líder de la juventud ateneísta, abandonada por quienes prefirieron seguir «al margen, en actitud severamente crítica o escépticamente frívola, los arbitristas más o menos literarios y los aficionados a ver los toros desde la barrera».

Frente a Unamuno

A un Azaña que aún se cartea con Melquíades Álvarez, en postreros esfuerzos por llevar el Partido Reformista al republicanismo, el alejamiento de Ortega le resulta escandaloso, pero siente escaso respeto por las actitudes místicas de Unamuno. Sin enfrentarse directamente con quien es demasiado popular en aquellos días, golpea el estilo del intelectual bilbaíno con reiteradasdenuncias de la inmadurez del regeneracionismo. A la crítica de un Ramiro de Maeztu que trata de ver en el golpe de 1923 la realización de las ideas del 98, sigue la compasiva evocación deJoaquín Costa, solo dos meses después de instaurarse el nuevo régimen: «Patriotismo en carne viva, corazón indefenso; su destino era abrasarse en los sentimientos ingenuos».

Palabras muy semejantes pronunciaría Azaña sobre Ganivet, cuyos restos vuelven a Granada en 1925, y cuyo homenaje se convierte en un acto patriótico en el que los intelectuales conservadores se permiten exaltar la figura de un precursor, como lo hará Pradera en ABC oGonzález Ruiz en «El Debate». Si Unamuno o d’Ors ensalzarán la personalidad del español inconformista, Azaña preferirá exteriorizar su puro y sencillo desprecio por la obra de Ganivet, enaltecida, según él, por los mismos que, desde distintas banderas, añoran la inoperancia política, la quietud mística y el estupor estético del 98. El comentario del «Idearium», escrito en 1930, es demoledor, cruel, vehemente con lo que Azaña considera siempre carencia de información y exceso de lirismo, letales ambos para la viabilidad del régimen liberal en España: «Más que pensador, Ganivet es hombre ocurrente. Hay tales ocurrencias suyas, ejemplo de indisciplina y de vehemente arrojo, sonoras como la charanga periodística de su tiempo».

Radicalismo

Pero la hostilidad de Azaña hacia intelectuales como Ganivet o Costa resulta mucho menos sonora que la que siente por quienes se resguardan de las inclemencias de la política. Sus comentarios sobre la obra y la persona de Benavente, cuando el dramaturgo recibe elPremio Nobel, son buena muestra de su antipatía por quienes, tras escandalizar al público de la Restauración, han acabado de venerables cantores de su mediocridad cívica. Y, sobre todo, poco tiene que ver la postura de Azaña con cualquier forma de tolerancia que se confunda con falta de principios.

En «La inteligencia y el carácter en política», publicado en febrero de 1924, Azaña denuncia a quienes separan las ideas de los hechos, y lanza un encendido elogio al radicalismo político y la intransigencia. Lo que pueda haber de fanático o sectario en los individuos que luchan por aquello en lo que creen es mejor que la «deslavazada contextura de los vividores y los ambiciosos: dóciles a las circunstancias, más que por falta de moralidad, por sobra de descreimiento». Para Azaña, «la inteligencia no es libre: es sierva de la verdad».

Ahí se encuentra, sin duda, un hombre que inaugura su carrera política señalando con claridad a quienes, más que enemigos de una idea, son los adversarios de un talante. Despejar el misticismo literario del 98 y el elitismo distanciado del 14, empujar a Unamuno y Ortega fuera de los márgenes de la política realista, del compromiso de la militancia, de las opciones concretas de gobierno, implica una severa ruptura con la labor que los intelectuales han estado llevando desde los primeros esfuerzos por construir una idea de España.

Apatía popular

Manuel Azaña presenta ya una «Apelación a la República» en mayo de 1924, y un manifiesto de Acción Republicana justamente un año después. Tras este impulso inicial, y hasta que concluya el Directorio, su actividad política cede, desmoralizada por la apatía popular, insatisfecha por la actitud de quienes deberían haberse movilizado contra la dictadura. Azaña se dedica entonces a la crítica literaria, a los comentarios acerca de la obra de Valera, Echegaray,Pérez Galdós. A escribir «El jardín de los frailes». Su diario presenta esa elección literaria como una ocupación sugestiva, en la que revela talento y laboriosidad. Pero sabemos que, en el fondo de su alma, late otra cosa: una irrenunciable vocación política, una de las más enérgicas, doctrinarias e impetuosas de nuestra gran crisis del siglo XX. Antes de que llegue el momento en que cruce una línea fundamental, que anuda su existencia a la peripecia republicana, Azaña escribirá una hermosa definición del futuro de España que habrá de frustrarse en la década siguiente: «Un pueblo en marcha, gobernado con buen discurso, se me presenta de este modo: una herencia histórica corregida por la razón».

Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto.

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