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OPINIÓN: La tentación populista

OPINIÓN: La tentación populista

Con insistencia digna de mejor causa –por ejemplo, la causa de la verdad-, todos aquellos que se han asomado durante esta lamentable campaña electoral a los medios de comunicación han afirmado que, a diferencia de lo que ocurre con algunos de nuestros vecinos, España ha esquivado la vergüenza de presentar candidaturas populistas con opciones reales de alcanzar una representación apreciable en el parlamento europeo. Hasta nos hemos felicitado insensatamente por nuestra excepcionalidad, como si la insólita impugnación constitucional que ahora vivimos no nos aconsejara aspirar a la seriedad de aquellos países a los que tenemos la osadía de compadecer.

Puestos a escoger, yo preferiría aguantar las consignas de un partido contrario a la Unión Europea, a esta agonía de convivir con la movilización frenética y la vigorosa determinación de quienes pretenden cancelar la unidad de España. Cuando se asegura que nuestros electores no han dispuesto de opciones euroescépticas el 25 de mayo se transmite a nuestros socios comunitarios una falsa seguridad. Porque estamos proporcionando a los grupos separatistas el marchamo de una vocación europea que los aleja de quienes, de uno a otro extremo del continente, se han movilizado para negar aquellos principios sobre los que se levantó su impulso unitario, tras la amarga experiencia de la segunda guerra mundial.

Paradójicamente quienes han protagonizado en España la ruptura de principios elementales de legalidad y convivencia; quienes han rechazado las bases de la democracia representativa, se presentan en estos momentos como los verdaderos portadores del espíritu europeo. Imagino que a nadie le habrá pasado inadvertido ni su obsceno desparpajo ni su grave impostura. Pero tendremos que reconocer que nunca se les ha dicho lo que resulta obvio. Que el lugar de los secesionistas se encuentra al lado de aquellos que impugnan una Europa que se ha esforzado durante décadas por dejar atrás los hábitos del populismo y las lacras del nacionalismo, los verdaderos causantes de las tragedias que ha vivido nuestro continente.

Una vez más, hemos perdido la ocasión de denunciar en nuestro propio país, a los portavoces de la impugnación de las instituciones, del incumplimiento de la ley, del desprecio a la igualdad de los españoles y del rechazo a la pluralidad ideológica de aquellos territorios en los que gobiernan. Y algo peor aún: el sentimiento nacionalista se ha desparramado mucho más en la repulsa de lo que se considera ajeno que en el amor a lo propio.

El ambiente creado por el separatismo catalán ha permitido circunstancias culturales tan pintorescas e innecesarias como la edición de literatura castellana traducida al catalán o el doblaje de películas españolas a la única lengua que permite la identidad nacionalista. No nos engañemos. Esta actitud, tan ofensiva al sustancial bilingüismo de los catalanes y tan reveladora del odio a la cultura española, es más propia de la intolerancia xenófoba del populismo antieuropeo que de la pluralidad de la sociedad democrática.

Nos hemos preocupado tanto por afirmar que una Cataluña independiente no tendría cabida en Europa, que hemos acabado por olvidar que esto no es una cuestión puramente reglamentaria, sino un asunto de mayor hondura y de mejor observancia de actitudes democráticas. El secesionismo no se caracteriza sólo por querer separar Cataluña del resto de España. Lo que le da un perfil propio es, además, su forma de entender la práctica política y el modo en que ha organizado la movilización de sus bases sociales para llevar adelante “el proceso”, un término cuya resonancia kafkiana resulta más sintomática de lo que parece.

El separatismo catalán ha conseguido hacerse con un apoyo social considerable mediante el descarado control del sistema educativo, el sectarismo inaudito de los medios de comunicación públicos y el clientelismo grosero de la administración regional. La paradoja del populismo catalán es que ha podido utilizar, al mismo tiempo, la protesta callejera y la manipulación de las instituciones; la movilización social y el caciquismo de la Generalitat; la agitación popular y el control del Govern. A la vista de los resultados electorales, el populismo secesionista catalán ni siquiera se distingue de sus socios europeos por guardar respeto a la verdad.

En unas elecciones que han sido presentadas en Cataluña como plebiscito para medir la fuerza del nacionalismo, el 52 por ciento de los electores se ha quedado en casa. Y de los que se han acercado a las urnas sólo un 46 por ciento lo ha hecho a favor de los dos partidos nacionalistas que se han presentado. Así que ocho de cada diez catalanes llamados a votar no lo han hecho por el nacionalismo. Con esos porcentajes en la mano, el cabeza de lista de Esquerra Republicana osaba proclamar que, ahora, Cataluña es un país normal, con un centro derecha y un centro izquierda. Ni el PSC, ni el PP, ni Ciutadans, salen en su cuenta. La parte nacionalista se convierte en totalidad política; el fragmento secesionista pasa a ser plenitud social. En esa prestidigitación de la lógica y de la moral consiste también el populismo.

No puede negarse a los gestores del separatismo la extrema habilidad con que se han presentado, en un momento de grave deslegitimación de la política, como representantes del sistema y como alternativa, al mismo tiempo. A fin de cuentas, su éxito no es el producto de la salud democrática de nuestro país, sino precisamente del desprestigio de nuestras instituciones, de la quiebra de la confianza de los ciudadanos, del desaliento ante la dureza y duración de una crisis que afecta a los fundamentos de nuestra ciudadanía.

Hay dos formas de enfrentarse a fracturas históricas del calibre de la de hoy: tratando de recomponer pacientemente el discurso de la democracia, o entregarse a los beneficios inmediatos de las simplificaciones populistas. Lo primero corresponde a la mejor tradición de Europa, lo segundo, a algunos episodios tormentosos que habíamos dado por cerrados hace más de setenta años. El discurso de la democracia fuerza a reconocer la pluralidad, demanda el respeto a las instituciones y garantiza los derechos de todos los ciudadanos.

El populismo se entrega a una exhibición de sentimientos unánimes, prefiere la excitación bipolar de las dinámicas plebiscitarias a la sobria matización de una pluralidad de opciones. La democracia se construye sobre la voluntad de una cohesión social que respeta la ley, incluso cuando propone su reforma. El populismo desprecia las normas, que considera obstáculos al libre ejercicio de la voluntad de un pueblo”, construido por su mismo discurso. El primer camino es el más difícil, el más riguroso. El otro se define en todas partes como euroescepticismo.

Elegido ya el parlamento europeo, pongamos a cada uno en su sitio. Especialmente ahora que el populismo anuncia la épica otoñal de los grandes acontecimientos del próximo noviembre. Estemos preparados para responder, con los argumentos de la cultura democrática de Europa, al desafío populista que tiene en España algunos de sus más perversos y camuflados representantes.

Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto.

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